Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

martes, 4 de diciembre de 2018

Anouk

Anouk había guardado su corazón en una botella, como en ese libro de Oliver Jeffers. De niña sabía tanto de la pérdida, del dolor, de las decepciones, y entonces, sacárselo del pecho y dejarlo en el cristal tenía todo el sentido del mundo en esa época. Pensó que sería más fácil. Que se trataba de la sobrevivencia o simplemente de continuar. Pero un día, Anouk sintió que ya no era necesario. Que ese pedazo de pasión latiente le hacía falta. Así que, sin dudarlo ni un segundo, rompió la botella y se lo volvió a poner. Un arcoíris completo de emociones apareció ante sus ojos y todo el cuerpo le comenzó a temblar. Cuánta música. Cuántas palabras. Cuántas estrellas refulgentes sobre su cielo. Anouk estaba segura de que estaba lista para volver a confiar. Estaba segura de que quería enamorarse. Estaba segura de que la vida tenía todo listo para sorprenderla. Anouk se sintió tranquila consigo misma, con un corazón renacido para ser feliz. 

Amparo

Amparo se levantó esa mañana como si una eclipse solar hubiese pasado por su cuerpo. Primero la oscuridad, una rotación lenta e interminable, parte de su alma hecha cenizas, y luego luz, sólo luz por todas partes. Se sintió liviana, se sintió nacer de nuevo, se sintió como aquel diente de león que es soplado al viento; gigante, puro y libre, siendo parte de la madre tierra, del viaje, de la transición. Amparo se asomó a la ventana y más de esa misma incandescencia se le coló por los poros. La revivió de la letanía, la despertó de la muerte como un electro directo al corazón, al hielo. Se preguntó para sí misma dónde había estado, pero en ese preciso y glorioso instante, entendió que el tiempo y el lugar nada tenían que ver con la pregunta, si no que todas las respuestas y secretos estaban contenidos en ese ruido interno que había sido desenchufado de sus pies, ese ruido que le permitía correr hasta desplomarse, e incluso despegar. Amparo sintió el calor en sus manos y una súbita electricidad en los dedos. Entonces sonrió. Todo estaba conectándose nuevamente, justo ahí, donde el cómo y el cuándo conspiraban a su favor. 

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Almudena

Almudena llegó a casa y se quitó toda la ropa. Dejó los tacones en el suelo y el bolso sobre el sofá como si con ello se quitara capas de la piel que estorban, que etiquetan. Y con su cabello largo danzando sobre la espalda, y ese majestuoso lunar agitándose en el muslo, se acercó a él para abrazarlo tan fuerte que sus músculos no pudiesen dejarlo escapar. Claro, porque cuando Almudena vuelve a él, encuentra una paz interior que es más grande que el mismísimo universo. Él la completa, la eleva, la magnifica, la seguriza y la libera, la conquista y la enciende como una supernova. Sabe quererla de todas las formas que la hacen agonizar y conoce la manera precisa de arrojar al basurero cada una de sus dudas y temores. Y ese abrazo que dura una eternidad habla más de los silencios cómplices que de las palabras, habla más de las sonrisas coquetas que de las palabras. Claro, porque cuando Almudena vuelve a él, las palabras no son necesarias. Puede entregar sus manos sin preguntas y confiar. Besa sus orejas, sus labios. Experimenta la efervescencia y la serenidad, todo al mismo tiempo como en una explosión estelar.   

Ágata

Ágata se bajó del vagón maletas en mano. Esta vez estaba rebosante de proyectos y sueños. No tenía que seguir huyendo. No tenía que continuar buscando respuestas en lugares recónditos. Todo estaba aquí, en esa estación de tren de siempre, en ese equipaje, en ese cuerpo humilde y ya conocido. Con el pecho aliviado y una iluminación de película llena de esperanza, caminó. Avanzó por la calle con sus certezas a paso decidido, dejándose guiar por el mágico poder de su intuición. Tanta música que tocar, tantas líneas que escribir, pensó. Porque si algo tenía claro Ágata, es que ya no había marcha atrás, sólo ir hacia adelante, más y más hacia adelante. Tan allá que inclusive pudiese ver el mar dar la vuelta al globo terráqueo. Tan allá que inclusive pudiese escalar el Everest. Tan allá que inclusive pudiese ir a la luna y regresar. Sí, Ágata estaba dispuesta a enfrentar cualquier cosa, todo con tal de caminar y dejarse fluir. Nada más hacía falta, sólo caminar. Y la mera idea de avanzar la hacía feliz. 

martes, 27 de noviembre de 2018

Azucena

Azucena se siente llena de energía. Por primera vez en mucho tiempo corre con sus deportivas sin pensar que alguien (su pasado, su historia) la persigue. No hay objetivos. No hay tareas. No hay misiones de transformar el mundo, sino únicamente a sí misma. Cada trote es ahora tranquilo, apacible, como una furia pacífica, si acaso es eso posible. Y entonces, un calor interno la domina, como si fuese a elevarse del suelo y salir flotando. Corre con los pies. Corre con los ojos. Corre con el corazón y sus miles de latidos por minuto. Azucena se siente inmensa. Una especie de sabiduría va recorriéndole las venas, donde todo lo que necesitaba oír ya lo sabe. No hay presiones. No hay demandas. No hay responsabilidades, sino únicamente con ella misma. Y entonces, se detiene a oler orquídeas en el camino, oye el sonido de sus zapatillas contra al pavimento, advierte la brisa en su cara. Está aquí y no allá, como si este espacio de tiempo fuese suyo y de nadie más. Ve las nubes al pasar, observa las sombras que van soltándose de su cuerpo como rasgaduras viejas. Azucena se siente en calma. Sus pies avanzan y piensa que está lista para vivir, para gozar casi tanto como un niño ciego que recién despierta a los colores del mundo. Ya nada le falta. Mucho le sobra y se ha caído el velo. 

Alba

Alba se puso sus zapatillas de ballet y un cosquilleo electrizante comenzó a subirle por los dedos. Su piel blanquecina se llenó de vibraciones, de esas que hace tiempo no tenía. Se preguntó entonces por qué había dejado de bailar si tanto le gustaba, más recordó que a veces su vida era como la música clásica; rígida, estricta y exigente. Sí, así era antes de despojarse de todo aquello que le hacía mal. Porque si algo ha aprendido Alba, es que no se puede estar todo el tiempo cumpliendo las expectativas de otros. Que está bien soltar. Que está bien decir que no. Que está bien centrarse en uno mismo de vez en cuando. Que está bien tirar las normas por la borda. Que está bien escuchar la melodía interna, el estilo libre. Y mientras sus pies sienten la delicadeza del suelo, una luz brillante se cierne sobre los espejos de esa sala de ballet, y Alba recuerda lo que es sentirse feliz. Sí, en ese momento tan suyo, donde la única exigencia es dejarse llevar, se conecta con todas las músicas que la vitalizan. Piensa que además de bailar quiere volver a escribir, tal vez pintar, pero no desde lo oscuro, sino desde la armonía. Porque si algo ha aprendido Alba, es que la vida es muy corta. Que cuando las cosas se hacen de corazón, nada puede salir mal. Que cuando se da espacio a la voz interior, la alegría es inmensa e infinita. Que está bien aflojar las riendas de vez en cuando. Y mientras sus manos sienten la liviandad del aire, un silencio convertido en paz llena esa sala de ballet y Alba es feliz. 

