Capítulo VI
Toda la noche me di vueltas en la cama como una loca. No sé si por el sudor que invadía mi cuerpo con la estufa de Susana, si acaso eran mis pesadillas otra vez, o si en realidad mi intranquilidad tenía que ver con que nunca, pero nunca en la vida, le había dicho que no al sexo con mi novio.
¿Qué me está pasando?
No podía dejar de pensar que algo estaba mal. Sí, muy mal.
En todos los años de relación con Borja, siempre había estado disponible para hacer el amor, aunque ahora que lo pensaba bien, esa palabra le parecía horrible. Como si la sexualidad con su novio fuese un trámite o un objetivo con el que cumplir. Y claro que no lo era, ¡vaya qué orgasmos le hacía sentir!
Alexis miró el reloj. 04:20 de la madrugada.
¡Voy a morir de sueño! Ni el café podrá revivirme.
Con el caos dentro de su cabeza, Alexis decidió ir a la cocina y tomar un vaso de agua. Sin embargo, su pecho apretado y la sensación de angustia la delataba. Por más que quisiera engañarse, la llegada del Sr. Hard había removido muchas cosas en ella. Para partir, había sembrado la duda de que quizás, de un tiempo a esta parte ella y Borja ya no tenían mucho en común fuera del sexo maravilloso, que a menudo ella se aburría estando con él y que tal vez, su relación era más bien conformismo que otra cosa. Pero no podía ser, si ella lo quería tanto.
¿Do I?
Y con esa pregunta para sí misma, Alexis volvió a la cama y apagó la luz.
****
Susana entró a la pieza de un portazo con su típica sudadera rota y las bragas amarillas.
- ¡Hoy es viernes! -le gritó mientras le saltaba encima de los pies.
Alexis giró su cabeza adormilada completamente y con la saliva colgando de la almohada sin entender. Lo único que quería era morir. Tenía una jaqueca espantosa.
- ¡Y no puedes decirme que no! Me debes una -siguió saltando.
- Por favor no grites Susana, se me parte la cabeza -dije.
- ¡No se valen las excusas! -añadió Susana-. Ya me puse mis bragas de la suerte para que salgamos de fiesta hoy.
Con el cerebro casi anestesiado, Alexis pensó que después de todo, ir a bailar tal vez no era tan mala idea.
- Vale, vale. Hoy salimos. ¿Puedo invitar a Cristóbal y a Paula? -pregunté en medio de un bostezo.
- ¿Esos nerds del Hospital? -señaló Susana con cara de asco.
- ¡Qué pesada eres! -exclamé-. Son mis amigos.
- Venga... pero con la condición de que tienes que ser mi wing girl.
- ¡Otra vez! -dije mientras le ponía mi cara de desaprobación.
- ¡Payasa! -me gritó al tiempo que se reía-. Voy a escoger tu ropa de hoy, así me las pagarás.
¡Ay no!
Alexis sabía lo que eso significaba.
Luego de levantarse de la cama sintiendo un peso enorme sobre sus hombros, Alexis inició su rutina habitual. Para comenzar, nada que un buen desayuno de cereales integrales, fresas y yoghurt natural light no pudieran recomponer. Eso, de la mano de un jugo de naranjas recién exprimido. Después, unos cuarenta minutos de running con su lista de música preferida para estas ocasiones (Saturday Sun de Vance Joy, Alive de Sia, Breakeven de The Script, Cómo te atreves de Morat, Follow Your Fire de Kodaline, Entre la Espada y la Pared de Fito y Fitipaldis, y Shake it out de Florence + The Machine, entre otras).
Correr siempre había sido liberador para Alexis. Sentía que allí podía desenmarañar su vorágine de pensamientos, o incluso olvidarse de ellos. La sensación de sus zapatillas deportivas golpeando el pavimento, el viento contra su cara, la música en sus oídos y cada centímetro de sus músculos expulsando energía eran impagables. Y al terminar la corrida, qué mejor que volver a casa, entrar a la bañera y dejar caer el chorro de agua caliente por su cuerpo como la cascada más sublime de Madrid.
