Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

miércoles, 9 de junio de 2021

Carta al rector

 Estimado Sr. Rector

Desde el Taller de Capacitación en ABP nos entregaron la tarea de reflexionar en torno a lo que soñamos como proyecto de colegio, y lo que nos parecería justo que los alumnos reciban como formación para la vida. 


Lo primero que pensé cuando nos asignaron esta tarea, es que obviamente todos los estudiantes merecen una educación de calidad y una experiencia educativa que sea significativa. Con esto último, me refiero a que cada uno de nuestros alumnos debiese poder mirar retrospectivamente su salida de cuarto medio con un profundo cariño hacia el colegio, sintiendo y pensando, no sólo que egresan preparados con las herramientas, habilidades y conocimientos necesarios para enfrentar los desafíos que el entorno les irá proponiendo, sino también, que encontraron sentido de pertenencia, dejaron una huella en sus compañeros y profesores, y que lograron participar activamente de una comunidad rica en valores y de una excelente calidad humana.  


Luego, el cómo materializamos esa visión, es una cuestión totalmente distinta, sin embargo, creo que se relaciona directamente, con aquellos procesos reflexivos que nos permiten ir evaluando dónde poner los acentos. Y en ese sentido, pienso que durante la última década, la educación se ha convertido en un bien de consumo. Es decir, si no nos reporta un beneficio inmediato o no demuestra su utilidad, se desecha. Prueba de esto son por ejemplo, la eliminación o las reducciones horarias de asignaturas que antiguamente se consideraban fundamentales para el desarrollo integral de la persona, y que en cambio hoy, tienen cada vez menos cabida en los planes curriculares. 

Con esa premisa del consumo, como sociedad no hemos estado educando con la convicción de que hay que aprender para crecer, ser mejores personas, y para cumplir con nuestra responsabilidad de servir y aportar a la construcción del mundo en el que vivimos. Hemos estado tan enfocados en obtener buenos puntajes y en competir con las demás instituciones para ver quién llena más asientos en la sala de clases, que desde ahí, implícita o explícitamente, transmitimos a los estudiantes que lo importante es la calificación y no el proceso, que lo relevante es el puntaje y no los vínculos que establecemos ni las habilidades aprendidas, que lo central es acceder a un título académico si se desea tener un buen pasar económico o mantener el estatus social. En la actualidad, hemos pasado a menospreciar todo aquello que requiere tiempo y esfuerzo, y como el famoso cuento de los tres cerditos, hemos olvidado que construir una casa sólida requiere primero, tiempos para visualizar y reflexionar cómo quiero levantar mi casa, con qué materiales, entre otros. Y en segundo lugar, que su construcción implica tomar decisiones y poner ladrillo a ladrillo con dedicación, cariño y esmero. En cambio, con esta mirada de resultados, incluso los mismos docentes han perdido un poco la pasión por lo que se enseñan, y sólo tienen tiempo para preocuparse de cumplir con la burocracia, la papelería, o el cómo asegurar un mejor promedio para sus cursos, y así no quedar expuestos o en falta con las exigencias de la institución de la cual forman parte.


Por ello, si pudiese tan sólo comenzar a esbozar el colegio que sueño, ésta sería una institución donde regresáramos a conectarnos con lo importante, lo natural. La naturaleza existe desde mucho antes que los seres humanos y es muy sabia al momento de mostrarnos sus procesos, sus ciclos, aquello que posibilita la vida. 

A raíz de lo anterior, habilitaría espacios dentro del colegio, para que efectivamente nuestros estudiantes tuviesen la experiencia y la oportunidad de contactarse y empaparse de la naturaleza misma. Crearía huertos que fuesen plantados y cuidados por los alumnos, construiría lagunas artificiales y espacios con animales que estarían al servicio de asignaturas como ciencias naturales o biología, incluiría más trabajo en laboratorios y el tema de la robótica, generaría espacios para jugar y trabajar con barro, que podrían ser utilizados desde arte y educación física, e incluso como parte de un recreo o una actividad dirigida desde orientación. Establecería en diferentes zonas del colegio, juegos que estuvieran accesibles en todo momento para todos los alumnos, y que cumplieran el objetivo de fortalecer la resolución de problemas (como los laberintos o los paneles didácticos) y el desarrollo de la motricidad gruesa y fina (como los muros de escalada, las barras o el cruce de redes), y si a su vez, estos pudiesen decorarse con hazañas importantes o personajes destacados de todas las áreas (literatura, arte, ciencias, matemáticas, etc.), estaríamos contribuyendo a la cultura de nuestros estudiantes. 