Alondra

Alondra siente su desnudez y no le tiene miedo, ya no. Sentada frente al piano, sus dedos se deslizan por las teclas como si la inspiración y el amor nunca se hubiesen ido de sus manos. Las melodías más dulces la visten y acarician en esa inmensidad que es su vida. No hay silencios ni preguntas, ya no. Alondra sabe que al final, todo se reduce a una cuestión de prismas. De elegir con qué ojos mirar. De elegir agradecer. De elegir amar con cada una de las fibras de su ser. Y así se siente. Como si el mundo se fuese a acabar de tanto existir, de tanto sentir que todo lo puede, que todo lo alcanza. Su cuerpo finito consigue la vía de convertirse imperecedero, de brillar. Alondra está segura de que el cosmos sabrá darle lo que necesita, de que su interior está listo y preparado. 

Atenea

Atenea va en su coche camino a casa después del trabajo. Siente tanta paz, que pareciera que va conduciendo en una carretera al atardecer, con vista al mar. Sus cabellos van al viento, Little Giant de Roo Panes la acompaña como el sol a esas gaviotas en el horizonte. Ha encontrado la tranquilidad que buscaba, la forma de equilibrar sus pulsaciones en medio de una historia que también ha sabido del caos. Pero no hoy. Esta vez se siente agradecida de la vida, como si pudiese flotar en felicidad. Como si hubiese encontrado su centro. Como si hubiese encontrado la forma de amar, finalmente. Porque Atenea si sabe de algo, es de saltar. Con los brazos abiertos, a todo. Sin embargo, durante un largo tiempo no había podido, había olvidado cómo era lanzarse al vacío confiando en que otra persona pudiera recogerte en la caída o incluso, tal vez, caer contigo y amarte en ese lugar tan profundo, tan frágil. Atenea sonríe y respira. El aire llena sus pulmones y llega a cada una de sus células como una liberación, siente que podría explotar. Si esta es la verdadera vida, quiere más de ella. Mucho más. Quiere entregar, quiere seguir amando en este mundo perfectamente imperfecto. 

