Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

domingo, 28 de abril de 2013

Carta número 800

Cuánta historia entre carta y carta. 
Eso sentí al leer la anterior, como si fuese una película estrenada en la década de los 90'. En ese entonces, me quejaba tanto de que a pesar de mis infinitos intentos por producir movimientos, cambios, dejar la cómoda homeostasis, nada resultaba, nada quería transformarse. Me sentía prisionera de la voluntad de otros, del poder de decisión que los demás tenían sobre mi destino. Tenía la dulce fantasía de que con una pequeña resolución bastaba para comenzar a ser feliz. 
Y hoy, cuando estoy en los 800, siento que quizás fue demasiado el remezón. O más bien, que entre una carta y otra, no imaginé que estaría aquí. Sólo pasaron diez meses. No me alcancé a preparar, leí mal las señales o interpreté lo que quise, no sé. La cuestión es que, sólo recién caigo en la cuenta de cuán equivocada estaba. De cuántos años llevaba cumpliendo un rol que no era mío; el de soldado valiente. Y que además, no estaba en mí salvar a otros cuando ellos no lo querían hacer por sí mismos. Sólo recién caigo en la cuenta de que quise que el resto de los soldados me siguieran, quise apurarlos, quise movilizarlos cuando ellos no deseaban hacerlo. Y la constante pregunta con la que me quedo al final del día es: ¿por qué?. ¿Fue miedo? ¿Fue cansancio? ¿Fue incapacidad? Me faltan tantas explicaciones para poder asimilar cómo terminó todo esto. Me falta tanto por comprender. Por cicatrizar. Por sanar.
Y hoy, cuando estoy en los 800, he pasado de quejarme a sentirme sola. La tinta de mi sangre sigue brotando, al igual que las palabras. Antes surgían de una rabia profunda y contenida. De un estado permanente de insanidad mental, de ambivalencia, de desasosiego en el que me sentía viviendo. Ahora, no sé cuánto de eso ha disminuido en realidad. Pero sí creo que mi etapa es más doliente. De un corazón menos enrabiado pero más echo pedazos. Supongo que como dije antes, me siento respirando en un otoño, perdiendo hojas, perdiendo colores, perdiendo las cosas que más quería en beneficio de algo que supuestamente será mejor para mí. Todos me dicen eso al menos. Perdiendo cosas en favor de un algo que todavía no logro encontrarle sentido, ni darle respuestas. Y desde sentirme como Éowyn por tanto tiempo, de a ratos paso a pensarme como Frodo, con una tarea demasiado difícil que nadie más puede llevar por mí. Una tarea que por momentos me consume, que me lastima. Una tarea en la que siento que el resto no me puede acompañar, y entonces, me alejo, con mi constante afán de arrancar, de no dar demasiada intimidad, como si en esa entrega pudiera perder partes de mí, o resultar más dañada de lo que ya me siento. Se me hace muy difícil confiar, como un caballo indomable pero asustado a la vez. Asustado del tacto, del amor, de la cercanía de un otro. 
Y hoy, cuando estoy en los 800, vuelvo a mis servilletas de papel porque aquí es más simple volcarlo todo. Nadie me dirá nada, nadie me va a juzgar. Puedo gritar que, si bien casi siempre creo que tengo mis metas muy claras y que voy cumpliendo los sueños que yo quería conseguir, a veces sí siento que pierdo el rumbo, que las cosas ya no me parece que tengan el mismo sentido que antes, o que sólo permanezco en ellas porque ya las empecé, porque los demás lo esperan de mí. Pero la realidad es que la motivación ha disminuido, que me desconcentro, que funciono más como robot que como persona. Que miro por la ventana y no sé dónde estoy, ni a dónde quiero ir. Que miro por la ventana y siento la misma melancolía que me invadía hace diez meses, la misma de toda mi vida.
Y hoy, cuando estoy en los 800, quiero creer que todo esto que me pasa es normal, que es parte de un proceso. Que antes, todos parecían tener más voto en mí que yo misma, y que en cambio, ahora nadie puede seguir diciéndome qué hacer, tengo que descubirlo, tengo que decidir, tengo que caminar, a veces planificando menos y sólo dejándome llevar. El problema es, que tengo muchos miedos. Lo sé. Miedo a caer en relaciones de etiqueta. Miedo a deprimirme. Miedo a no poder despojarme de mis complejos y arquetipos. Miedo a no sentirme feliz con nada. Miedo a no poder sacarme el traje de soldado. Miedo a no enamorarme de nuevo. Miedo a que la vida se me pase enfrente y haber desperdiciado las oportunidades. Miedo a no sentirme libre aún cuando se supone que ya lo estoy. 
Hoy, cuando estoy en los 800, siento que no puedo seguir corriendo. 
Ya es suficiente.