Está demostrado en múltiples investigaciones, que a edades tempranas, la manera en que los niños aprenden es a través de los sentidos, el hacer, la exploración y el descubrimiento. De la capacidad de asombro deriva la motivación hacia lo escolar. Por lo tanto, si promovemos la experiencia misma y eso lo conectamos con las clases, los libros, los diferentes recursos audiovisuales, e inclusive las vivencias del día a día de los alumnos, estaremos instalando aprendizajes significativos. 

Por el contrario, si las instituciones insisten y perpetúan un modelo de hacer clases donde el profesor expone o dicta contenidos, con la expectativa de fondo de que al momento de la evaluación respondan las frases textuales de lo que consideramos como respuesta correcta, no estaremos educando en las habilidades de un estudiante del siglo XXI. Hoy, el mundo exige que nuestros alumnos desarrollen pasión y entusiasmo por el aprendizaje, pensamiento crítico, capacidad de reflexión, innovación, creatividad, espíritu colaborativo y trabajo en equipo para la resolución de problemas. Necesitamos que muestren resiliencia, flexibilidad y adaptabilidad a las contingencias, que sean asertivos al momento de comunicarse y que puedan expresar ideas con claridad, que exhiban empatía y sean solidarios con las personas que los rodean. Y de seguro, ninguna de esas habilidades las podremos desarrollar eficazmente bajo el modelo tradicional de enseñanza. 

El estudiante debe ser el protagonista, y para ello, los profesores necesitan adquirir un papel secundario, de mediadores, guías o entrenadores. Debemos ser capaces como educadores, de brindar a los alumnos los espacios y las oportunidades para brillar, explorar, descubrir y conocer sus cualidades, fortalezas y aspectos a mejorar. Y que a partir de esa travesía, lleguen a las respuestas, encuentren su sentido de vida, surja de ellos el ímpetu, la sabiduría, el llamado a ser instrumentos de Dios para transformar el mundo. 


Por último, si volvemos a la idea del colegio que sueño, imagino un lugar donde la inclusión sea verdadera y miremos la diversidad como una cualidad que nos enriquece, y cuando hablo de diversidad, no me refiero sólo a aquellos estudiantes que poseen necesidades educativas especiales, sino a que exista cabida para todas las personas, sin importar su raza, género, condición socioeconómica u orientación sexual. 

Muchas veces, con el discurso de la inclusión como telón de fondo, hablamos de la igualdad, sin embargo, me parece que existe una confusión en este término, pues lo que acaba sucediendo en la práctica, es que en esa búsqueda de la igualdad anulamos la diferencia. Y la realidad es que todos y cada uno de nosotros, somos diferentes. Eso es lo que nos hace únicos, singulares, importantes y valiosos. Tenemos que sacarnos la venda de los ojos y comprender que la inclusión no puede significar que seamos todos iguales. La inclusión debe buscar que todos tengamos la posibilidad para mostrarnos como somos, para identificar nuestro valor y poder aportar desde allí, para encontrar nuestro espacio en la sociedad, nuestro camino de realización personal y nuestro sentido de pertenencia. 

Específicamente, si ahora pienso en los niños con necesidades educativas especiales, creo que estamos en profunda deuda con ellos. Nuestro país, y el mundo en general, ha dado pasos importantes en abrir las puertas a muchos niños que antiguamente debían estar en centros especializados, o que sencillamente no tenían las oportunidades de acceder a la educación regular. Se han desarrollado programas de integración escolar, desde los cuales se entregan un montón de adecuaciones curriculares que están al servicio del aprendizaje de estos niños, que respetan sus ritmos e individualidades. Esto me parece excelente, pero a la vez, insuficiente. Como hacía alusión al principio de esta carta, del mundo no nos vamos con los títulos académicos, ni nos hacen mejores personas el saber raíces cuadradas, ecuaciones químicas o cuál es la velocidad de la fuerza. Son herramientas sin duda, pero me parece que el gran valor está en nuestra calidad humana, en los lazos que formamos, los amigos que hacemos, los aportes que realizamos con nuestro servicio, las historias que construimos codo a codo con los demás. Esa es la huella más importante que dejamos. 

