Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

lunes, 30 de noviembre de 2020

One Hundred Times Deeper (VIII)

Capítulo VIII

El pálido sol de la tarde fue descendiendo por las cortinas de su habitación muy despacio, tan lentamente que el día le pareció durar una eternidad. Sí, como esos inviernos que no acaban nunca, y que sólo te dejan sombras en la ventana. Sombras y preguntas. 

Sus sentimientos estaban todos revueltos, y no sabía qué pensar. Sentía que las cosas en su vida habían dado un vuelco en ciento ochenta grados, pero no entendía bien por qué. Era una sensación muy extraña, como si de la noche a la mañana alguien le hubiese abierto el suelo y ya no supiera dónde pisar. Lo que sí estaba claro es que la había cagado, y puta qué la había cagado.

Alexis se tapó la cara con el cojín del sillón deseando gritar.

¡Soy una estúpida!

Con el frío arrinconado en el alma y la montaña rusa en la cabeza, miraba el pasar de los segundos y cada vez estaba más cerca del deadline

20:00hrs. ¡Madre mía!, ¿qué hago?

Por una parte, quería olvidar todo. Alexis pensaba que ojalá las cosas fuesen tan fáciles como sólo apretar la tecla del mando para rebobinar y así borrar este día de mierda de principio a fin. Pero no. Le tocaría llamar a Borja, disculparse y volver a su vida normal. Sí, esa vida calmada, segura y contenta con el bonachón de su novio. 

Otra parte, en cambio, moría de la curiosidad. Y lo demás, de pronto le parecía insípido, anticuado e incluso irreal. 

Quizás, ya no le gustase lo normal. 

Quizás, todo este tiempo se había estado engañando a sí misma.


En ese momento, se escucharon unas llaves agitándose en la puerta y Alexis se asomó al recibidor.

Susana traía una cara como de si se la hubieran follado hasta el amanecer.

- ¡Eres la peor amiga del mundo! -protesté enfurecida.

- Hola Alexis, ¿qué ha pasado? ¿por qué tanta bronca? -me respondió Susana con cara de sorpresa-. Ya sé que llegué tarde pero no es para tanto, ¿o sí? Ostia, pareces mi madre. 

- No seas gilipollas, ¿sabes todo lo que he pasado? Anoche...

- ¡Espera!, que me hago pis. Luego me lo cuentas todo, lo juro -me interrumpió Susana mientras corría con sus enormes tacones hacia el baño. 

Alexis suspiró enfadada.

- ¡La peor! -le grité mientras ella desaparecía por el pasillo.

Alguien tampoco había dormido en el apartamento porque traía la misma ropa de ayer.

- ¿Me puedo duchar? -preguntó Susana desde lejos.

- ¡Qué morro tienes! -le grité-. ¡Sal ahora y ven!

Cuando Susana regresó, Alexis estaba fulminándole con la mirada.

- No sé ni por dónde comenzar -agregué-. He pasado una noche de mierda. Y para peor tengo un black out que no puedo rellenar. 

- A ver Alexis, que no entiendo nada -me respondió Susana.

- ¿Te acuerdas cuando ayer te dije que iba al baño del club? -le pregunté.

- Ehm... en verdad no tía. 

Claro, cómo te vas a acordar si te estabas comiendo a besos a ese tal Sergio. 
Por poco no le quitas la lengua y te la tragas. 

- Es que nunca te enteras de nada -le reproché. 

- Venga Alexis, no me rayes -me contestó Susana cruzándose de brazos.

- Es que de verdad ha sido el peor día de mi vida -le dije-. En el club al que de mala gana me llevaste... -añadí frunciendo el ceño- me he encontrado a mi jefe. Y no sé cómo voy a volver al curro. No soy capaz de verle a la cara. 

- ¿Qué jefe? El tío este sensual, el del pelo despeinado... ¿el de ojos grises?

- Sí, Susana. Ese. Ramiro.

- Me acuerdo esa vez que te fui a buscar al Hospital y le vi. ¡Qué tío más guapo! Tan macho, tan... ¡Ay! Me lo habría...

- ¿Te concentras por favor? -le interrumpí encabronada-. Me suda lo que habrías hecho con él en este momento.

- ¡Ay Alexis! De veras que hoy traes un genio...

- ¡Qué imbécil! -le grité, mientras me corrían las lágrimas.

Entonces se produjo un silencio incómodo y Susana estaba tan perpleja que no sabía bien cómo reaccionar. Luego, se sentó al lado de su amiga y le abrazó.

- ¿Te hizo algo ese cabrón? -me preguntó.

Alexis por fin había soltado toda la angustia y parecía que nada podría calmar ese llanto tan frágil, desvalido, tan profundo. Como si fuese una niña pequeña a quien le han roto todo el cuerpo. Sí, así se sentía. Rota por dentro.

- Dime Alexis, ese cabrón... que te juro que voy y le muelo a palos -me insistió Susana.

- Fue horrible amiga. Se encerró conmigo en el baño, y se me lanzó encima. Yo no sabía qué hacer, sólo quería morirme. Me hizo tocarle... y me tenía contra la pared. Me he salvado por los pelos -le respondí entre sollozos y el cuerpo que me tiritaba desde la punta de los pies.

