
Empieza otra etapa de mi vida. Cada vez estoy más cerca de tener que lanzarme a nadar por primera vez, a recorrer, a explorar, a sacar el mapa de mi cartera y nada más que viajar. El camino me ha traído a este punto y no miro atrás, porque me gusta donde estoy. Cada vez tengo más fuerza, más confianza en mí misma y de mis capacidades, pero también, con las nuevas rutas aparecen nuevos temores, nuevas barreras que cruzar. Quisiera decir que todos los aspectos de mi vida están igual de centrados, en la misma latitud 0º, en la tranquilidad. Pero no, están ahí esos demonios, todavía mirándome por encima del hombro. Pero ya es suficiente. Ya es hora de dejarlos partir. Y en esa senda estoy ahora, pretendo dejar todo lo que me haga mal y modificar mis pensamientos sobre aquello que me aqueja. No voy a enfermar más. No voy a amargarme más. No perderé la paciencia con gente que no tiene nada bueno para decir, ni nada bueno para dar. Este año lo voy a dedicar a mi. A mi crecimiento personal, a sanar mis alas. No voy a preocuparme por nada ni por nadie. Voy a hacer lo que sienta que está bien, lo que se me antoje. Tengo merecidas, estas vacaciones. Tengo merecido, amar, no amar, gritar, callar, reír, llorar, todo. Es mi tiempo. Es mi minuto. Es mi segundo, con todos los números girando y por girar. Y no le debo explicaciones a nadie, de mis por qué. Ni nadie ha de esperar nada de mi. No me queda nada para dar. Ni un beso, ni siquiera la muerte.