Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

martes, 29 de noviembre de 2016

Anastasia

Anastasia durmió en la pieza de servicio por primera vez. En sus tres breves años de matrimonio, nunca habían dormido separados. Casi como si hubiese sido una ley. Pero esta vez, no tenía ganas de seguir cumpliendo las reglas, ni de esforzarse ni de nada. Sólo quería estar tranquila. Pensar, o tal vez no, sencillamente hacer lo que se le diera la puta gana. Creyó que este era un logro para sí misma, hacer frente a sus ideas y dejarse llevar por ellas. Sin embargo, el cuarto le pareció frío y desolado, como si le faltara algo. Y se aguantó, las lágrimas que querían descender por sus mejillas. Se aguantó la rabia, la decepción, el desconcierto. Luego se dijo que era mejor cerrar el grifo de los sentimientos y se hundió en películas hasta que la venció el sueño. La conclusión; en este poco tiempo de estar casada, Anastasia nunca había pensado que no quería estarlo. Que tal vez esto había arruinado todo. Que quizás, lo suyo no era el amor ni las familias, ni pretender. Que por mucho que quisiera creer lo contrario, el estar jodida para toda la vida no se resolvía con anillos, departamentos nuevos o fantasías ridículas. 

lunes, 28 de noviembre de 2016

Almendra

Almendra lleva media botella de tequila. Piensa que la única forma es celebrar, no sabe qué, pero algo, por último, que está viva. Durante la mañana tuvo sexo con su novio en el baño de la universidad. Y con ello, creyó que con un tinte de adrenalina las cosas mejorarían. Más no sintió absolutamente nada. Estuvo ahí, rígida y con la cabeza en cualquier lado mientras que él sólo tardó 10 segundos en irse y dar la tarea por hecha. Almendra en cambio se sintió vacía, como por enésima vez en el día. Escapó de clases y le escribió a su profesor de literatura. Él tenía novia, pero eso no era impedimento para Almendra. Tampoco para su profesor, quien la desnudó más rápido que sacarle el papel a un paquete de galletas. Almendra sintió un placer único, pensó; esto es. Con él, experimentaba la duración y las sensaciones de un hombre maduro. Un pequeño instante de éxtasis en medio de la nada. Sin embargo, cuando el profesor estuvo listo y la sacó del departamento diciéndole que la llamaría, Almendra volvió a sentirse vacía, asqueada de sí misma. Decepcionada del mundo. Incontrolable. Volátil. Y mientras caminaba a la reserva de agua por la que le gustaba mirar la ciudad, recibió el llamado de su mejor amigo. Un chico recién salido del hospital psiquiátrico. Almendra cambió de rumbo, compró el tequila y se sentó en lo oscuro, con la soledad de un cielo sin estrellas. Pensó, que era la primera vez que alguien le decía las cosas tal como son. Y eso dolió más que mil puñales directo al corazón. "Eres una puta loca, desierta y vacía"

Alicia

Alicia ve las vías en silencio. Es su lugar favorito para pensar y estirar las ideas, pero también, para gritarle al vacío las verdades que no puede nombrar. El sol de la tarde comienza a ocultarse. Las espigas se mueven con el viento. Sus pies cuelgan de ese banquillo de madera del que a veces le gustaría saltar y olvidarse de todo. Le caen un par de lágrimas sobre su jersey, y con ello se le corre el maquillaje negro de los ojos. Sin embargo, a estas alturas, ¿importa realmente? Porque cuando Alicia ama el silencio y al mismo tiempo lo odia, aparece más de alguna de las contradicciones básicas de su vida. Porque quiere amar y al mismo tiempo quiere irse. Porque quiere fundirse, explotar, y al mismo tiempo se ahoga, no puede respirar. Y allí, donde la habitación se hace un poquito más amplia o tal vez más oscura, se ha imaginado a sí misma acostada sobre las vías, con las luces cayéndole encima como un relámpago que la fulmina. Piensa cómo sería ese fragmento; en el que un impacto puede reducir los años en tan sólo segundos y descansar. Sólo descansar. 

domingo, 27 de noviembre de 2016

Juanita y María (10)

María la mira de lejos. Cuando eran amigas tenían tantas cosas en común. Tantos secretos. Tantas risas. O eso creía ella. Y ahora... podría decirse que la única similitud que tienen es la misma peca de la espalda.
Y bueno, esa última confesión que le hizo un día cuando estaba borracha. 
Juanita: Hola María, no sabía que tú también venías a esta Iglesia. 
María mira sus dos niñas de trenzas rubias. Mira su delgada figura, su espectacular marido. Piensa para sus adentros que parecen la familia perfecta de la revista Vivienda y Decoración. Arquea las cejas. Se pregunta por qué eso le da rabia. Por qué se le aprieta el pecho como si no pudiese respirar.
María: Hola Juanita. Vengo todos los domingos.
Juanita: ¿Y tu marido? ¿Cómo está?
María: No pudo venir. 
La familia de Juanita se adelanta y ellas se quedan a solas. María vuelve a sentir un poco de envidia, o tal vez, algo de soledad. Quizás, incluso las dos cosas juntas. 
Juanita: ¿Y te sientes mejor de la última vez?
María: ¿Qué cosa?
Juanita: ¡Ay María!... si sabes a qué me refiero.
María lo sabe perfecto pero es más fácil hacerse la idiota. Apelar a la única posibilidad de que esa noche haya quedado en el olvido.
Juanita: ¡Ya pues María! Dijiste que ibas a hacer tus maletas y que te irías lejos. Que estabas arrepentida. Que estabas muerta de pena, que te apagabas de a poco. Que estabas cansada, inquieta. Que no podías más.
María: No lo recuerdo.
Juanita: Te pregunté de qué querías escapar y me dijiste que de ilusiones tontas.
María si de algo sabe, es de ilusiones tontas. Ha pasado su vida entera esperando cosas que no ocurren, viviendo de amores terminales, pintando expectativas como estrellas, pero de esas que mueren más rápido que un pez sin oxígeno.