martes, 30 de octubre de 2018

The science of happiness

La Ciencia de la Felicidad
Tal Ben-Shahar

1. Darse permiso para ser humanos. La felicidad no significa que no experimentarás emociones dolorosas, pues éstas son parte de la naturaleza humana. Sentir afectos negativos (pena, rabia, tristeza, frustración, etc.) está bien, cuando nos esforzamos por hacer que no existen, ocurre lo contrario, se mantienen y solidifican. Hay que darse permiso para ser humano, para ser reales. Cuando aceptamos esas emociones, permitimos que fluyan, que pasen, desaparezcan y recuperemos nuestra paz. 
2. Sólo existe un sistema emocional. Todas las emociones están comandadas por el mismo sistema emocional, por lo que si bloqueamos los afectos dolorosos, también estamos bloqueando aquellas que permiten el goce y el placer. Cuando permitimos que la infelicidad entre en nuestras vidas, también nos abrimos a la felicidad.
3. No se trata de resignación. Darse permiso para ser humanos no significa "echarse a ver televisión tres días seguidos sin pararse de la cama si estoy deprimido", sino que debe ser una aceptación activa. Esto significa aceptar las emociones que tengo (todas ellas), y decidir el curso apropiado de acción para sobrellevarlas, para darles sentido. No se trata de resignación, sino de escoger el mejor curso de acción. La valentía no es la ausencia de miedo, sino de actuar a pesar de él. Lo mismo ocurre con las emociones dolorosas.
4. El estrés en sí, no es el problema. Cada día, las investigaciones y los titulares de la prensa señalan que el estrés es la pandemia del mundo globalizado, que afecta a todas las naciones y que sus índices se elevan más y más, porque la gente debe hacer miles de tareas en poco tiempo, deben ser "malabaristas". Sin embargo, el estrés en sí, no es el problema. El estrés también es una respuesta natural del organismo, nos hace fuertes, resilientes y felices. El problema es el tiempo de recuperación, tanto a nivel físico como psicológico. Hay que recargar combustible, pero las organizaciones (y las mismas personas) no están dando tiempo para recuperarse. Es como andar en un auto que tiene increíble motor, chasís de lujo, pero que va con los neumáticos desinflados. No se puede. La respuesta de relajación entrega recuperación.
5. La recuperación es una inversión. Las personas piensan que para ser felices tienen que conseguir grandes cosas; éxitos, logros, dinero. Cuando en realidad, se trata de las pequeñas cosas. Lo mismo se necesita para recuperarse. Cada dos horas, de 10 a 15 minutos para tomar una pausa, un café, almorzar sin estar paralelamente trabajando. 3 a 4 veces al día, respire conscientemente. Escriba antes de dormir, listas de lo que debe hacer, así da el mensaje a su cerebro de que puede descansar porque el futuro se encargará de realizar lo que falta. Duerma. Trace objetivos a largo plazo, eso ayuda a mirar el presente, a disfrutar del trayecto hacia el objetivo. Pues, llegar a un determinado punto, sólo conlleva un bienestar que es temporal, la gente de desilusiona de que a pesar de que tienen lo que querían no son felices. Deje fluir las metas y no piense que la felicidad está sólo en alcanzar el objetivo, sino en todo el aprendizaje y ganancia del recorrido. Haga ejercicio regularmente. Muévase regularmente. Las organizaciones tienen que pensar que otorgar tiempo de recuperación es una inversión, pues eso mejora la creatividad de las personas, la producción, él éxito y por ende, lleva a la felicidad de las personas, baja la rotación laboral. Se necesita que las personas tengan rituales conscientes, repetir pequeñas acciones hacia la felicidad. Sea el cambio que quiere ver. 
6. De las relaciones sociales. La tecnología digital y las redes sociales imponen una ola de "perfeccionismo emocional". Nos hacen pensar que lo normal es que todo sea genial, que todos viven felices en un "happily ever after", a excepción de uno. Y esa presión sobre la gente produce mucha infelicidad. Nadie pone su lado B en Facebook, por lo que al final es una ilusión. Además, está demostrado que cuantas más horas pasan las personas en las redes sociales, más solos se sienten. Más infelices están siendo los jóvenes porque no tienen relaciones sociales emocionalmente significativas. Todo es virtual y nada es real. Necesitamos "desconectarnos" para volver a conectarnos con las personas. Las interacciones sociales que involucran dar/recibir cara a cara es una de las mejores maneras de promover la felicidad. 
7. Del amor y la amistad. Cuando buscamos relaciones de amistad, a largo plazo lo que queremos es alguien que sea real, no una persona que nos consienta en todo o que esté de acuerdo en todo con nosotros, sino alguien que nos desafíe, nos presiones, nos ayude a alcanzar la verdad, a ser mejores personas, a tener más éxito, a ser más felices. Lo mismo ocurre en las relaciones de pareja. A veces es necesario el enemigo, pues el conflicto eleva la relación, y a las personas como individuos. El matrimonio debiese ser una máquina de crecimiento, y la forma de crecer es a través del conflicto, del desacuerdo, de tener un enemigo que sea hermoso. La relación tiene que ser hermosa (de pasarlo bien juntos, la alegría, el goce), pero también necesita del enemigo para llegar a la felicidad. 
8. Volver a apreciar. Registre diariamente 3 o 4 cosas por las que se sienta agradecido, es fundamental para mejorar el sistema inmune, para desarrollar generosidad y amabilidad hacia otros, y finalmente impacta en la felicidad personal. Generalmente, las personas tendemos a dar por sentado lo que tenemos. Sin embargo, la palabra apreciar significa dar gracias, pero al mismo tiempo, aumentar el valor. Es decir, en la medida que volvemos a apreciar, aumentamos la cantidad de cosas positivas que nos suceden. Y eso nos vuelve más optimistas también, exitosos. 
9. De la educación emocional y los padres. Hoy en día, los Colegios y los padres no están enseñando bien a sus hijos a superar los fracasos, a manejar la frustración, a relacionarse efectivamente con los pares. Sólo se da énfasis en lo cognitivo, el rendimiento, las notas, lo que se cree/piensa que es el éxito, y han perdido de vista que el trabajo emocional tiene un impacto directo en el aprendizaje, y no al revés. Cuando los padres dicen que quieren que sus hijos sean felices, primero tienen que comprender qué es la felicidad. Y eso es partir por comprender que no se trata sólo de emociones placenteras. También es acerca del sentido. Y algo que de sentido, generalmente conlleva trabajo duro, dedicación y sacrificio. La felicidad no es sonreír todo el tiempo, o que no exista tensión. Tampoco existen los padres perfectos, sino sólo los "suficientemente buenos", y esos son aquellos que buscan el equilibrio entre lo demasiado fácil y lo demasiado difícil, es decir, por un lado dejar que los niños lidien con dificultades y al mismo tiempo no exponerlos a situaciones donde no puedan lidiar (por su madurez y desarrollo) y se desmoronen. Es una delgada línea, que hace que el niño se desarrolle, pero al mismo tiempo que tenga apoyo para crecer. Cuando les ponemos las cosas demasiado fáciles, no les ayudamos a largo plazo, no los hacemos fuertes ni resilientes. Por eso que ser padres no puede ser sólo atender las necesidades inmediatas del niño (ejemplo, comprarle todo lo que quiera), sino, dejarlo enfrentar dificultades (la frustración de no tener todo lo que quiere en ese mismo instante). El amor incondicional no significa darles todo lo que quieran cuando ellos lo quieran, sino que aceptar sus emociones incondicionalmente, pero con límites muy claros a su comportamiento. No debemos hacer por los niños lo que pueden hacer ellos mismos. Debemos dejar que les cueste, que lidien, no resolvérselo porque estamos apurados o sin tiempo, o porque podemos hacerlo mejor. Enseñar y dar espacio al aprendizaje. Debemos darles permiso para ser humanos, dar legitimidad a sus emociones, pero al mismo tiempo, mostrarles con firmeza lo que está permitido y no permitido hacer con esas emociones. Y finalmente, debemos predicar con el ejemplo, mostrarles a los niños las experiencias del día a día donde los adultos también fracasan y sufren, pues eso es modelo de resiliencia. Los niños no necesitan padres perfectos, necesitan padres humanos, que también lo pasan mal, que les duelen las cosas, que se equivocan.

jueves, 26 de julio de 2018

One Hundred Times Deeper (VI)

Capítulo VI

Toda la noche me di vueltas en la cama como una loca. No sé si por el sudor que invadía mi cuerpo con la estufa de Susana, si acaso eran mis pesadillas otra vez, o si en realidad mi intranquilidad tenía que ver con que nunca, pero nunca en la vida, le había dicho que no al sexo con mi novio. 

¿Qué me está pasando?

No podía dejar de pensar que algo estaba mal. Sí, muy mal. 

En todos los años de relación con Borja, siempre había estado disponible para hacer el amor, aunque ahora que lo pensaba bien, esa palabra le parecía horrible. Como si la sexualidad con su novio fuese un trámite o un objetivo con el que cumplir. Y claro que no lo era, ¡vaya qué orgasmos le hacía sentir!

Alexis miró el reloj. 04:20 de la madrugada. 

¡Voy a morir de sueño! Ni el café podrá revivirme

Con el caos dentro de su cabeza, Alexis decidió ir a la cocina y tomar un vaso de agua. Sin embargo, su pecho apretado y la sensación de angustia la delataba. Por más que quisiera engañarse, la llegada del Sr. Hard había removido muchas cosas en ella. Para partir, había sembrado la duda de que quizás, de un tiempo a esta parte ella y Borja ya no tenían mucho en común fuera del sexo maravilloso, que a menudo ella se aburría estando con él y que tal vez, su relación era más bien conformismo que otra cosa. Pero no podía ser, si ella lo quería tanto.

¿Do I?

Y con esa pregunta para sí misma, Alexis volvió a la cama y apagó la luz. 


                                                                   ****


Susana entró a la pieza de un portazo con su típica sudadera rota y las bragas amarillas.

- ¡Hoy es viernes! -le gritó mientras le saltaba encima de los pies.

Alexis giró su cabeza adormilada completamente y con la saliva colgando de la almohada sin entender. Lo único que quería era morir. Tenía una jaqueca espantosa.

- ¡Y no puedes decirme que no! Me debes una -siguió saltando.

- Por favor no grites Susana, se me parte la cabeza -dije.

- ¡No se valen las excusas! -añadió Susana-. Ya me puse mis bragas de la suerte para que salgamos de fiesta hoy.

Con el cerebro casi anestesiado, Alexis pensó que después de todo, ir a bailar tal vez no era tan mala idea.