martes, 23 de abril de 2013

Equilibrio

La palabra clave es equilibrio, armonía.
Equilibrio entre lo que se quiere y lo que se debe hacer.
Equilibrio entre las responsabilidades y las amistades/familia.
Equilibrio entre el trabajo y el auto cuidado.
Equilibrio entre mente y cuerpo.
Equilibrio entre razón y emoción.
Equilibrio entre la individualidad y la juntidad.
Equilibrio entre el descanso y la actividad.
Equilibrio entre el placer y el criterio de realidad.
Equilibrio entre nuestra sombra y el yo.
Equilibrio entre cada una de las partes que configuran nuestro ser.

viernes, 19 de abril de 2013

La vida de otoño

Hoy ha sido un día de calor y frío al mismo tiempo. Donde no sabes si abrigarte o dejarte llevar. Donde no sabes si vas a estar con la gracia de sol o si de pronto aparecerá la lluvia. Estoy en la oficina, con mi continuo afán de quedarme pegada en la ventana. No hay nubes pero sopla el viento. Caen las hojas de los árboles, el verde se tiñe de amarillo, rojo y castaño. Y mientras las veo perder altura para terminar extendidas sobre la calle, pienso; la etapa de vida en la que vivo es como el otoño. Nada está floreciendo en este momento, sólo estoy perdiendo cosas, cosas que quería y amaba, y cosas de las que sólo deseaba arrancar. Un profundo duelo. Pero también, es como un período de transformación de colores, de mutación de la piel. Es un período en el que siento calor y frío al mismo tiempo, en general, más frío. Donde el mundo externo obtiene la cara calurosa, esa que muestra sonrisas, que funciona, que desayuna y sale a trabajar, que rinde, que sigue adelante con la cotidianidad. Y luego, al volver a casa, sólo para mí aparece el rostro frío, ese que se sienta en su cama a encarar la triste realidad, ese que tiene muchos miedos, ese que está doliente, ese que llora, que aún no comprende, que intenta apropiarse de un espacio físico que no le parece suyo, que intenta darle sentido a las batallas vividas y a la derrota, ese que se siente solo, desposeído, abandonado, ese que quisiera escribir nuevas narrativas pero que a la vez, piensa que después de cargar tanto tiempo con las armaduras ya no se las podrá sacar, como si fuese parte de su mente y cuerpo, y no tan sólo un objeto. Vuelvo a mirar por la ventana. La tarde se va oscureciendo muy lentamente. Y mientras las hojas siguen bailando en los árboles, pienso; el mundo externo no sabe. No sufre conmigo. Todo queda en el silencio de la noche, y no sé por qué. Talvez sería más fácil sólo mostrarlo y ya, dejar de andar con los dos rostros y descargar la melancolía que me ha traído este otoño. Mostrar lo intenso, difícil y doloroso que ha sido este último tiempo, las pérdidas, los duelos. Mostrar que de tanto en tanto sí quisiera irme, dejar todo para quedarme en algún remoto lugar de Europa y fingir que nada pasó. Mostrar que cada vez que regreso al castillo, me siento un extranjero, y que las heridas están ahí, muy lejos de cicatrizar. Mostrar que de alguna manera me siento tan dañada como para empezar ninguna otra cosa. Mostrar y asimilar, que esta no es mi mejor época del año. Después, dar un paso al frente y creer, que nada dura eternamente, y que por lo tanto, una vez que pase el otoño, estaré un poco más cerca del verano. Que las cosas van a volver a florecer. Que algo bueno va a salir de todo esto, que el dolor es pasajero.

