Amaya salió de casa con sus tacones altos color negro, dispuesta a todo. Sí, porque así ha sido siempre ella; lanzarse al vacío a ojos cerrados y brazos abiertos o no saltar, así de simple. No hay más opciones ni alternativas. Y mientras camina por la calle, escucha la canción "Here We Go" de Norman en sus auriculares como si fuese el reflejo de ella misma, de lo que está por vivir, de lo que sueñan sus caderas a cada paso que da. Amaya sabe que no hay que pensarlo demasiado, ni siquiera hacer tantas preguntas. Sólo avanzar aunque sea incierto el desenlace. Y entonces, la distancia se acorta y el pulso se acelera. Abre la manilla de la puerta y pasa por entre miles de personas como si allí no hubiese nadie más. Sí, porque así ha sido siempre ella; se electriza el cielo o se deja estar, así de simple. No hay más opciones ni alternativas. Amaya se desliza los últimos metros de la pista de baile a punto de levitar. Lo busca, se acerca, le mira fijo y le sonríe. Y justo cuando el aire sabe a fuego, él siente su boca rozándole el oído. Sí, porque así ha sido siempre ella; truenos y relámpagos explotando el firmamento o morir, así de simple. No hay más opciones ni alternativas. La música sube de volumen en ese cuarto oscuro iluminado de flúor, y Amaya siente que cada uno de sus poros se erizan al respirar. Y mientras la adrenalina y el descontrol giran y dan vueltas dentro de su pecho como un torbellino, Amaya le pronuncia su verdad: "Sólo sé que ahora quiero arrancarte la ropa en medio de este pasillo y besar cada centímetro cuadrado de tu cuerpo mientras las personas que escuchan alrededor, desean ser nosotros".
viernes, 1 de noviembre de 2024
sábado, 12 de octubre de 2024
12 de octubre
Un día como hoy, hace diez años atrás, te dije “sí, quiero”. Por aquel entonces, sólo éramos dos niños enamorados, llenos de risas e ilusiones, dispuestos a emprender un camino juntos. No sé si teníamos tan claro hacia dónde o cómo, pero simplemente nos lanzamos porque así es el amor, o al menos el amor que yo conozco. Un salto al vacío, con espinas y todo como decía Cortázar.
Siempre pensé que, cuando nos conocimos, no estábamos listos, quizás incluso yo menos que tú, y sin embargo, esa noche en Concón es como si algo se hubiese sellado en piedra, el inicio de la magia, los ingredientes del hechizo; no pude dejar de mirarte y de soñar con esa sonrisa tuya que podía conquistar cada uno de mis lunares. Y luego, no nos vimos más. Siguió la vida muy tranquila, el trabajo, los estudios, los amigos, las estaciones del tiempo, la transformación y el cambio de piel. Un año entero vivimos a dos cuadras de distancia sin saberlo, porque todo ha de pasar cuando tiene que pasar. Los planetas y el cosmos se alinearon un día de primavera, y como si el simbolismo mismo no lo hubiese planeado mejor, volvimos a coincidir. Hola tú, pensé, con la piel erizada hasta los talones. Y tú dijiste “ella va a ser mi polola” como si fuese un segundo decreto al universo. Bailamos, cantamos, conversamos, y nos reímos como dos aspirantes al amor. Me acompañaste a la puerta, nos despedimos y el hilo rojo nunca más se soltó.
Así empezamos a salir. Y de a poco fui entreabriendo tus pliegos de papel hasta llegar a lo más profundo, descubrí tu infinita alegría y amabilidad, tu integridad y optimismo, tu caballerosidad y nobleza, la preocupación genuina que tienes por otros, el inmenso cariño por tu familia, la fidelidad hacia tus amigos, el gusto por los deportes, el liderazgo, la capacidad de gestionar problemas, la dedicación y compromiso que le pones a todo lo que haces y tu tremenda habilidad para iluminar a cualquiera que esté alrededor tuyo.
Sin darme cuenta, te encendiste muy en mi interior, y te quise con cada una de mis células. Mi boca tenía escrito tu nombre y una canción favorita; sweet disposition. Porque así fue lo nuestro, cuando estuvimos con las manos dispuestas, nos encontramos en medio de un millón y como una música fácil nos abrazamos. ¡Qué suerte!.