- Vale, vale. Hoy salimos. ¿Puedo invitar a Cristóbal y a Paula? -pregunté en medio de un bostezo.

- ¿Esos nerds del Hospital? -señaló Susana con cara de asco.

- ¡Qué pesada eres! -exclamé-. Son mis amigos.

- Venga... pero con la condición de que tienes que ser mi wing girl.

- ¡Otra vez! -dije mientras le ponía mi cara de desaprobación.

- ¡Payasa! -me gritó al tiempo que se reía-. Voy a escoger tu ropa de hoy, así me las pagarás.

¡Ay no!
Alexis sabía lo que eso significaba.

Luego de levantarse de la cama sintiendo un peso enorme sobre sus hombros, Alexis inició su rutina habitual. Para comenzar, nada que un buen desayuno de cereales integrales, fresas y yoghurt natural light no pudieran recomponer. Eso, de la mano de un jugo de naranjas recién exprimido. Después, unos cuarenta minutos de running con su lista de música preferida para estas ocasiones (Saturday Sun de Vance Joy, Alive de Sia, Breakeven de The Script, Cómo te atreves de Morat, Follow Your Fire de Kodaline, Entre la Espada y la Pared de Fito y Fitipaldis, y Shake it out de Florence + The Machine, entre otras).

Correr siempre había sido liberador para Alexis. Sentía que allí podía desenmarañar su vorágine de pensamientos, o incluso olvidarse de ellos. La sensación de sus zapatillas deportivas golpeando el pavimento, el viento contra su cara, la música en sus oídos y cada centímetro de sus músculos expulsando energía eran impagables. Y al terminar la corrida, qué mejor que volver a casa, entrar a la bañera y dejar caer el chorro de agua caliente por su cuerpo como la cascada más sublime de Madrid.

Esa era la suerte de trabajar en un Hospital. Generalmente, los pacientes asistían por la tarde y era muy raro tener que acudir a primera hora de la mañana. Eso sólo se daba cuando algunos padres necesitaban hablar con los terapeutas sin perder sus tiempos de oficina.

Una vez vestida y arreglada lo mejor que pudo, claramente...
Odio mi cabello
Alexis se reunió con su madre a almorzar como habían quedado hace un mes. Ella intentaba que su madre no se sintiera sola desde que había decidido alquilar un piso con Susana, sin embargo, ésta siempre se las arreglaba para pasarle alguna cuenta, ya fuese porque no se visitaban mucho o porque hablaban poco por teléfono, o porque con frecuencia estaba ocupada como para acordarse de su pobre madre.

De pobre nadaToda la vida se ha encargado de criticarme y hacerme sentir que soy una pulga. Que mi vestuario no es apropiado para una chica como yo, que mi pelo está echo un desastre, que no sé escoger a mis novios, que debiese haber estudiado medicina...

Y la lista seguía, pero Alexis dejó sus frustraciones de lado y continuó caminando al encuentro con su madre. Al llegar al café en el que siempre se veían, ésta estaba impecable como todas las veces. Usaba un sombrero negro de ala ancha con cinta blanca, unos rizos de brushing como recién salidos de la peluquería, un maquillaje perfecto, un vestido blanco inmaculado de botones y cinturón negros, y unos zapatos de Manolo Blahnik que bien podrían haber pertenecido a la Reina de España.

Apenas Alexis se acercó para darle un beso en la mejilla a su madre, ésta la escrutó de arriba a abajo y viceversa, con su típica mirada de reproche absoluto.

- Querida, ¿cómo estás? -preguntó su madre, Gracia Alcocer.

- Algo cansada mamá pero bien, ¿y tú? -respondí con otro bostezo.

- Se nota querida, esas líneas de expresión... tu pelo. ¿Hace cuánto que no comes como la gente de bien Alexis? ¿Vives acaso en una pocilga con esa niñita... tu amiga... ¿Cómo es que se llama?

Aquí vamos. 

- Susana mamá. Y no, no es una pocilga. Y sí, me alimento bien -suspiré.

- ¿Te falta dinero? ¿Es eso? - siguió interrogándome.

- No mamá. No pasa nada -señalé con tono de enfado.

Respira profundo. Respira. 

Gracia provenía de una familia de alta alcurnia, quizás una de las más privilegiadas de Madrid. Siendo la menor y única mujer de entre cinco hermanos, había sido educada para ser una princesa, lo cual conllevaba cumplir con el mayor de los estándares y con un sinnúmero de obligaciones. Eso explicaba su rigurosidad y exceso de criticismo, según Alexis, quien miraba el pasado de su madre con un poco de tristeza, pues parecía nunca haber tenido la oportunidad para elegir, aventurarse o ser ella misma.

Al cumplir los dieciocho, los padres de Gracia, unos personajes aún más severos que su propia madre, sellaron el compromiso de su hija con un joven británico de igual o mayor linaje; George Wembritte. George había nacido en Londres, asistido a las mejores escuelas del Reino Unido, era Licenciado en Economía, había estado en el ejército y luego habían llegado a España para invertir en los negocios. Para esa época, era el único heredero a toda la fortuna familiar. ¡Por su puesto que los padres de Gracia lo adoraban!

Sin embargo, la acomodada vida de Gracia no resultó tan idílica como ella imaginaba. Tardó varios años en embarazarse, y no fue hasta después de tres pérdidas y una gran recriminación acumulada de su marido, que nació Kate. Pero claro, Alexis sabía que la vida de su madre al lado de papá no había sido para nada fácil. En esos primeros años de matrimonio, George ya mostraba indicios de gustarle en demasía la bebida y cuanta hermosa mujer española se le cruzara por en frente. Gracia, abnegada y discreta como la habían educado, sufría en silencio, salía de compras, se reunía con sus amistades y visitaba a su familia, que tristemente también le reprochaban que no pudiera darle hijos a su marido.

Kate llegó como un viento fresco para Gracia. La hermana de Alexis era hermosa, todo lo que ella nunca había sido. Los ojos de su madre. Y cuando nació Alexis ocho años más tarde, ya no tenía las mismas energías ni las fuerzas para criar a otra hija.

Alexis nunca olvidaría el día en que todo se había desmoronado. Su hermana siendo apenas una chiquilla de dieciséis años, intrépida, liberal e indomable (todo lo opuesto a Gracia), se había dejado preñar por un tal Joan del que estaba enamorada, y ambos habían huido quién sabe bien a dónde. De vez en cuando, Alexis recibía postales de Kate desde los lugares más recónditos del mundo, pero ya nada era lo mismo. Gracia sintió que su vida había acabado en ese mismo instante, y pocos años después falleció papá, a quien Alexis no había alcanzado a conocer en profundidad y lo poco que sí sabía, le daba un poco de rabia. De ahí en adelante, Alexis había crecido bastante sola. Desapegada de sus vínculos primarios y de las estrictas costumbres familiares, había estudiado psicología con el anhelo de ayudar a otras personas (y en un afán más oculto; el de entender su historia y a sí misma). Luego, apenas surgió la oportunidad de alquilar ese piso con Susana en Chamberí, no tardó en marcharse de casa definitivamente.