Esa era la suerte de trabajar en un Hospital. Generalmente, los pacientes asistían por la tarde y era muy raro tener que acudir a primera hora de la mañana. Eso sólo se daba cuando algunos padres necesitaban hablar con los terapeutas sin perder sus tiempos de oficina.
Una vez vestida y arreglada lo mejor que pudo, claramente...
Odio mi cabello
Alexis se reunió con su madre a almorzar como habían quedado hace un mes. Ella intentaba que su madre no se sintiera sola desde que había decidido alquilar un piso con Susana, sin embargo, ésta siempre se las arreglaba para pasarle alguna cuenta, ya fuese porque no se visitaban mucho o porque hablaban poco por teléfono, o porque con frecuencia estaba ocupada como para acordarse de su pobre madre.
De pobre nada. Toda la vida se ha encargado de criticarme y hacerme sentir que soy una pulga. Que mi vestuario no es apropiado para una chica como yo, que mi pelo está echo un desastre, que no sé escoger a mis novios, que debiese haber estudiado medicina...
Y la lista seguía, pero Alexis dejó sus frustraciones de lado y continuó caminando al encuentro con su madre. Al llegar al café en el que siempre se veían, ésta estaba impecable como todas las veces. Usaba un sombrero negro de ala ancha con cinta blanca, unos rizos de brushing como recién salidos de la peluquería, un maquillaje perfecto, un vestido blanco inmaculado de botones y cinturón negros, y unos zapatos de Manolo Blahnik que bien podrían haber pertenecido a la Reina de España.
Apenas Alexis se acercó para darle un beso en la mejilla a su madre, ésta la escrutó de arriba a abajo y viceversa, con su típica mirada de reproche absoluto.
- Querida, ¿cómo estás? -preguntó su madre, Gracia Alcocer.
- Algo cansada mamá pero bien, ¿y tú? -respondí con otro bostezo.
- Se nota querida, esas líneas de expresión... tu pelo. ¿Hace cuánto que no comes como la gente de bien Alexis? ¿Vives acaso en una pocilga con esa niñita... tu amiga... ¿Cómo es que se llama?
Aquí vamos.
- Susana mamá. Y no, no es una pocilga. Y sí, me alimento bien -suspiré.
- ¿Te falta dinero? ¿Es eso? - siguió interrogándome.
- No mamá. No pasa nada -señalé con tono de enfado.
Respira profundo. Respira.
Gracia provenía de una familia de alta alcurnia, quizás una de las más privilegiadas de Madrid. Siendo la menor y única mujer de entre cinco hermanos, había sido educada para ser una princesa, lo cual conllevaba cumplir con el mayor de los estándares y con un sinnúmero de obligaciones. Eso explicaba su rigurosidad y exceso de criticismo, según Alexis, quien miraba el pasado de su madre con un poco de tristeza, pues parecía nunca haber tenido la oportunidad para elegir, aventurarse o ser ella misma.
Al cumplir los dieciocho, los padres de Gracia, unos personajes aún más severos que su propia madre, sellaron el compromiso de su hija con un joven británico de igual o mayor linaje; George Wembritte. George había nacido en Londres, asistido a las mejores escuelas del Reino Unido, era Licenciado en Economía, había estado en el ejército y luego habían llegado a España para invertir en los negocios. Para esa época, era el único heredero a toda la fortuna familiar. ¡Por su puesto que los padres de Gracia lo adoraban!
Sin embargo, la acomodada vida de Gracia no resultó tan idílica como ella imaginaba. Tardó varios años en embarazarse, y no fue hasta después de tres pérdidas y una gran recriminación acumulada de su marido, que nació Kate. Pero claro, Alexis sabía que la vida de su madre al lado de papá no había sido para nada fácil. En esos primeros años de matrimonio, George ya mostraba indicios de gustarle en demasía la bebida y cuanta hermosa mujer española se le cruzara por en frente. Gracia, abnegada y discreta como la habían educado, sufría en silencio, salía de compras, se reunía con sus amistades y visitaba a su familia, que tristemente también le reprochaban que no pudiera darle hijos a su marido.
