Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

miércoles, 26 de junio de 2019

De la disociación

Había una vez, una niña de ojos grandes que vino al mundo cargada de expectativas, unas explícitas y otras menos conscientes. Todos la amaban mucho. Y eran tantas las ansias con que la esperaban, que hasta le pusieron un sobrenombre que la marcaría por el resto de la vida. Y así, con toda esa fe depositada en ella, creció con una lista de cosas que se suponía que debía ser y hacer, y tuvo poco espacio para pensar en si eso le hacía sentido, le acomodaba o le parecía bien. Sólo había que hacerlo y punto, porque con ello podía complacer, con eso parecía que los demás estaban contentos, con eso parecía que las cosas iban mejor. Ella quería mirar los pájaros, tener calma, pero eso no bastaba. Ella quería estar en silencio, dibujar, pero eso no estaba dentro de los estándares. Ella quería leer, escuchar la melodía del aire, pero le decían que afuera había más. Y así, con todas esas ideas de cómo tenía que comportarse, siguió creciendo como si una parte de ella no le perteneciera. Esa parte, la niña 1, se dijo a sí misma que tenía que dejar de ser niña, y con la frente en alto, tomó su mochila de deberes y se exigió. Se instó tanto a cambiar y se trabajó a sí misma, porque eso le habían dicho que tenía que hacer. Sin embargo, lo terrible de esa exigencia, es que en su fuero interno sentía todo el tiempo que a pesar de su gran esfuerzo, sudor y lágrimas, nunca era suficiente, nunca podía cumplir. La otra parte, la niña 2, se quedó llorando, asustada en un rincón. Días después, se armó de valor y montó a caballo, libre. Galopando con el brillo del sol sobre su rostro se alejó a unas tierras secretas y comenzó a plasmar historias de amor. Se sentía salvaje, eterna. Una noche, se desató una gran tormenta en el mundo. Soplaron los vientos, se cayeron los árboles, se volaron hasta las casas. No quedó nada de pie. Con mucho miedo, las niñas llegaron por caminos diferentes a la misma cueva. De pronto, en lo más profundo se encendió una luz, y entonces, se miraron extrañadas, como si esos ojos grandes se reconocieran, como dos hermanas gemelas que se hubiesen separado tanto tiempo atrás.