- Bien mamá, tengo que irme -dijo Alexis después de una hora y media de agonía.

- Pero si acabas de llegar querida -recriminó Gracia.

En eso, sonó el móvil de Alexis. Era un mensaje de Borja.

- Mamá... -fruncí el ceño-. He quedado con Borja.

Una mentira blanca no le hace mal a nadie, ¿verdad?

- Todavía sales con ese chico... -murmuró su madre con otro gesto de condena.

- Sí mamá. Todavía estamos juntos -le respondí con algo de furia interna.

Cuando finalmente pudo escapar de aquel café, Alexis miró la pantalla de su iPhone para leer el mensaje.


[Hola nena. No he sabido nada de ti.
¿Pasa algo?
Es viernes y me preguntaba si hoy nos veremos...]
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Quise responder pero no sabía qué decirle.



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Quería asesinar a Susana.

- Este no es mi estilo para nada -le dije mirándome con inseguridad en el espejo.

- De eso se trata amiga -contestó Susana con un tono de obviedad que casi me irritó.

Nunca había usado un vestido con la espalda tan abierta y hasta tan abajo. Un poco más y de seguro todo Madrid podría mirarme las bragas por ahí.

Si mamá me viera... tendría otro argumento que agregar a su lista para decirme por qué mi "tipo de amistades" no es el indicado para una chica de status como yo. 

Alexis volvió a observarse en el espejo no muy convencida. Susana le había pasado sus tacones negros favoritos de Lolita Blu, le había escogido una lencería en la misma tonalidad que llamaba al delito, y le había hecho comprarse un mini vestido de color plata, con el que no se podía usar corpiño ni dejar nada a la imaginación. O eso pensaba Alexis. Lo que no podía negar, era que si algo se lucía bien bajo esa tela metalizada, eran sus largas y tonificadas piernas.

- ¿Estás segura que tengo que usar esto? -volví a preguntarle.

- Todos los hombres de Madrid van a flipar. Te lo digo yo.

Pero si no quiero que nadie la flipe. Ya tengo a Borja.

- ¡Quédate quieta para que pueda ponerte el labial! -añadió Susana.

Cuando estuvieron listas, Susana cogió su móvil y pidió el Uber. Un tío bien majo las recogió afuera del piso unos 5 minutos después y las dejó en el club que estaba de moda por esos días. Allí, el guardia del lugar las hizo pasar como si hubiese conocido a Susana de toda la vida y otro tío que estaba dentro las llevó a la mesa que tenían reservada. Un montón de chicos saludaban a la amiga de Alexis y ella se sentía muy incómoda por no conocer a ninguno, por estar con ese vestido que la hacía sentir tan fuera de sí y por estar de fiesta sin su novio. No obstante, experimentó un grado de alivio cuando vio entrar al club a Cristóbal y Paula.

Tras varias botellas de Aperol compartidas en la mesa, Alexis avisó a Paula que iría al baño. Mientras bajaba las escaleras, escuchó que alguien le hablaba con una voz muy familiar.

- ¡Vaya, vaya! Si no es otra que la Srta. Distraída -dijo con la misma masculinidad de siempre y con un dejo de ironía.

Alexis se giró y no pudo salir de su asombro.

Él aquí. Y yo así. Moriré de la vergüenza. 

- ¡Qué vestido Alexis!. Esta noche estás llamando al pecado -agregó con una mirada llena de perversión, como si le hubiese hecho un scáner de rayos x a su figura.

- ¡Doctor Fernández! -exclamé.

Y no logré pronunciar ninguna otra palabra.



                                                                      ****


(Continuará).

martes, 24 de julio de 2018

Del amor y otras adicciones

En una pieza secreta de terciopelo rojo con espejos en el techo, se teje más que una mera aventura de amor. Sí, nace una miniserie británica con gusto a porno y a otras adicciones. 
Comienza con una mujer, subiéndose a una SUV para ir al cine. Y en el auto, ambos se miran, o más bien él le mira las piernas en esa mini falda de cuero negra y cambia de opinión. Ella se muerde el labio inferior nerviosa. No entiende a dónde van, pero muere de deseo por averiguarlo. 
El coche va despacio por la autopista, casi como si fuese su propósito elevar la ansiedad y poner el misterio sobre el tablero. Tanto, que los faroles, uno tras otro, le parecen rítmicos e interminables hasta que llegan a ese lugar. Ella siente que le tiemblan las caderas, y que una súbita oscuridad le va corriendo desde la punta de los pies a esa clavícula maligna, la suya. 
Detrás de ellos se cierran unas cortinas y al mismo tiempo se abre una puerta que tiene muchos secretos en su interior. Entonces lo sabe. Él deja su chaqueta sobre la silla, destapa una botella y le sirve una copa. Ella ha dejado en las escaleras, cada una de sus dudas, cada porción de sus defensas para liberar lo que más ansía; lo salvaje. 
Las luces de la habitación están a media intensidad y una música empieza a sonar a través de las paredes; Black Velvet de Alannah Myles, como si acaso lo hubiese hecho a propósito de nuevo. Sí, porque él tiene claro que con ello puede desbaratar los botones de su abrigo sin oposición alguna. Ella palidece y se ruboriza simultáneamente en ese eléctrico segundo. Cede. Acepta. Quiere.
Para cuando terminan las copas, dos relámpagos han caído sobre el techo de espejos sin misericordia y sólo diez centímetros separan su cintura de la lujuria. Él apoya el pecado contra la pared (a ella), y desde allí recorre su cabello, su perfume, su mano chocando el terciopelo. Suena Feeling Good de Michael Bublé, como si acaso hubiese podido adivinar la sensación al descubierto de ese encuentro. Entonces lo sabe. Él comienza a subir sus dedos lentamente por el interior de sus piernas hasta llegar a ese infarto de encaje, sus medias ligas. Y las desciende, como quien desviste a una rosa exótica y sagrada. Intuye la humedad, la necesita. Ella muerde sus labios de nuevo y se agita su respiración. Todos los demonios tienen permiso para salir esta noche.
Un único beso en esa maligna clavícula basta. Él lo tiene claro. Luego la cremallera de esa mini falda, los botones de esa blusa y el orden de su largo cabello pierden cualquier posibilidad de censura para dejar su cuerpo casi desnudo sin preguntas y con todos los anhelos sobre la cama. Ella sigue su ejemplo, le hace tira la camisa y lo empuja sobre el colchón para tomar las riendas de lo que le pertenece (a él). Y así se hace palpable la definición de lo indómito, lo incontrolable, ese instinto tan primario, tan propio de ella. Ambos se miran como fuego que quema y él la besa. 
La canción cambia otra vez. Glory Box de Portishead llega justo para liberar el cinturón de sus pantalones y así multiplicar una a una sus súplicas. Entonces ella se desliza suavemente sobre su torso y le susurra en el oído; -Soy adicta a que me digas que me quite la ropa. Soy adicta a tus manos en mis pechos. Soy adicta al clic de mi corpiño al abrirse. Soy adicta a tu boca en mi cuello. Soy adicta a sentirte tan dentro. Soy adicta a tu sexo, fuerte y duro.- Y de ese modo, él también lo sabe y todas las paredes de ese cuarto de rojo desfallecen. 

