Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

viernes, 30 de diciembre de 2016

Ainhoa

Ainhoa ve venir el fin de año sin tener claridad de nada. Sabe que desea que ocurran algunas cosas, y también, que odia profundamente otras que suceden en el momento presente. Y entonces vive presa de sus contradicciones, de sus tira y afloja, de una felicidad que parece inventada. De a ratos quiere liberarse de las expectativas de los demás, de esas típicas cosas que te dicen que tienes que lograr o tener, incluso, de la presión de estar contento y estable todo el tiempo. Y en otras oportunidades, vuelve a su sinsentido acostumbrado, a ese circo de mentira donde funciona como robot porque sentir y pensar es más doloroso que no estar. Los estados de consciencia le juegan malas pasadas a Ainhoa, o tal vez ella lo siente de esa forma. Pues, ¿de qué sirve la atención plena si no puedes salir de las prisiones? Las verdades terminan por atragantársele una a una, como un pedazo de filete crudo atorado en la garganta, y entonces, ¿de qué sirve mirar? ¿ver? ¿sentir? Ainhoa sabe que se aproxima el término a pasos cada vez más y más gigantes, sí, como un tsunami de emociones que derriba cientos de edificios, sí, los suyos. Los pilares, las ideas, los sueños, los valores, las expectativas, las ilusiones, para quedarse con ese mismo desierto pálido de desesperación que aparece cada año con las campanadas de las 00:01.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Antonia

Antonia no tiene ganas de levantarse. Día tras día vive el mismo guión de película, uno aburrido y lleno de remordimientos. Su irritación alcanza límites insospechados, y con sólo verlo a los ojos cree que podría aniquilarlo con la mirada. Sí, a su tonto novio de la facultad que no la entiende. Que le pregunta lo mismo trescientas veces al día. Y que luego, cuando llega de trabajar, se acuesta en su lado de la cama para quedarse dormido en un segundo. Ese que tiene todas esas putas manías que a ella le sacan tanto de quicio. Que es incapaz de mirar más allá, de darle el amor del modo que ella espera. Ese que no logra darse cuenta, de que probablemente Antonia está con depresión. Pues vociferar la gran parte del día contra el mundo y contra todos no es algo normal. Tampoco lo es, el no tener deseos ni ganas de nada. Ni pensar a cada segundo que sería más fácil abandonar todo y salir corriendo. Aunque lo más factible es que ni siquiera tenga energías para ello. Antonia mira su realidad y no sabe qué hacer con ella. Si pudiera, la rompería en centenares de pedacitos de papel y los tiraría con furia por la ventana. Quizás incluso se los comería, si con ello tuviera la certeza del fin. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Agustina

Agustina se adentra en la neblina como si fuese su propia confusión interna dibujada en la carretera. Se hace tarde y va en su coche camino a casa. La radio suena canción tras canción, pero ella sólo piensa en que no sabe si quiere cruzar la puerta. Tiene miedo. Tiene pena. Imagina lo que le espera después de una ley del hielo que pareció una eternidad. Quiere hablar y decirlo todo, pero a veces piensa que no tiene sentido, que no sabe cuál es el punto de comunicar si no es escuchada, si nada cambia. Y a pesar de todo eso, lleva varios días diciéndose a sí misma que ha sido una decisión, su decisión y que sin voluntad, de seguro todo podría irse a la basura de igual forma. Pero a la vez, el silencio ha interpretado cada una de sus dudas, tanto así, que tuvo una crisis de pánico antes de dormirse la noche anterior. Agustina creyó que moría. Y le paralizó sentir que el aire no era suficiente, que no era capaz de llenar sus pulmones como para salir de ese estado de asfixia.