Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

viernes, 29 de noviembre de 2019

Carta número 900

Cuánta historia entre carta y carta.
Esta vez sí que me sorprendo a mí misma, con toda esa vorágine de agua que ha pasado debajo de mi puente, de esa construcción propia, sencilla pero aguerrida, que tanto me ha costado levantar, que tanto luché para tener. 
Cuando escribí la última carta, hace ya algunos años, hablaba de la soledad y del destierro, pero especialmente, sangraba dolor, un dolor muy profundo, muy primario, muy agónico. Hablaba de la muerte de una etapa, del fallecimiento de una capa de piel mía también, y del inicio de una era que me daba un miedo terrible. Una era que estaba plagada de temores, entre ellos, el miedo a no ser libre, a no poder amar a un otro de nuevo, y el más inmenso de todos; el miedo a no ser feliz con nada. Y aún en ese entonces, mi cuerpo y mi mente ya sabían que tampoco se podía seguir corriendo, ni escapando, ni metiendo la cabeza debajo de la tierra como un avestruz. 
Y hoy, cuando estoy en los 900, verdaderamente siento que mucho ha avanzado. De a poco las aguas se fueron aquietando y en vez de ser un cauce impetuoso que parecía inundarlo todo, pasó a ser un riachuelo, que con suprema calma, lograba alimentar un pasto verde para hacerlo crecer y poblarlo de flores, de vida, de paz. Yo volvía a casa, por ese río, por ese puente, pero no a cualquier casa, no a la antigua, sino a una que había edificado ladrillo a ladrillo, como una tabula rasa. Y ya no regresaba como soldado, sino que de mujer común. Regresaba con las manos limpias, la mente esperanzada y el corazón abierto. Tan abierto, que sin darme cuenta, los peces fueron abundantes en el río, el trigo en las praderas, la luz en las ventanas, el calor del sol sobre mi cara. Y entonces, olvidé los temores y acepté que algunas cosas no las podía controlar ni cambiar, que no dependían de mi voluntad, sino que más bien, en ocasiones estaba bien soltar, y dejarse llevar. Me concentré en mí, aprendí a disfrutar, cociné hasta que el arroz estuvo listo y me lo pude comer con tranquilidad. Recién ahí, en esos pasos que parecían insignificantes, mi universo se empezó a trasladar y a transformar. Acepté la vida, acepté el dolor, acepté la alegría, el amor y lo dejé entrar. 
Y hoy, cuando estoy en los 900, he pasado de quejarme, de sentirme sola a vivirme intensa en mi propia calma si es que acaso esa contradicción es posible. Siento el equilibrio y abrazo el impulso, siento el goce y tolero lo más agrio, siento la euforia del amor y acepto sus estancamientos. Todo lo recibo en su punto medio, entendiendo que no se puede estar arriba sin sentirse a veces abajo. Que no se puede volar sin caerse de vez en cuando. Pues estar abajo, y caerse, también es parte de la vida, parte del proceso y no por ello significa la muerte. He trabajado duro (y continúo en ese camino) por entender, por aceptar, por liberarme de las cadenas, muchas de ellas, prisiones mentales en las que a veces uno se encarcela sin ser conscientes del auto sabotaje, del daño que nos hacemos sin querer queriendo. Ya no me siento como Éowyn, ni como Frodo, me siento un poco Arwen disfrutando de la vida mortal y del amor aún a pesar de sus limitaciones o fragilidades, y al mismo tiempo, me siento como si hubiese realizado un viaje a las Tierras Imperecederas, donde por fin puedo ver las cosas con claridad al final de la cortina de plata. 

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Anahís

Anahís entrega su cuerpo libre y se deja llevar. La música sube lentamente como aire para sus pulmones, y entonces cada uno de sus músculos entran en sintonía con el momento, se mueven al galope con vida propia. Ella baila sola en la mitad, como si fuese la única mujer en el lugar. Los ojos cerrados, la luz por todas partes, la bulla de la multitud, el cabello como seda cayendo por su espalda, sus poros sudorosos abriéndose uno a uno, las caderas zigzagueantes y alborotadas. El mundo se hace cada vez más pequeño y ella tan grande, y nada ni nadie puede detenerla. Anahís se vuelve traslúcida, entrega su cuerpo libre y se deja llevar. La energía se convierte en alimento para sus labios, y entonces cada parte de su ser se electriza como hielo deslizado muy despacio sobre la piel. Mientras los parlantes retumban, en su interior hay un único sonido; la oscuridad hecha poesía cantándole al oído, tanto así que pareciera que puede levitar y despegar sus pies del suelo. Anahís da permiso al roce, entrega su cuerpo libre y se deja llevar. Siente su figura poseída y no le pone trabas para bailar.  Ella sola en la mitad, como si fuese la única diosa en el lugar. Los ojos continúan cerrados, la luz por todas partes, la efervescencia de la multitud, el rocío de una flor cayendo por su cuello. El mundo se hace cada vez más pequeño y ella tan grande como una supernova que nada ni nadie la puede detener. 