martes, 3 de julio de 2018

Crónicas de una mamá primeriza (III)


Capítulo 3: La crianza y maternaje

Hay dos cosas que pueden desquiciar a una mamá; que un bebé no duerma y que un bebé no coma. Gracias a Dios, mi hijo nunca tuvo grandes problemas en el departamento de la alimentación, sin embargo, más de una cana fucsia (verde era muy poco decir) me sacó con el tema de la leche.
¡Maldita crisis de la lactancia!
Yo no sé si el resto de las mamás no se acordaban (como si su cerebro sencillamente hubiese bloqueado aquel fatídico período para después poder tener otros bebés sin odiarlos) o si me mintieron, pero cada vez que a alguna le preguntaba por sus consejos o fórmulas mágicas para atravesar ese desesperante momento, todas se hacían las indiferentes, como si a ellas eso no les hubiese ocurrido. 
Cuento corto, creo que la puta crisis de la lactancia es una de las primeras y difíciles pruebas del maternaje. Tu guagua no quiere saber nada de tomar leche mientras tú quieres huir de la mastitis a toda costa (a mí me dio 3 veces por la csm), rabea contigo, llora en tu pechuga, se distrae con enorme rapidez y uno no sabe qué cresta hacer. Desde la inexperiencia y devorándome las páginas de internet, probé cuanta cosa había hasta que di con algunas cosas que me resultaron, sin saber que más tarde que temprano, yo misma me estaba encerrando en una atadura de mañas de las que después no sabría cómo salir. Hoy en día, mi guagua si le sale poco llora, si le sale mucho llora, si no es dormido no toma y más encima, tengo que ponerle ruido blanco, y taparle los ojos para que se duerma y no se distraiga. ¡Ni hablar dar leche en lugares públicos con ruido! O sea, sinceramente hablando, he tenido momentos donde la ansiedad anticipatoria de saber que venía una papa era tan grande, que sólo quería desaparecer. O momentos donde después de hacer miles de esfuerzos para que tomara, igual no había caso y me iba al baño a llorar desconsolada. 
A la fecha, mi guagua no toma mamadera (porque después de la crisis la rechazó completamente) y yo volví a trabajar... y el mundo no se acabó. No obstante, en el minuto de la desesperación, ¡pucha que se sufre! Tanto, que no sabes si tirarte del quinto piso o tirarlo a él. Inclusive (y no tengo ningún tapujo en decirlo pues eso no me hace peor mamá como la sociedad nos ha hecho creer, sino muy por el contrario, me hace ser honesta conmigo misma, sensible y compañera con el género), en más de una oportunidad tuve unas ganas locas de zamarrearlo, de gritarle. También, tuve ganas (y reconozco que algunas veces sí lo hice) de mandar a mi pareja a la punta del cerro, cuando por ejemplo, yo estaba más de una hora y media con la guagua llorando tratando que tomara, mientras mi pareja veía series de Netflix en la pieza de al lado en vez de contenerme por último. Furia intensa e infinita. Y casi siempre, tuve ganas de asesinar a todo aquel que me aconsejaba cosas que eran 100% incompatibles con descansar, dormir o tener tiempo para uno, porque claro, está re fácil sugerir cuestiones cuando no eres el que vive el calvario. 
Pero se sobrevive. Eso es lo único que tengo claro. El mundo no se acaba. 
En resumen, si tienes una guagua sana, que es lo más importante, y luego logras esos dos ítems durante los primeros meses (que coma y que duerma), todo lo demás da lo mismo. Me refiero con eso, a que se va viendo paso a paso, un día a la vez. Todo lo demás son detalles, son sutilezas. 
Eventualmente recuperas libertad y el tiempo con los amigos. Eventualmente recuperas tu independencia laboral. Eventualmente recuperas la sexualidad con tu pareja. Eventualmente puedes volver a hablar de otra cosa que no sea pañales y leche las 24horas los 365 días del año. Así y todo, es difícil pedir calma cuando uno está que pela los cables. 
Pero se sobrevive. Eso es lo único que tengo claro.
Es un período de entrega. Una manera de hacer sacrificio que es compleja pero hermosa. Y que por suerte, sabes que tendrá un fin, o más bien dicho, que se irá transformando en otro tipo de desafíos con el correr de los años.  
Finalmente, es esa palabra -"eventualmente"-, lo que deja ver un poco de esperanza cuando se está en esos momentos de impotencia. Es esa palabra lo que te permite pensar que quieres tener otros hijos, pero ojalá en un futuro cercano, aunque no tanto tampoco, pero sí como para cerrar la fábrica pronto y volver a dormir. Claro que, hasta que sean adolescentes y todo lo que pase con ellos te de tanto miedo que nuevamente no pegues un ojo por las noches. 
Ahora eso ya es materia para otro capítulo, y muuuuucho más adelante. Todavía queda cantidad de crianza y maternaje para conversar. 

viernes, 15 de junio de 2018

Crónicas de una mamá primeriza (II)


