Cuánta historia entre carta y carta.
Eso sentí al leer la anterior, como si fuese una película estrenada en la década de los 90'. En ese entonces, me quejaba tanto de que a pesar de mis infinitos intentos por producir movimientos, cambios, dejar la cómoda homeostasis, nada resultaba, nada quería transformarse. Me sentía prisionera de la voluntad de otros, del poder de decisión que los demás tenían sobre mi destino. Tenía la dulce fantasía de que con una pequeña resolución bastaba para comenzar a ser feliz.
Y hoy, cuando estoy en los 800, siento que quizás fue demasiado el remezón. O más bien, que entre una carta y otra, no imaginé que estaría aquí. Sólo pasaron diez meses. No me alcancé a preparar, leí mal las señales o interpreté lo que quise, no sé. La cuestión es que, sólo recién caigo en la cuenta de cuán equivocada estaba. De cuántos años llevaba cumpliendo un rol que no era mío; el de soldado valiente. Y que además, no estaba en mí salvar a otros cuando ellos no lo querían hacer por sí mismos. Sólo recién caigo en la cuenta de que quise que el resto de los soldados me siguieran, quise apurarlos, quise movilizarlos cuando ellos no deseaban hacerlo. Y la constante pregunta con la que me quedo al final del día es: ¿por qué?. ¿Fue miedo? ¿Fue cansancio? ¿Fue incapacidad? Me faltan tantas explicaciones para poder asimilar cómo terminó todo esto. Me falta tanto por comprender. Por cicatrizar. Por sanar.
Y hoy, cuando estoy en los 800, he pasado de quejarme a sentirme sola. La tinta de mi sangre sigue brotando, al igual que las palabras. Antes surgían de una rabia profunda y contenida. De un estado permanente de insanidad mental, de ambivalencia, de desasosiego en el que me sentía viviendo. Ahora, no sé cuánto de eso ha disminuido en realidad. Pero sí creo que mi etapa es más doliente. De un corazón menos enrabiado pero más echo pedazos. Supongo que como dije antes, me siento respirando en un otoño, perdiendo hojas, perdiendo colores, perdiendo las cosas que más quería en beneficio de algo que supuestamente será mejor para mí. Todos me dicen eso al menos. Perdiendo cosas en favor de un algo que todavía no logro encontrarle sentido, ni darle respuestas. Y desde sentirme como Éowyn por tanto tiempo, de a ratos paso a pensarme como Frodo, con una tarea demasiado difícil que nadie más puede llevar por mí. Una tarea que por momentos me consume, que me lastima. Una tarea en la que siento que el resto no me puede acompañar, y entonces, me alejo, con mi constante afán de arrancar, de no dar demasiada intimidad, como si en esa entrega pudiera perder partes de mí, o resultar más dañada de lo que ya me siento. Se me hace muy difícil confiar, como un caballo indomable pero asustado a la vez. Asustado del tacto, del amor, de la cercanía de un otro.
Y hoy, cuando estoy en los 800, vuelvo a mis servilletas de papel porque aquí es más simple volcarlo todo. Nadie me dirá nada, nadie me va a juzgar. Puedo gritar que, si bien casi siempre creo que tengo mis metas muy claras y que voy cumpliendo los sueños que yo quería conseguir, a veces sí siento que pierdo el rumbo, que las cosas ya no me parece que tengan el mismo sentido que antes, o que sólo permanezco en ellas porque ya las empecé, porque los demás lo esperan de mí. Pero la realidad es que la motivación ha disminuido, que me desconcentro, que funciono más como robot que como persona. Que miro por la ventana y no sé dónde estoy, ni a dónde quiero ir. Que miro por la ventana y siento la misma melancolía que me invadía hace diez meses, la misma de toda mi vida.
Y hoy, cuando estoy en los 800, quiero creer que todo esto que me pasa es normal, que es parte de un proceso. Que antes, todos parecían tener más voto en mí que yo misma, y que en cambio, ahora nadie puede seguir diciéndome qué hacer, tengo que descubirlo, tengo que decidir, tengo que caminar, a veces planificando menos y sólo dejándome llevar. El problema es, que tengo muchos miedos. Lo sé. Miedo a caer en relaciones de etiqueta. Miedo a deprimirme. Miedo a no poder despojarme de mis complejos y arquetipos. Miedo a no sentirme feliz con nada. Miedo a no poder sacarme el traje de soldado. Miedo a no enamorarme de nuevo. Miedo a que la vida se me pase enfrente y haber desperdiciado las oportunidades. Miedo a no sentirme libre aún cuando se supone que ya lo estoy.
Y hoy, cuando estoy en los 800, quiero creer que todo esto que me pasa es normal, que es parte de un proceso. Que antes, todos parecían tener más voto en mí que yo misma, y que en cambio, ahora nadie puede seguir diciéndome qué hacer, tengo que descubirlo, tengo que decidir, tengo que caminar, a veces planificando menos y sólo dejándome llevar. El problema es, que tengo muchos miedos. Lo sé. Miedo a caer en relaciones de etiqueta. Miedo a deprimirme. Miedo a no poder despojarme de mis complejos y arquetipos. Miedo a no sentirme feliz con nada. Miedo a no poder sacarme el traje de soldado. Miedo a no enamorarme de nuevo. Miedo a que la vida se me pase enfrente y haber desperdiciado las oportunidades. Miedo a no sentirme libre aún cuando se supone que ya lo estoy.
Hoy, cuando estoy en los 800, siento que no puedo seguir corriendo.
Ya es suficiente.