Kate llegó como un viento fresco para Gracia. La hermana de Alexis era hermosa, todo lo que ella nunca había sido. Los ojos de su madre. Y cuando nació Alexis ocho años más tarde, ya no tenía las mismas energías ni las fuerzas para criar a otra hija.
Alexis nunca olvidaría el día en que todo se había desmoronado. Su hermana siendo apenas una chiquilla de dieciséis años, intrépida, liberal e indomable (todo lo opuesto a Gracia), se había dejado preñar por un tal Joan del que estaba enamorada, y ambos habían huido quién sabe bien a dónde. De vez en cuando, Alexis recibía postales de Kate desde los lugares más recónditos del mundo, pero ya nada era lo mismo. Gracia sintió que su vida había acabado en ese mismo instante, y pocos años después falleció papá, a quien Alexis no había alcanzado a conocer en profundidad y lo poco que sí sabía, le daba un poco de rabia. De ahí en adelante, Alexis había crecido bastante sola. Desapegada de sus vínculos primarios y de las estrictas costumbres familiares, había estudiado psicología con el anhelo de ayudar a otras personas (y en un afán más oculto; el de entender su historia y a sí misma). Luego, apenas surgió la oportunidad de alquilar ese piso con Susana en Chamberí, no tardó en marcharse de casa definitivamente.
- Bien mamá, tengo que irme -dijo Alexis después de una hora y media de agonía.
- Pero si acabas de llegar querida -recriminó Gracia.
En eso, sonó el móvil de Alexis. Era un mensaje de Borja.
- Mamá... -fruncí el ceño-. He quedado con Borja.
Una mentira blanca no le hace mal a nadie, ¿verdad?
- Todavía sales con ese chico... -murmuró su madre con otro gesto de condena.
- Sí mamá. Todavía estamos juntos -le respondí con algo de furia interna.
Cuando finalmente pudo escapar de aquel café, Alexis miró la pantalla de su iPhone para leer el mensaje.
[Hola nena. No he sabido nada de ti.
¿Pasa algo?
Es viernes y me preguntaba si hoy nos veremos...]
----------------------------------------------------
Quise responder pero no sabía qué decirle.
****
Quería asesinar a Susana.
- Este no es mi estilo para nada -le dije mirándome con inseguridad en el espejo.
- De eso se trata amiga -contestó Susana con un tono de obviedad que casi me irritó.
Nunca había usado un vestido con la espalda tan abierta y hasta tan abajo. Un poco más y de seguro todo Madrid podría mirarme las bragas por ahí.
Si mamá me viera... tendría otro argumento que agregar a su lista para decirme por qué mi "tipo de amistades" no es el indicado para una chica de status como yo.
Alexis volvió a observarse en el espejo no muy convencida. Susana le había pasado sus tacones negros favoritos de Lolita Blu, le había escogido una lencería en la misma tonalidad que llamaba al delito, y le había hecho comprarse un mini vestido de color plata, con el que no se podía usar corpiño ni dejar nada a la imaginación. O eso pensaba Alexis. Lo que no podía negar, era que si algo se lucía bien bajo esa tela metalizada, eran sus largas y tonificadas piernas.
- ¿Estás segura que tengo que usar esto? -volví a preguntarle.
- Todos los hombres de Madrid van a flipar. Te lo digo yo.
Pero si no quiero que nadie la flipe. Ya tengo a Borja.
- ¡Quédate quieta para que pueda ponerte el labial! -añadió Susana.
Cuando estuvieron listas, Susana cogió su móvil y pidió el Uber. Un tío bien majo las recogió afuera del piso unos 5 minutos después y las dejó en el club que estaba de moda por esos días. Allí, el guardia del lugar las hizo pasar como si hubiese conocido a Susana de toda la vida y otro tío que estaba dentro las llevó a la mesa que tenían reservada. Un montón de chicos saludaban a la amiga de Alexis y ella se sentía muy incómoda por no conocer a ninguno, por estar con ese vestido que la hacía sentir tan fuera de sí y por estar de fiesta sin su novio. No obstante, experimentó un grado de alivio cuando vio entrar al club a Cristóbal y Paula.