Capítulo 2: El nacimiento

Ver nacer a un bebé es lejos la experiencia más increíble del mundo. Pero al mismo tiempo, dista mucho de las películas, de lo que te han contado e incluso de lo que uno imagina. Sobre todo cuando uno ha "trazado un plan" en la cabeza y nada sale como tú esperas. Yo quería un parto natural, y en vez de eso jamás dilaté y finalmente tuve que ir por una cesárea. Yo quería que fuese todo normal, y sin embargo, me diagnosticaron preclamsia en la clínica. Y entre tanto plan fallido y la angustia derivada de las hormonas por las nubes, lo único que podía hacer era llorar porque nada había salido como yo quería, como si hubiese sido el fin del mundo. Ahora lo pienso, y tamaña estupidez. Hay familias que sufren por tanto más. 
Cuando sostuve a mi hijo por primera vez, me pareció casi surrealista. Uno se siente tan pequeña, como si tuvieses 11 años y ese bebé no pudiera ser tuyo. No puedes creer cómo esa hermosa figurita estuvo nueves meses dentro de una guatita, la mía. Nunca estás lo suficientemente preparada. Y aún así, esos ojitos diminutos que te miran en su adormecimiento y te reconocen como su mamá, calan tan hondo en el corazón que los miedos se van, dejándote un inmenso e indescriptible amor. Una sensación fiera, casi animal, de que darías la vida entera por protegerlo y hacerlo feliz. 
Y cuando el bebé llega a casa, vuelves a estar muerta de susto; por la inexperiencia, la inseguridad, por la cantidad de cosas que pueden ir mal, por la muerte súbita, por las enfermedades. Además del temor está el cansancio. Donde el cuerpo debe ajustarse a un ritmo que no le es familiar ni acostumbrado; el no dormir. En mi caso, tuvimos enfermera un par de semanas y eso ayudó muchísimo. Pero una vez que se fue, creí que el mundo se caería a pedazos. Tuve días donde sólo lloraba en el baño y no sabía si tirarme por la ventana o tirar a mi bebé. Supongo que todas las mamás han tenido momentos de impotencia, frustración, cansancio extremo. Si no es así, mi primer pensamiento sería que mienten. Y el segundo, sería preguntar cuál fue su receta. (Prefiero pensar que mienten). Porque con el bebé en casa ya nada es tan fácil como lo pintan en las películas. Y eso que mi hijo era un santo al comienzo. 
Me impresiona profundamente, el machismo en el que hemos sido educadas, cómo eso contamina las relacionas y crea unas expectativas que son (a mi juicio) irreales de cumplir en estos días. Me enrabia en lo más profundo cuando escucho comentarios del tipo; "pobrecito tu marido, ¿cómo lo está llevando?". "Debe estar tan cansado". "Bueno, pero al menos déjalo que salga y lo pase bien".  "Lo importante es que cuando él llegue a la casa, jamás te vea en pijama". "Tienes que estar bonita siempre para que él no mire para el lado". "Tienes que arreglártelas para no descuidar a la pareja". "Tienes que hacerle sentir que él tiene la razón, aunque no la tenga, pero para que no se sienta disminuido". 
O sea, WTF! Como que se asume que la mujer tiene que cabrearse, cansarse, y prácticamente ser un pulpo y al hombre se le trata de "el pobrecito". ¡No señores!. El siglo XXI ha traído cambios, y cuando las mujeres obtienen títulos universitarios y tienen sueños personales, no es precisamente para quedarse en casa, ni en abnegación. Hoy en día ambos estamos en igualdad de condiciones, y si hay que sacrificarse, se sacrifica el equipo. Porque al menos así miro yo las cosas hoy en día. Las parejas tienen que ser equipos, y apoyarse mutuamente, compartir roles, tareas, etc. Más aún cuando efectivamente un bebé consume mucho tiempo y hay tantas cosas que cambian... desde los temas de conversación hasta las oportunidades de sexualidad. Desde las prioridades y requerimientos hasta los genios y ánimos de ambas personas. 
En mi situación puntual, odio la frase "le ayudo". Como si la maternidad y crianza fuese sólo de las mujeres y los papás estuviesen ahí para "ayudarnos". A eso digo nuevamente, ¡no señores!. Aquí nadie debiese "ayudarnos" porque esto debe ser un trabajo 100% compartido y equitativo. Aquí hay dos individuos remando codo a codo, sudor y lágrimas. Y a lo mejor pensarán, ¡qué feo que se refiera a la maternidad como un trabajo! Pero lo es. Y de tiempo completo. A veces uno no sabe en qué se le ha ido el día, luego miras para atrás y claro, te das cuenta de que de tomar desayuno ni hablar, que a veces no almorzaste, no alcanzaste a ducharte, o no has ido a hacer pipí en todo el día. No hay breaks. No existe la oportunidad de agarrar las maletas y mandarse a cambiar si estás enojado o cansado, si no puedes más. No. Hay que seguir. Si tienes buenas redes de apoyo, a lo mejor una abuela, tía, etc., puede suplirte un ratito, pero al final del día, sólo estás tú y ese bebé mientras tu pareja está en la oficina (muchas veces creyendo que uno está viendo tele todo el día...  yeah, right, all day). Entonces, lo miras... tan pequeño, indefenso, dependiente de ti. Y a veces lo amas y lo odias todo junto y mezclado, pero como dije en el capítulo anterior, ya no hay ticket de devolución. Hubieron días que entendí muy bien por qué hay mujeres que les da depresión post parto. Hubieron días que entendí por qué hay mujeres que hablan de asesinar a sus parejas. Hubieron días que me di cuenta de que la teoría psicológica es bonita, pero no siempre sostenible en el tiempo porque las fuerzas también flaquean, porque uno es humano después de todo. 
Y la humanidad es precisamente la que nos hace vulnerables, frágiles, sensibles, propensos a los errores, inconstantes e imperfectos.
Pero al mismo tiempo, es la que también nos impulsa a mejorar, a buscar la conexión con el interior y la evolución del ser. A creer y a luchar por el amor. 
Queridas amigas y amigos, la única certeza que tengo, es que no hay recetas ni fórmulas mágicas.  Que nada es color de rosas. Cada bebé, pareja y familia que lo reciben, son un universo. Y debajo de ese universo sólo hay simples humanos haciendo lo mejor posible. Por ello, juzguemos menos y aportemos más.
Ahora, si pensaban que el nacimiento era difícil, la maternidad y la crianza lo son aún más. Es hermosa, alegre y generosa por un lado, y a la vez, frustrante, caótica, desafiante y 24horas. Pero claro, eso ya es materia para otro capítulo.