Llegamos al 12 de octubre del 2014. Me pediste acompañarte un momento para conversar sin tener idea de lo que se venía. Estabas nervioso y yo no entendía por qué hasta que te arrodillaste para pedirme que me casara contigo. Volví a pensar, ¡qué suerte tengo!
El 18 de abril del 2015 nos casamos. Y desde entonces, hemos vivido un montón de cosas juntos, aventuras y desencuentros, de lo dulce y de lo amargo. Nos mudamos de casa tres veces, nos cambiamos de ciudad y volvimos, elegimos trabajos nuevos, nació nuestro Lucas, te han operado tus múltiples carcinomas, perdimos un hijo y llegó nuestro Rai.
Hemos tenido días oscuros, muy oscuros, y después de las tormentas aquí seguimos pintando lienzos de colores.
Hoy, aunque podría pedirle millones de cosas a la vida, quiero pedirle tres; fortaleza para seguir construyendo nuestro camino juntos, paciencia para amarnos incluso en los momentos difíciles y que nunca, nunca dejemos de mirarnos el uno al otro con esa ternura de niños, de complicidad y alegría como cuando dimos el “sí, quiero”. Hoy y siempre te elijo a ti, hasta que la piel ya no soporte más arrugas.
martes, 6 de febrero de 2024
One Hundred Times Deeper (IX)
Capítulo IX
Alexis se despertó sobresaltada. Miró rápidamente en todas direcciones y se sintió aliviada cuando se dio cuenta de que, esta vez, sí era su pieza, su cama, su modesta colección de libros, su armario y la típica sudadera que utilizaba para dormir, y no la camiseta de un desconocido.
Era domingo. Un día más de prolongación a su agonía.
Suspiró sobre sus cabellos despeinados y luego se incorporó, tomando el Iphone que había puesto a cargar sobre el velador la noche anterior. Mientras hacía click en el botón de encendido, su corazón volvió a latir trastornado, con una mezcla de miedo, expectación, culpa, curiosidad, y hasta una extraña pizca de ardor que no sabía de dónde provenía.
Por favor que Borja me haya escrito.
Sin embargo, para seguir sumando fichas a su desesperación, no tenía mensajes ni llamados. Llena de frustración, lanzó el móvil al final de la cama y volvió a tumbarse en la almohada pataleando con los pies, como una niña pequeña en medio de un berrinche.
¡Puta vida de mierda!
Al rato se escuchó la puerta de su habitación entreabriéndose y una bandera blanca se asomaba agitándose encima de un muffin de arándanos y yoghurt.
- Vengo en paz -dijo Susana-. ¿Puedo pasar?
- Vale..., si igual ya estás dentro -respondió Alexis, todavía un tanto enojada.
Susana dejó el plato con el muffin y la bandera en una silla, y desapareció por un momento para regresar inmediatamente con una taza de café espumante, con un olor increíble a vainilla. Sabía que era el preferido de Alexis.
Sí que sabe cómo pedir disculpas, la maldita.
- Venga, que te perdono -le dijo Alexis.
- Ay amiga, ¡qué bueno! No pude dormir en toda la noche sabiendo que estabas enfadada -gritó Susana mientras la abrazaba.
- ¡Vaya mentirosa! -le dijo Alexis mientras le hacía cosquillas debajo de los brazos y se la sacaba de encima.
- Vale, vale. Hablando en serio, perdona. Y sé que no debería hacer ninguna pregunta... -agregó Susana tapándose la cara con las manos-, pero por favor cuéntame. ¿Ya supiste algo de Borja? ¿Qué pasó con "C"? ¿Qué harás con Ramiro?. Porque yo creo que...
Y aquí va la misma de siempre. Qué poco que le duró.
Alexis suspiró, y la voz de Susana pareció alejarse y alejarse hasta que no era más que un ruido molesto, como el zumbido de una abeja merodeando su panal.