A raíz de lo anterior, creo que lamentablemente, en Chile los establecimientos educacionales todavía no han podido dar respuesta a las necesidades sociales y afectivas de estos niños y jóvenes con necesidades especiales; suelen estar solos, deambulan en los recreos y cuando la vida misma ocurre fuera de la sala de clases, la mayoría de las veces no son incluidos, sobre todo en la adolescencia. Esto me hace pensar nuevamente en la venda de los ojos, y en que no podemos igualar lo inigualable, ni forzar interacciones sociales que tienen etapas, niveles de madurez y necesidades diferentes. Si tomo de ejemplo a España, algunas instituciones promueven lo que llaman “recreos inclusivos”, donde un adulto que tiene formación en necesidades educativas especiales actúa como moderador y favorece que se generen espacios de amistad, acorde a sus posibilidades de desarrollo, intereses y habilidades. En este contexto y de manera progresiva, los alumnos van generando su propio sentido de pertenencia, y cuando llegan momentos como el fin de semana, estos niños y jóvenes también disfrutan de actividades compartidas con sus amigos, lo que finalmente les reporta alegría y gozo por la vida. 

Yo, con eso sueño. 

Agradeciendo su tiempo,

se dirige a usted,

una simple y humilde tejedora de ilusión.

domingo, 6 de junio de 2021

El año de la pandemia

El 2020 (y probablamente el 2021 también), pasará a la historia por ser el año de la pandemia. No sé si sólo me pasó a mí, pero al principio, cuando empezaron los primeros noticieros en torno a este virus que se propagaba rápidamente en China y otros países del mundo, fue como si hablaran de otro planeta. Y con el transcurso de las semanas, algo que parecía tan lejano se fue materializando y volviendo muy real, pero a la vez, parecía una realidad de otra dimensión, como sacada de esas películas de ciencia ficción donde hay desastres biológicos. Cada vez que veía en la televisión a las personas con mascarillas o los médicos con sus trajes de astronauta de color blanco, pensaba “¿dónde están las cámaras?”, “esta vez sí que los gringos fueron demasiado lejos con su imaginación". Nunca, ni en nuestras peores fantasías, visualizamos que el exterminio podía ser algo verídico. No en el siglo XXI al menos. Y entonces, todos pasamos a ser personajes de algo histórico, porque pandemias como estas no se veían desde la peste bubónica, la gripe española o la viruela, entre otras.

En un inicio, la pandemia fue la novedad para muchos, e incluso, las cuarentenas las vivieron como esas vacaciones que no tenían hace tanto tiempo. Hubo un flash de motivación donde la gente probó cosas que nunca habían hecho, el instagram se llenó de panaderos y de las más increíbles rutinas de ejercicios en casa. Empezaron a circular un montón de campañas y proyectos personales, porque parecía que estábamos sobrados de tiempo. Pero luego, hacer pan o ejercicio ya no fue tan entretenido, ni la cuarentena tan corta como se había imaginado. Y ya no quisimos más "vacaciones". La motivación se fue abruptamente a la cresta, y en mayor o menor medida, fuimos enloqueciendo con el encierro, especialmente las mujeres que teníamos que hacer malabares con el teletrabajo, la educación en casa de los hijos y los quehaceres domésticos, siendo aún peor en aquellas familias vulnerables, monoparentales, con varios niños y además viviendo en espacios reducidos. El miedo se hizo normal (y decir esto en voz alta me parece muy fuerte... el normalizar el miedo como una actitud de vida, pero es cierto). Se instaló el terror por todas partes; teníamos miedo de contagiarnos, de que un familiar nuestro se enfermara, de que nos quedáramos sin trabajo, de que nuestros niños usaran los juegos de las plazas, fuesen al jardín o a los colegios, con la contradicción de que si no iban, tampoco aprenderían lo que se supone deberían aprender. Teníamos miedo de abrazarnos con nuestros seres queridos, de que un desconocido nos rozara en el supermercado o alguien no respetara las distancias y se nos pusiera muy cerca en la fila para entrar en una tienda. Incluso, nos daba miedo cruzar la reja de la casa, que se nos quedara el alcohol gel, u olvidarnos de desinfectar los zapatos después de salir. Teníamos miedo de terminar intubados, de morir solos, de siendo tan jóvenes, perder la posibilidad de disfrutar la existencia un poco más.