sábado, 13 de abril de 2013

Te quiero y te temo

Muéstrame cómo haces ese truco... el que me hace gritar.

"Te siento y te vierto
te abro y te cierro
te adhiero a mi cuerpo
te quiero y te temo.
Te beso el pretexto
voy lento
salimos ilesos
te quiero y te temo."
(Alejandro Sanz)

Prisiones del alma

Otra vez tengo esa sensación, mientras miro por la ventana de mi oficina, que las paredes se empequeñecen, que no quepo, que nada puede contener todo lo que cargo dentro, ni siquiera mi propio cuerpo. La música me invade los oídos y el paisaje no se mueve en el exterior. Sólo avanzan los automóviles, desciende el sol. Sentada en mi silla, lo único que corren son los segundos, mi cabeza pareciera estar en blanco y algo se retuerce en lo profundo. Me siento como Éowyn, con un inmenso temor a las prisiones del alma, a terminar enjaulada, a que nada sea suficiente, a que nada me llene, a que nada de lo cotidiano pueda entregarme esa paz que ando buscando. Y ahí es donde me acuerdo que la paz no puede venir desde afuera. No obstante, me parece tan lejano que pueda llegar así, simplemente, a conseguirla. Parece una tarea tan imposible por el momento. Ni siquiera cogiendo las maletas y mandándome a cambiar la encontraría. Eso sería como arrancar. Querer seguir adelante sin darte cuenta de que no importa a dónde  te vayas, los problemas siguen ahí. Y entonces, ¿dónde la busco? ¿qué me falta? Quiero creer que la belleza puede aparecer de las cenizas. Que en algún minuto de mi vida voy a mirarlo todo, como una película holográfica y voy a haberle descubierto el sentido.

jueves, 4 de abril de 2013

Del soldado y la retirada

La soledad no es un problema, al contrario, es parte de la individuación. De a ratos tiene mayor o menor grado de intensidad y de significancia, pero de todos modos sigue siendo una tarea relativamente fácil para mí, dada mi inclinación natural hacia la independencia. No, ese no es el problema. Lo complejo está en sentirse desposeído de figuras. Una, perdida hace mucho tiempo, la otra, más recientemente. Detenerte, mirar el mundo, y darte cuenta de que ya no hay una figura que dé soporte, que constituya un pilar, que te afirme. Sentirse traicionado, y desde ahí, solo. Es una soledad más profunda, más primaria. O así la siento yo. Tener narrativas que hacen daño, que lastiman en lo más hondo, y pensar, cuál será el tiempo necesario para recuperarse. Pensar cuándo las heridas dejarán de doler y las narrativas pasar a ser re-escritas. Cuándo podré confiar en que no me van a volver a abandonar a la mitad del camino. Cuándo podré confiar en que lo que siento podrá ser contenido por alguien. Cuándo podré dejar de mirar la situación como una derrota y comenzar a verla como un renacimiento.

Desde la retirada a las tierras inhóspitas, el soldado, todavía con la armadura a cuestas, ha hecho lo posible por seguir en pie, por ser funcional. Mientras las tareas aumentan, se le hace más fácil olvidar que perdió, que tiene un dolor gigante dentro, que está solo. Pero cuando cae el sol y se hace el silencio, la realidad acude, decanta, despierta.