Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

domingo, 7 de febrero de 2016

One Hundred Times Deeper (IV)

Capítulo IV

Estiró su brazo hacia la almohada de Borja y estaba vacía. 
Claro, eran las 10 de la mañana y de seguro su guapísimo novio ya se encontraría en la oficina. Entonces, se retorció un poco más dentro de las sábanas cual gato de circo, contornéandose y peleando con sus propias ganas de no levantarse. 

¡No puedo ser tan floja!

Y con ese pensamiento se rindió a la cruda realidad. Se sacó la camiseta que Borja le había prestado para dormir en su casa y caminó a la ducha. Todavía podía sentir su aroma en ella; el perfume azul de Hugo Boss

Se estremeció. 

De sólo pensar en su olor se le vino a la mente sus besos de chocolate haciéndole palidecer de placer. Sus manos tocando sus pechos, su lengua vibrando por la piel. El sudor de sus cuerpos acoplándose como una sola gota de frenesí. 

Abrió la llave de agua caliente y la dejó deslizarse sobre ella. Mientras cada gota pintaba su lienzo quizo apoyar sus manos allá abajo, en ese universo de sensaciones. Quizo sucumbir a la tentación de un nuevo orgasmo con el rostro de Borja adorando sus caderas.

Agua helada, helada como hielo. Eso es lo que necesito.

Y resoplando después de aquel injusto castigo de su Superyó, decidió que vestirse rápido e ir a su departamento era la mejor decisión del día. 

Una vez allí, cogió la tenida de deporte y caminó al gimnasio. Con certeza, una media hora de elíptica más sus clásicos ejercicios de musculatura no le vendrían nada de mal para desviar las pasiones. Y con el iPod sintonizado en Glory Box de Portishead, amarró los cordones de sus zapatillas favoritas y comenzó a correr en la elíptica como si estuviera en una maratón. 

Para ser bella hay que ver estrellas.

Luego, regresó al departamento para almorzar y se encontró con Susana subiendo el ascensor. 

- Vaya hora para aparecer... -le dijo Susana con tono de reproche.

Fue ahí cuando recordó que habían quedado para salir.
¡Qué idiota!

- ¡Ay lo siento! -le respondió Alexis muerta de vergüenza. 

- Bueno, bueno, ya está. Si fue por un polvo te lo perdono.

Alexis no pude más que sonreír.

- El mejor. 

- Cuéntamelo todo. ¡Te lo exijo! -le reclamó.

Susana tenía una cualidad que a su juicio era envidiable; la de pasar de un chico a otro sin hacerse malos rollos ni caldos de cabeza. Desde la universidad, Alexis creía que podía recordarle unos siete novios por lo bajo, novios a los que siempre les pillaba algún pero y de los cuales no se demoraba ni un segundo en despachar para pasar al siguiente. Siempre divertida, osada, un tanto excéntrica y algo loca, iba de bar casi todas las noches de los viernes, y cada vez aparecía con un sujeto nuevo en la cama. Realmente, Alexis la admiraba, pues ella, con sus lecciones y costumbres, le parecía impensado traerse un desconocido a casa, y menos ponérselo tan fácil, ahí en bandejilla de plata. No, su rollo era estresarse, tomarse su tiempo y hacerlos sufrir. 

Si quiere celeste, que le cueste.

Una cosa tan sagrada no puede entregarse así no más. O al menos eso siempre le había dicho su Superyó.


                                                                        ****


Alrededor de las 14:15 llegó al hospital. Iba con sus audífonos escuchando una de sus canciones favoritas del momento; Electric love de Børns, y con la vista totalmente perdida en unas nubes grises que tenían cara de traer un aguacero. 

Si seré desastre, ¿por qué nunca traigo paraguas?

Avanzó a paso rápido por el hall de entrada hasta llegar a la recepción, y entonces vio de nuevo a la mosca muerta de Lorena, haciéndose la linda con el jefe. 

¡Qué zorra!

En ese momento, el Dr. Fernández dejó de atender a Lorena y depositó esa mirada suya, inquisitiva y profunda en Alexis. Muy nerviosa, giró la cabeza para adelante y continuó caminando hacia el box de atención como si fuera invisible para él.