La vida entera se hizo cuesta arriba; trabajar y mantener la motivación, criar y no perder la cordura, educar sin volvernos chiflados, rodearnos de amor sin contagiarnos, convivir en pareja sin tener los deseos de arrojarlos por la ventana de vez en cuando. La casa se convirtió en nuestro búnker, porque todo lo que sucedía afuera se vivía con mucha incertidumbre, con permanente sensación de amenaza y peligro. Pero a la vez, con la paradoja de que estar adentros de este búnker, nos exponía a otro tipo de peligros; la locura desatada en la peor versión de sí misma. Y justo cuando logramos adquirir la sensación de que ya estábamos resueltos, más adaptados a esta nueva realidad, acomodados con las nuevas rutinas en nuestras casas, nos dijeron que tendríamos que salir otra vez. Muchos nos hicimos la pregunta de "¿y si no me siento listo para volver?", "¿mi trabajo me puede obligar al retorno presencial?". El tiempo extra de la pandemia o la mayor soledad con nosotros mismos nos forzó a reflexionar, y algunos incluso se cuestionaron si estaban en el trabajo de sus vidas o a gusto con sus matrimonios, entre otros. 

Ya llevamos un año y medio de mierda, de sentir que avanzan las libertades y luego se retrocede. Algunos nos sentimos agradecidos de estar sanos y de que este maldito virus no ha tocado nuestras puertas. Por otra parte, seguimos sintiéndonos prisioneros, que no podemos controlar lo que ocurre en nuestro entorno, que tenemos que buscar motivación y energía de los lugares más recónditos para continuar levantándonos en la mañana. Nos decimos que hay personas que dependen de nosotros; nuestros hijos. Nos decimos que si no encontramos la fuerza, nadie lo hará por nosotros. Y entonces, seguimos funcionando, como robots programados para la tarea. Pero al mismo tiempo, todo nos duele más, nos estresa más, nos irrita más. Vemos con lejanía que esta pandemia se acabe pronto. Vemos con lejanía poder disfrutar de nuestros amigos otra vez. Vemos con lejanía trabajar o pasar tiempo con nuestras parejas sin nuestros niños encima. Vemos con lejanía recuperar el tiempo perdido, los viajes, el goce. Y con ello, surgen las fantasías más ridículas de que cuando todo acabe, haremos el viaje de nuestras vidas (un año entero por el mundo sin importar la plata, ni el trabajo, ni nadie), o que haremos una fiesta de quinientas personas y nos daremos la pala por tres días seguidos. Siento comunicar, que para la mayoría, eso nunca será real. 

Hoy, escribo esto en uno de esos días grises, de reflexión forzada, donde el invierno que se avecina me va pisando los talones. Casi puedo ver la lluvia, la nieve, la oscuridad. Sin embargo, quiero creer en la esperanza de que falta poco. De que habrá un tiempo para volver a abrazarnos hasta que se nos derrita el cuerpo entero. De que habrá un tiempo para reírnos con nuestros amigos hasta que no quede ninguna botella de pie. De que habrá un tiempo para almorzar en familia sin aforos ni permisos de duración. De que habrá un tiempo para volver a reencontrarnos con el amor. De que habrá un tiempo para amigarnos otra vez con la paciencia, el respeto, la buena fe, el bien común. De que habrá un tiempo para abrir nuestras manos al mundo sin temor.