Tras varias botellas de Aperol compartidas en la mesa, Alexis avisó a Paula que iría al baño. Mientras bajaba las escaleras, escuchó que alguien le hablaba con una voz muy familiar.
- ¡Vaya, vaya! Si no es otra que la Srta. Distraída -dijo con la misma masculinidad de siempre y con un dejo de ironía.
Alexis se giró y no pudo salir de su asombro.
Él aquí. Y yo así. Moriré de la vergüenza.
- ¡Qué vestido Alexis!. Esta noche estás llamando al pecado -agregó con una mirada llena de perversión, como si le hubiese hecho un scáner de rayos x a su figura.
- ¡Doctor Fernández! -exclamé.
Y no logré pronunciar ninguna otra palabra.
****
(Continuará).
- ¡Hoy es viernes! -le gritó mientras le saltaba encima de los pies.
Alexis giró su cabeza adormilada completamente y con la saliva colgando de la almohada sin entender. Lo único que quería era morir. Tenía una jaqueca espantosa.
- ¡Y no puedes decirme que no! Me debes una -siguió saltando.
- Por favor no grites Susana, se me parte la cabeza -dije.
- ¡No se valen las excusas! -añadió Susana-. Ya me puse mis bragas de la suerte para que salgamos de fiesta hoy.
Con el cerebro casi anestesiado, Alexis pensó que después de todo, ir a bailar tal vez no era tan mala idea.
- Vale, vale. Hoy salimos. ¿Puedo invitar a Cristóbal y a Paula? -pregunté en medio de un bostezo.
- ¿Esos nerds del Hospital? -señaló Susana con cara de asco.
- ¡Qué pesada eres! -exclamé-. Son mis amigos.
- Venga... pero con la condición de que tienes que ser mi wing girl.
- ¡Otra vez! -dije mientras le ponía mi cara de desaprobación.
- ¡Payasa! -me gritó al tiempo que se reía-. Voy a escoger tu ropa de hoy, así me las pagarás.
¡Ay no!
Alexis sabía lo que eso significaba.
Luego de levantarse de la cama sintiendo un peso enorme sobre sus hombros, Alexis inició su rutina habitual. Para comenzar, nada que un buen desayuno de cereales integrales, fresas y yoghurt natural light no pudieran recomponer. Eso, de la mano de un jugo de naranjas recién exprimido. Después, unos cuarenta minutos de running con su lista de música preferida para estas ocasiones (Saturday Sun de Vance Joy, Alive de Sia, Breakeven de The Script, Cómo te atreves de Morat, Follow Your Fire de Kodaline, Entre la Espada y la Pared de Fito y Fitipaldis, y Shake it out de Florence + The Machine, entre otras).
Correr siempre había sido liberador para Alexis. Sentía que allí podía desenmarañar su vorágine de pensamientos, o incluso olvidarse de ellos. La sensación de sus zapatillas deportivas golpeando el pavimento, el viento contra su cara, la música en sus oídos y cada centímetro de sus músculos expulsando energía eran impagables. Y al terminar la corrida, qué mejor que volver a casa, entrar a la bañera y dejar caer el chorro de agua caliente por su cuerpo como la cascada más sublime de Madrid.
Esa era la suerte de trabajar en un Hospital. Generalmente, los pacientes asistían por la tarde y era muy raro tener que acudir a primera hora de la mañana. Eso sólo se daba cuando algunos padres necesitaban hablar con los terapeutas sin perder sus tiempos de oficina.
Una vez vestida y arreglada lo mejor que pudo, claramente...
Odio mi cabello
Alexis se reunió con su madre a almorzar como habían quedado hace un mes. Ella intentaba que su madre no se sintiera sola desde que había decidido alquilar un piso con Susana, sin embargo, ésta siempre se las arreglaba para pasarle alguna cuenta, ya fuese porque no se visitaban mucho o porque hablaban poco por teléfono, o porque con frecuencia estaba ocupada como para acordarse de su pobre madre.
