Amaya salió de casa con sus tacones altos color negro, dispuesta a todo. Sí, porque así ha sido siempre ella; lanzarse al vacío a ojos cerrados y brazos abiertos o no saltar, así de simple. No hay más opciones ni alternativas. Y mientras camina por la calle, escucha la canción "Here We Go" de Norman en sus auriculares como si fuese el reflejo de ella misma, de lo que está por vivir, de lo que sueñan sus caderas a cada paso que da. Amaya sabe que no hay que pensarlo demasiado, ni siquiera hacer tantas preguntas. Sólo avanzar aunque sea incierto el desenlace. Y entonces, la distancia se acorta y el pulso se acelera. Abre la manilla de la puerta y pasa por entre miles de personas como si allí no hubiese nadie más. Sí, porque así ha sido siempre ella; se electriza el cielo o se deja estar, así de simple. No hay más opciones ni alternativas. Amaya se desliza los últimos metros de la pista de baile a punto de levitar. Lo busca, se acerca, le mira fijo y le sonríe. Y justo cuando el aire sabe a fuego, él siente su boca rozándole el oído. Sí, porque así ha sido siempre ella; truenos y relámpagos explotando el firmamento o morir, así de simple. No hay más opciones ni alternativas. La música sube de volumen en ese cuarto oscuro iluminado de flúor, y Amaya siente que cada uno de sus poros se erizan al respirar. Y mientras la adrenalina y el descontrol giran y dan vueltas dentro de su pecho como un torbellino, Amaya le pronuncia su verdad: "Sólo sé que ahora quiero arrancarte la ropa en medio de este pasillo y besar cada centímetro cuadrado de tu cuerpo mientras las personas que escuchan alrededor, desean ser nosotros".