Dejó su MacBook en el escritorio, acomodó sus carpetas y se puso el delantal del área de Psicología. En eso, unos golpecitos en la puerta le sorprendieron en sus labores.

- ¿Puedo pasar?

La cara de Ramiro se asomó desde una esquina, con sus cabellos medios despeinados y ese fruto de adán anguloso en su cuello.

- Por supuesto Doctor. Adelante -señaló Alexis temerosa.

- Dime Ramiro, Alexis. Sabes que no me gusta que me traten de Dr. Es demasiado formal, más aún cuando estamos entre colegas.

No supo qué contestar, pero de seguro debe haberse ruborizado desde los pies a la cabeza. Era la primera vez que Ramiro le llamaba por su nombre. 

- Me fijé que estabas un tanto distraída en la reunión de ayer, y por lo mismo, quería conversar contigo acerca de tus prioridades. Como sabrás, este es un Hospital de gran tradición y excelencia, y nos gusta que las personas que trabajan aquí tengan su cien por ciento puesto sobre la mesa. Que estén dispuestas a entregarlo todo, ¿me doy a entender? - le dijo con una seriedad en su mirada que Alexis no supo muy bien cómo descifrar.

- Claro Doct... Ramiro. Y quiero asegurarle que mi cabeza está totalmente puesta en este trabajo.

- Bien, así me gusta -agregó-. No te molesto más. Hasta luego.

Cuando Ramiro abandonó su oficina, se quedó con un mar de confusión. No sabía si sentirse absolutamente fatal por aquel llamado de atención a su mal desempeño, o si algo más había querido decirle entre líneas.

Y justo cuando su mente divagaba en preocupación, sonó el pitido del WhatsApp.

[Que te vaya increíble con tus pacientes. 
Eres la psicóloga más hermosa del mundo.
Sí, porque eres mía. 
Y yo, el hombre más afortunado de ser tu novio.
Besos guapa :)]
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Borja siempre decía justo lo que necesitaba oír, en el momento exacto.
Mi novio es lo más guay del planeta.

Alexis era perfectamente consciente de que algunas veces cada uno podía estar en lo suyo, o que tal vez no siempre perseguían los mismos objetivos. Incluso, que en ciertos momentos era fácil discutir con él por sus bajas aspiraciones para sí mismo. También, Alexis sabía que algunas veces hacían el amor y que él se quedaba tumbado lleno de satisfacción mientras que ella... pero cuando esas ideas le rondaban, casi siempre prefería distraerse pensando que es su novio, y que le quiere. 
Es dulce, se preocupa por mí, es...

Suena el timbre del teléfono.
Eso quiere decir que ha llegado su paciente de las 15:00. Martín. 

Martín es un chico de catorce años. De pelo moreno y ojos verdes. Tiene un pierceng en los labios, una extensión en su oreja derecha y rabia...¡vamos que a por borbollones! Su padre se ha ido de casa hace seis meses, cambiando a su madre por una modelo 0 kilómetros de veintitrés, con tetas de silicona, que conoció en la clase de spinning. Y, hostias que esto lo tiene todo jodido. Su madre no hace más que llorar por los pasillos dando lástima, lo que lo encabrona aún más, y sus compañeros de clase lo han metido en el mundo de la marihuana, situación por la que lo ha derivado su profesora. Le han pillado fumando en los baños del insti.

Hoy es su octava sesión.

- Hola Martín, ¿cómo estás? -le saluda Alexis.

- Pues de maravilla, ¿no te jode? -le responde con su sarcasmo tan adorable y acostumbrado. 

El tiempo de consulta se le pasa como un partido de fútbol en empate, lento y sin demasiada emoción. Más le tiene entusiasmada conocer a su paciente nuevo, para el cual obviamente ya tiene impresa y en blanco la ficha de atención en su debida carpeta verde. Ese es el color de la papelería que utiliza el Hospital.

Alexis se siente idiotamente orgullosa de sí misma.