De pobre nada. Toda la vida se ha encargado de criticarme y hacerme sentir que soy una pulga. Que mi vestuario no es apropiado para una chica como yo, que mi pelo está echo un desastre, que no sé escoger a mis novios, que debiese haber estudiado medicina...
Y la lista seguía, pero Alexis dejó sus frustraciones de lado y continuó caminando al encuentro con su madre. Al llegar al café en el que siempre se veían, ésta estaba impecable como todas las veces. Usaba un sombrero negro de ala ancha con cinta blanca, unos rizos de brushing como recién salidos de la peluquería, un maquillaje perfecto, un vestido blanco inmaculado de botones y cinturón negros, y unos zapatos de Manolo Blahnik que bien podrían haber pertenecido a la Reina de España.
Apenas Alexis se acercó para darle un beso en la mejilla a su madre, ésta la escrutó de arriba a abajo y viceversa, con su típica mirada de reproche absoluto.
- Querida, ¿cómo estás? -preguntó su madre, Gracia Alcocer.
- Algo cansada mamá pero bien, ¿y tú? -respondí con otro bostezo.
- Se nota querida, esas líneas de expresión... tu pelo. ¿Hace cuánto que no comes como la gente de bien Alexis? ¿Vives acaso en una pocilga con esa niñita... tu amiga... ¿Cómo es que se llama?
Aquí vamos.
- Susana mamá. Y no, no es una pocilga. Y sí, me alimento bien -suspiré.
- ¿Te falta dinero? ¿Es eso? - siguió interrogándome.
- No mamá. No pasa nada -señalé con tono de enfado.
Respira profundo. Respira.
Gracia provenía de una familia de alta alcurnia, quizás una de las más privilegiadas de Madrid. Siendo la menor y única mujer de entre cinco hermanos, había sido educada para ser una princesa, lo cual conllevaba cumplir con el mayor de los estándares y con un sinnúmero de obligaciones. Eso explicaba su rigurosidad y exceso de criticismo, según Alexis, quien miraba el pasado de su madre con un poco de tristeza, pues parecía nunca haber tenido la oportunidad para elegir, aventurarse o ser ella misma.
Al cumplir los dieciocho, los padres de Gracia, unos personajes aún más severos que su propia madre, sellaron el compromiso de su hija con un joven británico de igual o mayor linaje; George Wembritte. George había nacido en Londres, asistido a las mejores escuelas del Reino Unido, era Licenciado en Economía, había estado en el ejército y luego habían llegado a España para invertir en los negocios. Para esa época, era el único heredero a toda la fortuna familiar. ¡Por su puesto que los padres de Gracia lo adoraban!
Sin embargo, la acomodada vida de Gracia no resultó tan idílica como ella imaginaba. Tardó varios años en embarazarse, y no fue hasta después de tres pérdidas y una gran recriminación acumulada de su marido, que nació Kate. Pero claro, Alexis sabía que la vida de su madre al lado de papá no había sido para nada fácil. En esos primeros años de matrimonio, George ya mostraba indicios de gustarle en demasía la bebida y cuanta hermosa mujer española se le cruzara por en frente. Gracia, abnegada y discreta como la habían educado, sufría en silencio, salía de compras, se reunía con sus amistades y visitaba a su familia, que tristemente también le reprochaban que no pudiera darle hijos a su marido.
Kate llegó como un viento fresco para Gracia. La hermana de Alexis era hermosa, todo lo que ella nunca había sido. Los ojos de su madre. Y cuando nació Alexis ocho años más tarde, ya no tenía las mismas energías ni las fuerzas para criar a otra hija.
Alexis nunca olvidaría el día en que todo se había desmoronado. Su hermana siendo apenas una chiquilla de dieciséis años, intrépida, liberal e indomable (todo lo opuesto a Gracia), se había dejado preñar por un tal Joan del que estaba enamorada, y ambos habían huido quién sabe bien a dónde. De vez en cuando, Alexis recibía postales de Kate desde los lugares más recónditos del mundo, pero ya nada era lo mismo. Gracia sintió que su vida había acabado en ese mismo instante, y pocos años después falleció papá, a quien Alexis no había alcanzado a conocer en profundidad y lo poco que sí sabía, le daba un poco de rabia. De ahí en adelante, Alexis había crecido bastante sola. Desapegada de sus vínculos primarios y de las estrictas costumbres familiares, había estudiado psicología con el anhelo de ayudar a otras personas (y en un afán más oculto; el de entender su historia y a sí misma). Luego, apenas surgió la oportunidad de alquilar ese piso con Susana en Chamberí, no tardó en marcharse de casa definitivamente.
