Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Almudena

Almudena llegó a casa y se quitó toda la ropa. Dejó los tacones en el suelo y el bolso sobre el sofá como si con ello se quitara capas de la piel que estorban, que etiquetan. Y con su cabello largo danzando sobre la espalda, y ese majestuoso lunar agitándose en el muslo, se acercó a él para abrazarlo tan fuerte que sus músculos no pudiesen dejarlo escapar. Claro, porque cuando Almudena vuelve a él, encuentra una paz interior que es más grande que el mismísimo universo. Él la completa, la eleva, la magnifica, la seguriza y la libera, la conquista y la enciende como una supernova. Sabe quererla de todas las formas que la hacen agonizar y conoce la manera precisa de arrojar al basurero cada una de sus dudas y temores. Y ese abrazo que dura una eternidad habla más de los silencios cómplices que de las palabras, habla más de las sonrisas coquetas que de las palabras. Claro, porque cuando Almudena vuelve a él, las palabras no son necesarias. Puede entregar sus manos sin preguntas y confiar. Besa sus orejas, sus labios. Experimenta la efervescencia y la serenidad, todo al mismo tiempo como en una explosión estelar.   

Ágata

Ágata se bajó del vagón maletas en mano. Esta vez estaba rebosante de proyectos y sueños. No tenía que seguir huyendo. No tenía que continuar buscando respuestas en lugares recónditos. Todo estaba aquí, en esa estación de tren de siempre, en ese equipaje, en ese cuerpo humilde y ya conocido. Con el pecho aliviado y una iluminación de película llena de esperanza, caminó. Avanzó por la calle con sus certezas a paso decidido, dejándose guiar por el mágico poder de su intuición. Tanta música que tocar, tantas líneas que escribir, pensó. Porque si algo tenía claro Ágata, es que ya no había marcha atrás, sólo ir hacia adelante, más y más hacia adelante. Tan allá que inclusive pudiese ver el mar dar la vuelta al globo terráqueo. Tan allá que inclusive pudiese escalar el Everest. Tan allá que inclusive pudiese ir a la luna y regresar. Sí, Ágata estaba dispuesta a enfrentar cualquier cosa, todo con tal de caminar y dejarse fluir. Nada más hacía falta, sólo caminar. Y la mera idea de avanzar la hacía feliz. 

martes, 27 de noviembre de 2018

Azucena

Azucena se siente llena de energía. Por primera vez en mucho tiempo corre con sus deportivas sin pensar que alguien (su pasado, su historia) la persigue. No hay objetivos. No hay tareas. No hay misiones de transformar el mundo, sino únicamente a sí misma. Cada trote es ahora tranquilo, apacible, como una furia pacífica, si acaso es eso posible. Y entonces, un calor interno la domina, como si fuese a elevarse del suelo y salir flotando. Corre con los pies. Corre con los ojos. Corre con el corazón y sus miles de latidos por minuto. Azucena se siente inmensa. Una especie de sabiduría va recorriéndole las venas, donde todo lo que necesitaba oír ya lo sabe. No hay presiones. No hay demandas. No hay responsabilidades, sino únicamente con ella misma. Y entonces, se detiene a oler orquídeas en el camino, oye el sonido de sus zapatillas contra al pavimento, advierte la brisa en su cara. Está aquí y no allá, como si este espacio de tiempo fuese suyo y de nadie más. Ve las nubes al pasar, observa las sombras que van soltándose de su cuerpo como rasgaduras viejas. Azucena se siente en calma. Sus pies avanzan y piensa que está lista para vivir, para gozar casi tanto como un niño ciego que recién despierta a los colores del mundo. Ya nada le falta. Mucho le sobra y se ha caído el velo. 

Alba

Alba se puso sus zapatillas de ballet y un cosquilleo electrizante comenzó a subirle por los dedos. Su piel blanquecina se llenó de vibraciones, de esas que hace tiempo no tenía. Se preguntó entonces por qué había dejado de bailar si tanto le gustaba, más recordó que a veces su vida era como la música clásica; rígida, estricta y exigente. Sí, así era antes de despojarse de todo aquello que le hacía mal. Porque si algo ha aprendido Alba, es que no se puede estar todo el tiempo cumpliendo las expectativas de otros. Que está bien soltar. Que está bien decir que no. Que está bien centrarse en uno mismo de vez en cuando. Que está bien tirar las normas por la borda. Que está bien escuchar la melodía interna, el estilo libre. Y mientras sus pies sienten la delicadeza del suelo, una luz brillante se cierne sobre los espejos de esa sala de ballet, y Alba recuerda lo que es sentirse feliz. Sí, en ese momento tan suyo, donde la única exigencia es dejarse llevar, se conecta con todas las músicas que la vitalizan. Piensa que además de bailar quiere volver a escribir, tal vez pintar, pero no desde lo oscuro, sino desde la armonía. Porque si algo ha aprendido Alba, es que la vida es muy corta. Que cuando las cosas se hacen de corazón, nada puede salir mal. Que cuando se da espacio a la voz interior, la alegría es inmensa e infinita. Que está bien aflojar las riendas de vez en cuando. Y mientras sus manos sienten la liviandad del aire, un silencio convertido en paz llena esa sala de ballet y Alba es feliz. 

Alondra

Alondra siente su desnudez y no le tiene miedo, ya no. Sentada frente al piano, sus dedos se deslizan por las teclas como si la inspiración y el amor nunca se hubiesen ido de sus manos. Las melodías más dulces la visten y acarician en esa inmensidad que es su vida. No hay silencios ni preguntas, ya no. Alondra sabe que al final, todo se reduce a una cuestión de prismas. De elegir con qué ojos mirar. De elegir agradecer. De elegir amar con cada una de las fibras de su ser. Y así se siente. Como si el mundo se fuese a acabar de tanto existir, de tanto sentir que todo lo puede, que todo lo alcanza. Su cuerpo finito consigue la vía de convertirse imperecedero, de brillar. Alondra está segura de que el cosmos sabrá darle lo que necesita, de que su interior está listo y preparado. 

Atenea

Atenea va en su coche camino a casa después del trabajo. Siente tanta paz, que pareciera que va conduciendo en una carretera al atardecer, con vista al mar. Sus cabellos van al viento, Little Giant de Roo Panes la acompaña como el sol a esas gaviotas en el horizonte. Ha encontrado la tranquilidad que buscaba, la forma de equilibrar sus pulsaciones en medio de una historia que también ha sabido del caos. Pero no hoy. Esta vez se siente agradecida de la vida, como si pudiese flotar en felicidad. Como si hubiese encontrado su centro. Como si hubiese encontrado la forma de amar, finalmente. Porque Atenea si sabe de algo, es de saltar. Con los brazos abiertos, a todo. Sin embargo, durante un largo tiempo no había podido, había olvidado cómo era lanzarse al vacío confiando en que otra persona pudiera recogerte en la caída o incluso, tal vez, caer contigo y amarte en ese lugar tan profundo, tan frágil. Atenea sonríe y respira. El aire llena sus pulmones y llega a cada una de sus células como una liberación, siente que podría explotar. Si esta es la verdadera vida, quiere más de ella. Mucho más. Quiere entregar, quiere seguir amando en este mundo perfectamente imperfecto.