Cuánta historia entre carta y carta.
Esta vez sí que me sorprendo a mí misma, con toda esa vorágine de agua que ha pasado debajo de mi puente, de esa construcción propia, sencilla pero aguerrida, que tanto me ha costado levantar, que tanto luché para tener.
Cuando escribí la última carta, hace ya algunos años, hablaba de la soledad y del destierro, pero especialmente, sangraba dolor, un dolor muy profundo, muy primario, muy agónico. Hablaba de la muerte de una etapa, del fallecimiento de una capa de piel mía también, y del inicio de una era que me daba un miedo terrible. Una era que estaba plagada de temores, entre ellos, el miedo a no ser libre, a no poder amar a un otro de nuevo, y el más inmenso de todos; el miedo a no ser feliz con nada. Y aún en ese entonces, mi cuerpo y mi mente ya sabían que tampoco se podía seguir corriendo, ni escapando, ni metiendo la cabeza debajo de la tierra como un avestruz.
Y hoy, cuando estoy en los 900, verdaderamente siento que mucho ha avanzado. De a poco las aguas se fueron aquietando y en vez de ser un cauce impetuoso que parecía inundarlo todo, pasó a ser un riachuelo, que con suprema calma, lograba alimentar un pasto verde para hacerlo crecer y poblarlo de flores, de vida, de paz. Yo volvía a casa, por ese río, por ese puente, pero no a cualquier casa, no a la antigua, sino a una que había edificado ladrillo a ladrillo, como una tabula rasa. Y ya no regresaba como soldado, sino que de mujer común. Regresaba con las manos limpias, la mente esperanzada y el corazón abierto. Tan abierto, que sin darme cuenta, los peces fueron abundantes en el río, el trigo en las praderas, la luz en las ventanas, el calor del sol sobre mi cara. Y entonces, olvidé los temores y acepté que algunas cosas no las podía controlar ni cambiar, que no dependían de mi voluntad, sino que más bien, en ocasiones estaba bien soltar, y dejarse llevar. Me concentré en mí, aprendí a disfrutar, cociné hasta que el arroz estuvo listo y me lo pude comer con tranquilidad. Recién ahí, en esos pasos que parecían insignificantes, mi universo se empezó a trasladar y a transformar. Acepté la vida, acepté el dolor, acepté la alegría, el amor y lo dejé entrar.
Y hoy, cuando estoy en los 900, he pasado de quejarme, de sentirme sola a vivirme intensa en mi propia calma si es que acaso esa contradicción es posible. Siento el equilibrio y abrazo el impulso, siento el goce y tolero lo más agrio, siento la euforia del amor y acepto sus estancamientos. Todo lo recibo en su punto medio, entendiendo que no se puede estar arriba sin sentirse a veces abajo. Que no se puede volar sin caerse de vez en cuando. Pues estar abajo, y caerse, también es parte de la vida, parte del proceso y no por ello significa la muerte. He trabajado duro (y continúo en ese camino) por entender, por aceptar, por liberarme de las cadenas, muchas de ellas, prisiones mentales en las que a veces uno se encarcela sin ser conscientes del auto sabotaje, del daño que nos hacemos sin querer queriendo. Ya no me siento como Éowyn, ni como Frodo, me siento un poco Arwen disfrutando de la vida mortal y del amor aún a pesar de sus limitaciones o fragilidades, y al mismo tiempo, me siento como si hubiese realizado un viaje a las Tierras Imperecederas, donde por fin puedo ver las cosas con claridad al final de la cortina de plata.