martes, 24 de abril de 2018

Crónicas de una mamá primeriza


Capítulo 1: El embarazo

Desde pequeña me educaron para creer que cuando dos personas se aman y tienen en común una serie de elementos (valores, creencias, visión religiosa, etc.), el siguiente paso natural era casarse y formar un proyecto de familia juntos. Y que luego, con el correr del tiempo, tenía que surgir la ilusión/impulso de hacer trascender ese amor con la llegada de un hijo(a). Si bien una gran parte de mí lo piensa como algo "correcto" (por algo me embarqué en la aventura de ser mamá), otro pedacito de mí ha pensado con frecuencia en mandarse a cambiar y dejar todo botado, pero claro, esa parte no es muy "socialmente aceptada".
Durante estos meses, he pensado que el embarazo es como la fase de enamoramiento del pololeo. Puro amor, unicornios y globos de colores. Es la parte entretenida de la ecuación pues la mayor parte se resume en hacer el amor hasta que se rompa la cama. Cuando uno es joven, no hay presiones ni apuro, por lo que el sexo es divertido, pruebas nuevas posiciones, disfrutas la osadía y la aventura, gozas de la complicidad de tu pareja y eso evita que ambos se conviertan en meras máquinas de reproducción. Me hubiese dado mucha pena pasar a ser esa mujer estresada que con termómetro en mano tiene que perseguir al marido porque está en los días fértiles, como si la "misión o deseo" del embarazo fuese sólo de las mujeres y los hombres "accedieran" a ello. ¿Qué es eso?
En mi caso, una vez que obtuvimos las increíbles y mágicas dos rayitas en la prueba, se despertó en mi pareja la parte romántica y contenedora. Porque claro, uno tiene la expectativa de que el hombre te consienta en los antojos, te regalonee, te acompañe a las visitas al médico, te colabore con las cosas de la casa, y te proteja, etc. ¿Se dan cuenta la palabra que acabo de usar? -Colaboren-. Si es que además, nos tienen seteadas para que las tareas del hogar son de la mujer y, ¡qué suerte si tienes una pareja que colabore! Plop. De las grandes diferencias entre mi pareja y yo, es que yo me cuestiono las cosas mucho más parece. A ellos no los han educado para eso, un hombre se supone que debe ejecutar, resolver. En cambio yo, no sé si de enrollada o en el marco de mi profesión, pienso en mis miedos, mis fantasías, mis proyecciones. Pienso en el tipo de mamá que quiero ser, qué complejos derribar, qué errores no cometer, etc., y a veces me gustaría compartirlo con mi pareja pero terminan siendo conversaciones que se quedan en la interna (o en estas humildes servilletas de papel), como si estuviese prohibido hablar de nuestras partes frágiles o más oscuras.
Ahora, el "lado b" de este algodón de azúcar llamado embarazo, son los bruscos e incontrolables cambios de humor. Si yo ya siento que a veces soy una montaña rusa de emociones, ahora fue mucho peor. Uno se siente idiota, y además de sacar de quicio a la pareja, de repente ni uno se soporta. Es como una locura femenina, sumado a lagunas de memoria, hambre voraz, cansancio extremo y fatiga que a veces te hacen sentirte inútil en el trabajo (y la sociedad te castiga por ello porque "rindes menos"... como si fuese muy fácil producir y producir al mismo ritmo mientras otro ser humano consume todos tus alimentos y energías. ¡Qué injusticia!). Yo tuve muchas noches de insomnio,  impulso sexual desbocado pero no correspondido, dificultades para concentrarme y un sueño gigantesco en la oficina que a veces me obligaba a tener que pestañear a puertas cerradas. Cuando los meses avanzaron, comencé a tener los pies hinchados y la guatita me pesaba horrores al caminar. 
Otra gran diferencia entre hombres y mujeres es que nosotras somos más emocionales y los hombres más prácticos/resolutivos. Así también se nos ha educado, para que el hombre provea y la mujer anide. Y cuando me refiero a que somos más emocionales, es que nosotras tenemos sueños e imaginamos, por ejemplo, en la pieza que queremos construir para ese bebé y por el contrario, mi pareja sacaba su calculadora y sólo pensaba en cuánto nos iba a costar. Si hasta diez veces tuve que pedirle que le escribiera algo a nuestro hijo en el cuaderno donde yo llevaba meses hablándole y soñándolo. Porque en general, a ellos no se les ha educado para hablar de sentimientos, si no para hacer, para ejecutar nuevamente. 
El embarazo es sin duda, el lado dulce (y más fácil) de todo el proceso, todavía tienes relativa independencia y uno posee el control de las cosas, del tiempo, de las decisiones. Pero tiene de agrio (además de los síntomas de mierda si es que te dan y de que tu cuerpo delgado se va a la cresta), el tener que batallar con los clichés, las expectativas y ese afán de ser esposas perfectas. 
Como dicen... otra cosa es con guitarra. Una cuestión es tener la idea, el sueño, la intención de ser papás, y otra muy distinta es cuando el bebé nace y te lo llevas para la casa. Ahí ya no hay ticket de cambio ni código de devolución, pero bueno, eso ya es materia del siguiente capítulo.

lunes, 23 de abril de 2018

Pequeño corazoncito: 38 weeks + 6 days

Querido hijo, mi pequeño corazoncito, mi amado Lucas... eres lo más maravilloso que ha pisado esta tierra jamás. El mejor regalo de la vida entera. Amo cada parte de tu ser, tus manos pequeñitas, tus ojitos preciosos, tus balbuceos y carcajadas, ese pelo rucio con el que llegaste al mundo. 
La historia de tu venida tiene de momentos adorables y también, de algunos dolorosos. Fuimos un jueves al control con la doctora y en la tarde pasamos al supermercado, y ahí había un sacerdote dando bendiciones de navidad para quienes lo desearan. Con tu papá nos acercamos y él nos dijo con su mano en mi guatita; "Que la luz del Señor los ilumine y que Lucas llegue sanito al mundo como regalo de navidad". Llenos de dicha con esas palabras nos fuimos a la casa y como si hubiese estado predestinado, dos horas después comenzaron las contracciones. Toda la noche estuvimos pseudo en vela esperando las señales de esas oleadas de dolor que iban y venían, pero no fue hasta la mañana siguiente, un 22 de Diciembre, que partimos a la clínica. De ahí para adelante, nada resultó como yo esperaba. Asumir eso fue triste y difícil, pero tu papá estuvo a mi lado todo el tiempo, consolándome, intentando disminuir mis miedos, acompañándome en el dolor. A pesar de todos mis esfuerzos, terminamos por entrar a pabellón alrededor de las cinco y algo, y escuchamos tu precioso llanto a las 18:04 de la tarde. Apenas te vimos no pudimos hacer otra cosa que llorar también. Te pusieron sobre mi pecho para que sintieras mi calorcito y fue lo más increíble que he experimentado en la vida. 50 centímetros y 3 kilos 590 gramos de infinita felicidad para nosotros, tus papás. Y entonces todo resultó tan fácil gracias a Dios. Así fue que comenzó nuestro camino contigo, porque sin duda, you are our greatest adventure
El 27 de Diciembre nos fuimos a la casa. Tu "perbro" (hermano perruno), te recibió con bastante curiosidad, olisqueándote y tratando de lamerte por todos lados como un loco. Luego tú te quedaste dormido y él te hizo guardia debajo de tu cuna, poniendo en marcha todos sus instintos de protección. Hemos tenido suerte porque eres un niño bueno, duermes y comes bien. Siempre estás tan plácido con esa carita de ángel y yo sólo puedo morir de amor por ti. 
Gracias a la vida, gracias Lucas por habernos elegido como tus papás.