martes, 26 de noviembre de 2019

Del amor y otras adicciones (2)

Lejos de la gran ciudad, en una pieza empapelada con páginas de The Clinic, se teje más que una aventura de amor. Sí, continúa la miniserie que habla de reconquistas con gusto a porno y a otras adicciones. 
Comienza con una mujer y un grupo de personas reunido en una fogata en la montaña. El telón de fondo, es un canto a la madre tierra, un agradecimiento a la vida, una necesidad de volver a ser sólo mujer sin ningún otro apellido. Y en medio del fuego, de la embriaguez del momento, ambos se miran, o más bien ella le deposita una imagen a través de las pupilas, sí, una imagen de lo que podría suceder. Él se aproxima y le toma de la mano. Ella entiende perfectamente lo que sigue y muere de deseo.
La caminata en silencio hasta la habitación es como la crónica de una dulce muerte anunciada; el erotismo en su máximo esplendor y la ansiedad por las nubes. El desierto, los cáctus, el grupo, la fogata, todo va quedando atrás muy despacio. Ella siente que le tiemblan las caderas y que una súbita oscuridad le va corriendo desde la punta de los pies a esa clavícula maligna, la suya. 
Suben las escaleras de caracol hasta una puerta que tiene grabado en tiza sus nombres y ponen llave a la chapa detrás de ellos. Ella entiende perfectamente lo que sigue. Él recibe la promesa de la noche y le sonríe. Cada una de sus dudas, cada porción de sus defensas, se han quedado en esas escaleras para liberar lo que más ansían; lo salvaje. 
La pieza está sumida en la penumbra, y la única música que se oye viene de los antepasados que han bajado a bailar en ese territorio sagrado. Él la apoya contra la pared. Sí, porque tiene claro que con ello puede desbaratar los botones de sus jeans sin oposición alguna. Ella no deja escapar ningún segundo. Cede. Acepta. Quiere. 
Para cuando abandonan la ropa, dos relámpagos han caído sobre el techo empapelado sin misericordia y sólo diez centímetros separan su cintura de la lujuria. Él respira el pecado (a ella), y desde allí recorre su cabello, su perfume, su curvatura hasta el suelo. Sí, porque tiene claro que con ello puede hacerle estremecerse por completo sin siquiera tocarle. Ella entiende perfectamente lo que sigue. Desciende su encaje, la última porción de tierra sin conquistar todavía. Intuye la humedad, la necesita. Ella muerde sus labios y se agita su respiración. Todos los demonios tienen permiso para salir esta noche. Y entonces, un único beso en esa maligna clavícula basta. Él lo tiene claro. 
Su cuerpo aparece desnudo ante el brillo de esa luna llena, sin preguntas y con todos los anhelos sobre la cama. Ella sigue su ejemplo, y lo empuja sobre el colchón para tomar las riendas de lo que le pertenece (a él). Y así, en ese reencuentro sin apellidos se hace palpable la definición de lo indómito, la furia interna, ese instinto tan primario, tan propio de ella. Ambos se miran como fuego que quema y él la besa, justo ahí donde se multiplican cada una de sus súplicas.
Entonces ella danza con los lobos y en una inclinación hacia su oído le susurra; -Soy adicta a que digas mi nombre. Soy adicta a que me quites la ropa. Soy adicta a que muerdas mis pechos. Soy adicta a tu boca en mi universo. Soy adicta a sentirte tan dentro-. Y de ese modo, él también entiende perfectamente lo que sigue, y todos los papeles de ese cuarto desfallecen. 

lunes, 25 de noviembre de 2019

Antonella

Antonella se sienta frente a la máquina de escribir con una hoja de Nepal en blanco. Siente que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo ahí, en ese universo tan suyo, en ese escritorio que almacena alegrías, amores, secretos, inseguridades y también, una que otra angustia. Sus dedos sienten las teclas y es como si nunca se hubiese ido. Todo comienza a brotar como una música fácil, y entonces, las palabras emanan del manantial de la vida; lo atesorado y lo sufrido en su máxima intensidad. Antonella sonríe, sus pies se mueven inquietos y los dedos corren a toda velocidad por esa máquina tejedora de ilusiones. Ella piensa; ¿cómo resumir un año de aprendizajes, de desconcierto y complicidad en una sola hoja? Se ha caído, y se ha vuelto a levantar en un camino profundo y transparente de crecimiento. Y eso la ha hecho sentirse más grande, más valiente, más viva, más enamorada que nunca. Antonella deposita su fe por completo en esa página blanca, como si ésta viniese a ser la próxima testigo de todas las emociones que han circulado por ese corazón aguerrido, pero al mismo tiempo, tan vulnerable. Sí, esa hoja de Nepal tiene el poder de recordar las historias y las desventuras, y entonces, cuando la sangre misma se detenga, Antonella sabe que al final de aquellas líneas solo existe una única nota al pie de página que sea posible; amar y seguir amando.