De pronto, Alexis se encontró a sí misma pensando en ese departamento, y en su cuerpo debajo de unas sábanas misteriosas sólo con las bragas protegiendo su secreto. Pensó en quién le habría quitado la ropa. Imaginó las manos de un hombre deslizando la cremallera de su vestido muy lentamente, y con esas mismas manos, rozarle los pechos mientras le ponía la camiseta. Fantaseó que la alzaban en brazos para ponerla en esa cama con cuidado, como una flor delicada en plena primavera. Y entonces, con la respiración agitada, sintió un escalofrío que le recorría todo el cuerpo, y se dio cuenta de que se había excitado. Bueno, sólo un poco.
-Alexis, ¿me estás escuchando? -dijo Susana, sacándola bruscamente de su ensoñación.
- Sí, sí, claro... -contestó Alexis, pero la verdad es que no había registrado ninguna palabra.
- ¿Y qué vas a hacer? -insistió Susana.
Alexis volvió a quedarse en blanco.
***
Miró su reloj. 18:30.
Durante el resto de la tarde se había auto convencido de que esto era lo correcto. Sí, su responsabilidad era aclarar las cosas e ir de frente. Después de probarse casi toda la ropa que cabía dentro de su armario, decidió que había encontrado el atuendo perfecto; algo casual, pero al mismo tiempo, lo suficientemente sexy como para que pudiera tener una mínima chance de reconciliación. Sí, esas reconciliaciones que son de las buenas.
Terminó de abotonar sus jeans, cerró la cremallera de sus botas color camel y cogió el abrigo verde militar que él le había regalado para su tercer aniversario.
Aunque siempre había sido un poco torpe con el maquillaje, se puso rubor en las mejillas, se pintó las pestañas y la boca con ese labial nude que a veces le tomaba prestado a su amiga del alma. Luego, cogió el bolso, se puso los audífonos y cerró la puerta de su piso con la osadía conquistando sus tacones.
A pesar de que no hacía tanto frío como otros días, afuera se podía sentir el invierno con claridad. Una brisa le silbaba en los oídos, ya casi no quedaban hojas en los árboles y el cielo prometía tormenta.
Bajó las escaleras, abrió Spotify y le dio al modo aleatorio. Dangerous woman de Ariana Grande comenzó a sonar en sus earpods y ella se rió con picardía.
Justo el impulso que necesito.
Siguió caminando mientras los coches pasaban a su costado, y las luces de los semáforos cambiaban de verde a amarillo y a rojo. Se sentía empoderada y la mujer más atractiva del planeta.
De pronto, mientras doblaba la esquina tuvo la misma sensación extraña de aquel día en que un auto negro le seguía. Alexis observó por el rabillo del ojo, sin embargo, nada le llamó particularmente la atención. En esos pocos segundos, alcanzó a divisar una pareja paseando dos dálmatas tan perfectos como perdita y pongo en los 101 dálmatas, un repartidor en una bicicleta eléctrica, una mujer llevando a su bebé en el carrito, además de varios coches detenidos frente al semáforo en rojo. Si bien ninguno le pareció sospechoso, algo en su interior no le permitió sentirse del todo relajada.
Con el sonido de la siguiente canción en su playlist; Control de Zoe Wees, avanzó unos metros más hasta llegar a la entrada de la estación de metro. Justo cuando sus pies se ubicaban en el primero de los escalones para bajar hacia el túnel, una motocicleta con el motor a mil revoluciones pasó a su costado tan rápido que la brisa desordenó sus cabellos dejándolos estampados en su rostro. Sorprendida, levantó la vista y alcanzó a divisar un casco negro sobre la motocicleta que no le apartaba la mirada durante un microscópico segundo y luego se perdía entre la multitud. Ella sintió una extraña electricidad en el aire y no pudo mover su cuerpo, como si el tiempo se hubiese detenido en millones de fragmentos.
Mientras sus pulsaciones corrían desbocadas, regresó a la realidad y descendió los escalones que faltaban. Sacó su billete, atravesó los validadores y esperó detrás de la línea a que apareciera el vagón. Todavía un tanto perpleja, se subió al primero que llegó en modo automático y se olvidó por completo del discurso que había estado preparando en su cabeza para cuando se encontrara con su novio. No podía pensar en nada más que en ese casco negro y en quién estaría detrás del visor.
