Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

lunes, 9 de febrero de 2009

Constantes vitales


En el anfiteatro de mi vida han existido numerosos escenarios, pero sólo uno se repite más continuamente que los otros, y es precisamente ese el que más me atormenta. ¿Quién no pensaría entonces que en esas circunstancias es necesario un refugio paralelo? Para eso han sido creados. Y así florecen constantes vitales, margaritas diminutas que hacen pensar en colores y sonreír ante la más mínima estupidez. Como pequeños ángeles nos acompañan y resguardan, nos protegen de la soledad y de sentirnos abandonados a la poca cosa. Sí, no hay por qué conformarse. Las constantes vitales nos dibujan anchos escalones dorados hacia el cielo, nos cantan, nos conversan. Y es rico estar ahí, un poco más cerca de las nubes y del abrazo del sol. Y el aire sabe a algodón de azúcar, y su aroma es similar a un campo de vainilla. Todo adquiere el tono de un magnolio chino, y se vuelve el dormitorio perfecto para descansar. Para qué colocarme zapatos, si las nubes son suaves, y el amor se vuelve ahí, exquisitamente puro, cien por ciento cerezo en flor, o fuego perenne. Las constantes vitales mantienen el pulso corriendo en bicicleta, saltando los escalones, bailando en el paraíso y amando en plenitud. Y no es necesario descender del cielo, sólo apoyar la cabeza en la almohada y entregarse a las hadas o a un beso dulce de amor. 

domingo, 8 de febrero de 2009

Botella de cristal


Una brisa burbujea intranquila dentro de una botella. Se desbarata, golpea el vidrio en su reflejo. Los circones y los diamantes le sacan la lengua, pero la brisa no se rinde. El tapón de cristal impide una conversación con la luna, opaca el deseo intenso de soltar la boca, de dejar libre a la musa y al viento. Y mientras la brisa se debate, con héroes y titanes, las burbujas se reúnen, dibujan historias en el cristal, intentan escribir una música para un alguien que guste de escuchar. La luna no le ayuda, ni el fuego de una noche que tiene todo por descubrir. Y aún así la brisa disputa su osadía, su honorable derecho. Burbujea intranquila dentro de una botella. Mira en la cara a una muchacha abandonada. Le come los ojos. Los aspira. Espera a que el tapón se repliegue y el aroma vuele. Sí, aguarda en su desvelo para posarse en esos labios salvajes, y en un cuello indómito. La brisa no cede, se ríe. Burbujea intranquila. Golpea el vidrio en su reflejo. 

sábado, 7 de febrero de 2009

Rosa blanca


Una rosa blanca colgaba de sus ojos. Pero no era de verdad, estaba hecha de trozos de papel picado. Y en el ascensor de la vida, todo llovía a través de los cristales. Una frescura que se detiene en el tercer piso, que echa raíces y coloca botones a través de las paredes. Y no hubo sólo blancas, sino también rojas, y una que otra celeste, teñida por la mano del cielo. Todo parecía haberse asentado. Una marea tranquila detrás de la ventana y esa única gaviota que se posa en el marco, que observa el mundo en su anchura, en su libertad. Quietud. Y aún está esa rosa que respira por sus labios, y sueña con sus manos. Ha mudado la piel, ha encontrado su guarida. Y luminoso en el horizonte, el sol la abriga en sus desvaríos y la protege de las tormentas. Un dibujo en la pared le hace pensar a la rosa, el botón florece y el papel traza un rostro pálido. Una rosa blanca colgaba de sus ojos, y unos labios cantaban al descender otra vez el elevador. 

viernes, 6 de febrero de 2009

En la hendidura del infinito


En la hendidura del infinito vuela esa mariposa. Sus alas rojizas y moradas tintinean las gotas de lluvia que caen del cielo azucarado. Cantan las alas, se besan en los labios. Y la mariposa sigue siendo, bajo ese capullo de colores, un alma en esperanza, unos ojos pardos escondidos en la negrura. En la brillante escalada hacia la cima, el infinito parece demasiado imperecedero para ser alcanzado. Y una melodía sublime brota de su piel, hechizando el espacio, conquistando una playa que sólo habita en sueños y en historietas antiguas. Y ahí en la arena, la mariposa deja caer sus alas. Nada tiene que ser como antes. No en la hendidura del infinito. Pues allí las caricias sobran, y los besos dulces florecen como orquídeas. Ni siquiera las alas son necesarias, nada más una sonrisa eterna que, en medio de cuerpos salvajes, cambie el tiempo y no le otorgue límites. Sí, la mariposa puede recobrar su cuerpo de mujer. Nada tiene que ser como antes. No en la hendidura del infinito. Pues allí el amor no se extingue, y el fuego no se apaga jamás.