- ¡Qué hijo de puta! ¡Que le den por el culo a ese cabrón! -exclamó Susana-. Tienes que denunciarle Alexis, ese pedazo de imbécil la va a tener parda, te lo prometo -agregó con la sangre que le hervía por dentro-. Y, ¿qué pasó después? ¿Ya le contaste a Borja?

- No me acuerdo de mucho más. Creo que entró alguien y que me desmayé.

- ¿Cómo que no te acuerdas? -me preguntó, con algo de exigencia en su tono de voz. 

- Pues así. No me acuerdo. Los nervios... el Aperol... Lo último que sé es que desperté en un apartamento en una zona majísima de la ciudad, en bragas, con la camiseta y en la cama de otra persona. 

- ¡Joder! ¡Qué fuerte!

- Sí amiga, creo que la he cagado. Me habían dejado desayuno, y una nota. Mira... -dije, alcanzándole la tarjeta que había puesto en la mesa.

- ¡Joder! -me repitió Susana-. ¿Quién coño es "C"? ¿Y Borja ya sabe?

- Ay amiga, eso es lo peor -le respondí encorvándome de hombros-. Cuando volví estaba Borja fuera de la casa. No sabes qué cara traía. Yo no podía ni mirarle de la vergüenza.

- ¿Y qué te ha dicho? -me preguntó mientras se preparaba un café y prendía un cigarrillo.

- No me dejó decirle nada, ni siquiera lo de Ramiro. Se ha ido muy cabreado conmigo y con justa razón. ¡Ay Susana! ¿Qué voy a hacer? -le dije tapándome el rostro con las manos. 

Con toda la historia, a Alexis se le había olvidado la parte más importante. La nota de las 20:00, para lo cual faltaban sólo dos horas.

- Y hay más -agregué, al tiempo que miraba el reloj de la pared.

- ¿Es coña? -suspiró Susana.

- No. Después de ducharme me sonó el iPhone nuevo. Me habían dejado esto en la puerta -le dije, pasándole la canasta y la nota.

- ¿Y llamaste al número? -me preguntó Susana.

Es cierto. No había pensado en eso. 
¡Qué tonta! 

Por la cara de Alexis, Susana adivinó que no. 

- ¡Venga!, pasa el móvil que marco yo -me señaló. 

- ¡Ni de coña! ¡Estás loca! ¿Qué tal si...?

- ¿Si qué...? -me interrumpió Susana-. ¿Acaso no quieres saber quién es "C" y qué rayos pasó en su apartamento? Sabe donde vivimos Alexis, ¡qué friki!

-Bueno, sí, pero... -le respondí confundida.

- Pero nada. Dame el móvil.

Susana apretó el botón de discado y le dio al altavoz. Y entonces, ambas esperaron cada sonido con la adrenalina por las nubes, atentas a que al otro lado de la línea alguien cogiera la llamada. 

Cuando contestaron, Alexis enmudeció. Sintió que no podía ni respirar.

- ¿Aló?, ¿eres C? -interrogó Susana.

Por el móvil se escuchó una respiración pero nadie respondió.

- ¡Ey! Te podemos escuchar. Mira, gilipollas... -empezó a decir Susana.

Y colgaron.

- ¡Susana! ¡Qué hiciste cabezota! ¡Cómo se te ocurre decirle gilipollas por el teléfono! -exclamé-. ¡Vaya amiga! -agregué molesta.

Alexis cogió sus cosas del sillón y se fue a su habitación dando un portazo tras ella. Se sentía tan inquieta, de nuevo con esa mezcla de emociones que no podía hacer otra cosa que ir de un lado para otro como un animal atrapado en una jaula demasiado pequeña. Miraba la ventana, la oscuridad, la luna, los coches pasando fuera por la calle, los semáforos, la gente. Se sentaba en la cama, tomaba el móvil. Seguía deambulando. 

Y cuando fueron las 20:00 nada ocurrió.

Ni un llamado.

Ni un mensaje.

Nada.

Alexis se puso el pijama y se acostó en su cama con un nudo en el estómago.

Miró otra vez el móvil, y con inseguridad digitó uno de los pocos números que se sabía de memoria. Después de un rato de tener la pantalla en blanco, le escribió.

[¿Estás ahí?. 
Por favor hablemos. 
Lo siento.
Te quiero. A.]


(Continuará).

domingo, 29 de noviembre de 2020

Amy

Amy escuchaba una, y otra, y otra vez la misma canción en sus earphones. Algo en aquella música le conquistó con apenas los primeros acordes de ese ukelele, y entonces, simplemente no pudo dormir. Recostada sobre la cama, con el calor del verano como su mejor compañero, no paraba de sentir algo dentro, muy profundo, algo que se despertaba. No sabía bien si era la melodía en sí misma o la letra de aquella canción, pero se volvía una cosa casi absurda. ¿Por qué no puedo detenerme?, se decía Amy. Y luego esa misma pregunta la llevó a pensar en la fuente del deseo, en esa gota de placer que surge cuando sabes que estás haciendo algo incorrecto pero aún así quieres llevarlo a cabo, con el pie apretando el acelerador a fondo y que pase lo que tenga que pasar. Claro, porque el corazón te late a tres mil revoluciones y aunque sabes que debieses detenerte no puedes, no quieres. Y esa noche, con la luna brillando en la ventana, Amy pensó que si por un segundo le decían las palabras correctas, abría las puertas sin más. Construía un cohete a papel de diario y salía de allí volando a donde se la quisieran llevar.