Cada vez que llega un paciente nuevo, generalmente son los psicólogos del Hospital los que hacen las derivaciones al resto del equipo. Alexis supone que evalúan quién es mejor para cada caso, y tomando en cuenta las especializaciones de cada uno y las confianzas depositadas, eligen a quién dárselo. Cuando la secretaria le llamó para avisarle de este nuevo paciente, no daba crédito a lo que le decía porque creyó que después de su bochornosa performance, los jefes no querrían verle ni de coña. 
No obstante, este paciente había solicitado una hora con ella directamente a la secretaria. Es decir, no había habido ninguna derivación interna. Y lo más raro era que hoy, cuando Alexis había revisado la agenda para ver de quién se trataba, no aparecía ningún dato de él, excepto su nombre.

Colin Hard. 


(Continuará). 

Take me, naked and yours

Cuando siento tu lengua voraz entre los pistilos de mi flor, y esa llama me inunda desde mis neuronas hasta el último cosquilleo de mis caderas, ahí, justo en ese universo, encuentro tu amor subiendo y descendiendo como una melodía frenética pero firme y sólida, con sabor a miel. Cuando siento tus labios ganándole la guerra a mi clavícula, y tus piernas apoderarse de mi nombre, justo ahí, todo lo mío es tuyo, sin reservas. Lo entrego sin preguntas, inclusive, cada uno de mis suspiros y cada uno de mis gritos por tu cuerpo. En ese momento exacto, sólo sé llamarte en mil idiomas para una sola cosa: que me tomes y hagas tuyo cada uno de mis temblorosos centímetros, sí, hasta que mi boca suelte sus amarras  y no resista decirte, que te adora en demasía.

jueves, 4 de febrero de 2016

Running (2)

Hoy volví a correr hasta consumirme. Me puse las zapatillas, mi tenida deportiva y los audífonos, mientras Unsteady de X-Ambassadors comenzaba lentamente a escucharse en mis oídos, en mi cabeza. Es otro día nublado en la playa. Nublado como mis sentimientos. Nublado como mi soledad. Nublado como mi tristeza. Sujeto mi pelo en un moño y me pongo a correr. Quiero correr hasta que no quede nada dentro. Hasta que mi rodilla no pueda más. Hasta que mi cuerpo esté adolorido, y eso duela más que lo que me pesa en lo profundo. ¿Cómo llegué hasta aquí?, me digo. Es difícil precisar en qué minuto se fue todo tan a la cresta; el romance de película, el compañerismo, las ilusiones, las alegrías. Porque ahora me voy a dormir con lágrimas en los ojos y una almohada vacía, y eso lastima hasta el alma. ¿Quién arrastró a quién?, repito la pregunta en mi mente. Suena mucho más fuerte en mi cabeza que cuando lo dije. Suena fuerte porque no es lo que imaginaba. No pensé que llegaríamos a este punto. A estos silencios tan abundantes como hormigas. Y entonces mis oídos se quedan inundados con Breakeven de The Script. Porque sientes que estás vivo pero apenas, que casi no respiras. Estoy cansada, me digo. Pero sigo corriendo sin parar. Hasta consumirme. What am I supposed to do when the best part of me was always you? What am I supposed to say when I'm all choked up and you're ok? Sigo y sigo corriendo, pero ningún centímetro de mi cuerpo duele más que esto. Y entonces, decido parar. De nada vale continuar si este puto fuego no se apaga. 

martes, 2 de febrero de 2016

Sol de invierno

It's better to feel pain,
than nothing at all...
(Stubborn Love - The Lumineers)

¿Será así? ¿Será que eso necesitamos para saber que estamos vivos? ¿El sufrimiento? ¿El dolor?

So pay attention now,
I'm standing on your porch screaming out.

De a ratos pienso que es difícil, que no logras ver dentro de mí, que no me oyes, que no me ves. Y los días pasan, uno detrás de otro como el puto sol de invierno, ese que te planta la ilusión de calor para luego dejarte a merced del frío de la noche. Una estrella fugaz, pero al fin y al cabo un engaño. Y entonces te quedas con más de lo mismo. Más y más de la misma miseria, más y más de los mismos "fingires", más y más de verte a la cara y no tener nada para decirte. Nada que pueda hacernos salir de esta boca de lobo, de esta puta distancia y sus miles de kilómetros.