Entonces, por el altoparlante del metro se escuchó "Bilbao", la estación donde tenía que bajarse. Volvió a colgar su bolso en el hombro, y las puertas del vagón se cerraron tras ella. Al pisar la línea de protección que separaba a las personas de las vías, cayó en cuenta de que probablemente habían sonado muchas canciones como telón de fondo y ella no había escuchado ninguna, es decir, si hubiera tenido que nombrarlas en orden de aparición no habría sido capaz, así como tampoco habría podido describir a ninguno de los pasajeros que iban en el mismo vagón con ella.
Apartando este insólito incidente de su mente, Alexis salió del andén y caminó por el túnel que la llevaría a las escaleras mecánicas y al mundo real. Ya eran casi las 20:00 y el metro estaba por dejar de funcionar. ¿Y si Borja no la recibía? No tendría cómo regresar a casa a menos que tomara un taxi, lo que le costaría una fortuna.
Bueno, igual me lo merezco.
Decidida, Alexis siguió avanzando por el túnel acompañada de la siguiente canción a la que sí puso atención; Here We Go de Norman, y mientras la letra hacía eco en sus oídos, recordó la pequeña fantasía sexual que había tenido más temprano en su departamento y se mordió los labios.
¡¿Pero qué me pasa?! Yo aquí yendo a casa de mi novio o ex novio... y pensando en quién sabe quién.
De veras que estoy fatal.
Como buen domingo y casi de noche, el túnel del metro estaba bastante solitario. Fuera del sonido propio de los vagones al cerrar sus puertas y adentrarse a toda velocidad en la oscuridad, sólo se escuchaban los tacones de las botas de Alexis que hacían clac clac en el suelo al encontrarse con cada pisada. Entonces, ella percibió algo más. Era un ruido de zapato más duro, más fuerte.
Alexis comenzó a acelerar un poco sus pasos y la persona que venía detrás también. Tenía miedo de girar la cabeza y mirar por encima del hombro, por lo que se apresuró aún más para llegar pronto a las escaleras. Le corría un sudor helado por el cuello y pensó que si Borja estuviese con ella sabría qué hacer.
Cuando Alexis puso un pie en las mecánicas, se sintió segura de nuevo. Recién ahí se atrevió a girarse, pero para su asombro, descubrió que no había nadie. Al salir de nuevo a la calle, caminó rápidamente hacia el apartamento de Borja. Ya estaba oscuro y hacía frío.
Se detuvo frente al número 284. Miró las tres escalinatas que subían hacia la puerta del edificio con el estómago apretado y un tanto indecisa de continuar. Tenía clarísimo que lo que ahora ocurriera, decidiría muchas cosas.
En el umbral, Alexis se acercó al telefonillo y marcó la letra F.
-¿Hola? -se escuchó la voz de Borja.
- Hola, soy yo -dijo Alexis con voz tímida.
Entonces, se produjo un silencio incómodo, y por lo que a Alexis le pareció una eternidad, no hubo respuesta. Ni una respiración. Nada.
-¿Estás ahí? -preguntó ella.
De pronto, la incomodidad fue interrumpida por un fuerte sonido de motocicleta. Cuando Alexis se dio vuelta para mirar, vio en la acera de enfrente, sólo a unos metros más adelante, el mismo casco y la misma moto que había visto durante la tarde. Quien estuviese detrás del visor, tenía los ojos fijos en ella.
(Continuará).
domingo, 4 de febrero de 2024
Aurora
Aurora mira el punto suspensivo en el ordenador. Está en blanco como su cabeza. Quiere conversar con alguien y no sabe con quién. Todo le parece muy difícil, en resumen, que está todo muy jodido. 10 años. ¿Dónde los metes? No es algo que simplemente puedas poner en una servilleta y luego echártela al bolsillo. No, no se pueden ir así sin más, ¿o sí? Aurora está muy confundida. Todo le duele, y las cosas están tan desgastadas como las vías de un tren. ¿Acaso se puede recuperar? La noche se hace eterna, igual que las lágrimas que le resbalan por las mejillas. La soledad da miedo, pero aterra mucho más estirar la indiferencia y ver pasar la vida silencio tras silencio. Los labios pegados como con cinta adhesiva. El vacío carcomiendo. Aurora no sabe qué pensar. Todo le parece muy incierto, en resumen, que está todo muy jodido.