- Bien mamá, tengo que irme -dijo Alexis después de una hora y media de agonía.
- Pero si acabas de llegar querida -recriminó Gracia.
En eso, sonó el móvil de Alexis. Era un mensaje de Borja.
- Mamá... -fruncí el ceño-. He quedado con Borja.
Una mentira blanca no le hace mal a nadie, ¿verdad?
- Todavía sales con ese chico... -murmuró su madre con otro gesto de condena.
- Sí mamá. Todavía estamos juntos -le respondí con algo de furia interna.
Cuando finalmente pudo escapar de aquel café, Alexis miró la pantalla de su iPhone para leer el mensaje.
[Hola nena. No he sabido nada de ti.
¿Pasa algo?
Es viernes y me preguntaba si hoy nos veremos...]
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Quise responder pero no sabía qué decirle.
****
Quería asesinar a Susana.
- Este no es mi estilo para nada -le dije mirándome con inseguridad en el espejo.
- De eso se trata amiga -contestó Susana con un tono de obviedad que casi me irritó.
Nunca había usado un vestido con la espalda tan abierta y hasta tan abajo. Un poco más y de seguro todo Madrid podría mirarme las bragas por ahí.
Si mamá me viera... tendría otro argumento que agregar a su lista para decirme por qué mi "tipo de amistades" no es el indicado para una chica de status como yo.
Alexis volvió a observarse en el espejo no muy convencida. Susana le había pasado sus tacones negros favoritos de Lolita Blu, le había escogido una lencería en la misma tonalidad que llamaba al delito, y le había hecho comprarse un mini vestido de color plata, con el que no se podía usar corpiño ni dejar nada a la imaginación. O eso pensaba Alexis. Lo que no podía negar, era que si algo se lucía bien bajo esa tela metalizada, eran sus largas y tonificadas piernas.
- ¿Estás segura que tengo que usar esto? -volví a preguntarle.
- Todos los hombres de Madrid van a flipar. Te lo digo yo.
Pero si no quiero que nadie la flipe. Ya tengo a Borja.
- ¡Quédate quieta para que pueda ponerte el labial! -añadió Susana.
Cuando estuvieron listas, Susana cogió su móvil y pidió el Uber. Un tío bien majo las recogió afuera del piso unos 5 minutos después y las dejó en el club que estaba de moda por esos días. Allí, el guardia del lugar las hizo pasar como si hubiese conocido a Susana de toda la vida y otro tío que estaba dentro las llevó a la mesa que tenían reservada. Un montón de chicos saludaban a la amiga de Alexis y ella se sentía muy incómoda por no conocer a ninguno, por estar con ese vestido que la hacía sentir tan fuera de sí y por estar de fiesta sin su novio. No obstante, experimentó un grado de alivio cuando vio entrar al club a Cristóbal y Paula.
Tras varias botellas de Aperol compartidas en la mesa, Alexis avisó a Paula que iría al baño. Mientras bajaba las escaleras, escuchó que alguien le hablaba con una voz muy familiar.
- ¡Vaya, vaya! Si no es otra que la Srta. Distraída -dijo con la misma masculinidad de siempre y con un dejo de ironía.
Alexis se giró y no pudo salir de su asombro.
Él aquí. Y yo así. Moriré de la vergüenza.
- ¡Qué vestido Alexis!. Esta noche estás llamando al pecado -agregó con una mirada llena de perversión, como si le hubiese hecho un scáner de rayos x a su figura.
- ¡Doctor Fernández! -exclamé.
Y no logré pronunciar ninguna otra palabra.
****
(Continuará).

