Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

miércoles, 31 de agosto de 2016

La última cita

Un café de Santiago. Miércoles. 7:30 de la tarde. Mira por la ventana y unas gotas comienzan a caer. El vidrio se empaña con su respiración y con el humo del té caliente. Ha pasado media hora, como también media vida y nada cambia. Le llama por teléfono y no responde. Su vestido bonito en este momento le parece ridículo. No sabe para qué se esfuerza. 8:30 de la tarde. Llueve torrencial, con las mismas ganas que sus ojos en silencio. El té ya está frío y no fue capaz ni de probar un sorbo. Se pregunta para qué lo intenta si no recibe lo mismo. Le llama por teléfono y no contesta. Él le escribe un mensaje y le dice que no ha podido irse. Otra vez. 9:15 de la noche. Él le escribe otro mensaje y le dice que va en camino. Ella siente que ya no vale la pena esperar. Ha esperado demasiado. Le ha pedido que la quiera... como si acaso realmente tuviera que ser una cosa que se pide. Paga la cuenta; el único té sobre la mesa que ni siquiera pudo disfrutar. Se coloca el abrigo y la bufanda, y una lágrima cae río abajo por su mejilla. Cruza la calle y se sube al coche. Llueve muy fuerte. Un tipo se pasa el semáforo en rojo, no alcanza a frenar. El ruido quiebra la noche y la abandona.

jueves, 25 de agosto de 2016

One Hundred Times Deeper (V)

Capítulo V

Al abrir la puerta, mi imagen mental distaba muchísimo de la realidad; cabellos oscuros, tez morena, de altura prominente y cuerpo fornido, como si su tórax hubiese soltado recién las pesas del gimnasio. Sus ojos escondidos tras unas gafas de sol de color negro, una camiseta ajustada bajo la chaqueta de cuero, jeans azabache y zapatos perfectamente lustrados. De su cuello colgaba una cruz de plata y en el bolsillo de la chaqueta se alcanzaba a asomar una caja de cigarrillos. Marlboro Lights. Su rostro más bien inexpresivo, declaraba una cicatriz en el pómulo izquierdo y un arete de oro en ambas orejas. A partir de sus facciones se podía inferir que aquel hombre rondaba los cuarenta y ocho, quizás un poco menos.

Un tanto excéntrico, ¿no?
De seguro tiene complejo de rockero frustrado.

Le extendí la mano y me presenté. 
- Buenas tardes, soy Alexis Wembritte. ¿Usted es Colin?

El hombre miró mi palma abierta y no me devolvió el saludo. Luego, con una sonrisa que me pareció fingida se sacó las gafas y se mantuvo de pie junto a la ventana de la oficina. Yo no sabía cómo reaccionar, ni qué interpretar de su mudez. Tan sólo me quedé ahí parada, sin moverme. Lo primero que pensé fue que tal vez tendría dificultades para establecer vínculos y que entrar en confianza sería un camino largo con él, sin embargo, su estilo Bon Jovi del 2000 no coincidía para nada con su performance. Entonces, mi cabeza siguió procesando sus ideas y recalculó un posible TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo). Quizás, el temor a la suciedad o algo así le impedía establecer contacto físico conmigo y con el espacio de la oficina. Más, nuevamente, las cosas no me cerraban por completo.

¿Qué lo traerá por acá? 
No logro descifrarlo. 
Hay algo en su mirada que...

De pronto, la puerta se abrió nuevamente y una voz fuerte y varonil, decidida pero cálida al mismo tiempo, se oyó desde el umbral.

- Antonio, no lo volveré a repetir. Nadie me dice que no. Ahora no puedo hablar, te llamo más tarde. Envíame los correos que te pedí, los revisaré apenas pueda.

Su perfume inundaba todo el lugar. Mi especialidad de seguro no eran las esencias, pero este era sin duda un muy buen aroma. Equilibrado. Eléctrico. Imaginé una botella curva, de envase negro, como el Armani Code Special Blend. Sí, un olor magnéticamente atractivo.

- Gracias Hassan -dijo al hombre que esperaba en la ventana. Puedes retirarte.

- Sí señor -le respondió.

Entonces me miró a mí y mi rostro se ruborizó en menos de un segundo.

- Buenas tardes, soy Colin Hard.

Su nombre ahora sí que concordaba con la figura que me había imaginado.

Qué guapo es.

Mi mano temblorosa sostuvo la suya y sentí un choque de electricidad contra sus dedos.

El Sr. Hard me observaba detenidamente. Podía darme cuenta de cómo sus ojos hacían un examen mental de mí, de los pies a la cabeza, como si pudiese obtener una radiografía con mi nombre. Vestía un elegante traje azul marino que claramente era hecho a medida, un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta y una corbata de seda bellísima. Sus zapatos de cuero café lucían muy finos y costosos, e iban a juego con un hermoso cinturón. Tenía cabello castaño y un flequillo rebelde le caía sobre la frente. Su sonrisa era perfecta y seductora, la barbilla angulosa y afeitada con precisión, sus ojos eran grandes y de tono verdoso, extremadamente profundos. Tanto así, que me daba miedo sostener la mirada hacia él por demasiado tiempo. 

Deslicé un mechón de pelo detrás de mi oreja para disimular la ansiedad, aunque no sé si con eficacia. 

- Soy Alexis, Psicóloga del Hospital. Tome asiento Sr. Hard -dije, con el corazón a mil por hora.

Creí que iba a desmayarme. De seguro, no tendría más de treinta y seis años.

Era la primera vez en mi vida que tenía un hombre adulto, apuesto y sofisticado sentado en mi oficina. El más atractivo que había visto jamás. 



                                                                        ****


Durante el viaje a casa, desperté con el mensaje del metro que nombraba la estación en la que debía bajarme. Recién ahí me di cuenta de que, a pesar de haber abierto el libro de Kate Morton, El Jardín Olvidado, no había leído ninguna página. Mi cabeza andaba en cualquier parte. No, en cualquiera no. En Colin. Algo extraño me provocaba su mirada, como si pudiera traspasarme y dejar mi cuerpo completamente al descubierto. 

Caminé al departamento y cuando llegué, Susana estaba besándose con un sujeto en la puerta. 

Quién será su nueva víctima...

- ¡Ay!, hola Ali... este es ... un amigo -me dijo colorada de la vergüenza.

- Pedro -agregó él-. Llámame más tarde bonita. 

Yo sólo suspiré. Susana traía nada más que una sudadera blanca y el pelo todo desordenado. Era obvio que habían cogido de lo lindo. 

- ¿Qué tal tu día Ali? ¿Quieres un café? Voy a hacerme uno -me dijo.

- ¡Ali!, te estoy hablando -añadió.

Para variar yo seguía en un universo paralelo.

- ¡Perdón! ¿Qué me estabas diciendo? -respondí.

- Que si querías un café porque yo voy a hacerme uno.

- Claro, gracias.

- Y entonces, ¿cómo te fue? -me preguntó Susana.

- Ocurrió algo de lo más extraño. Tuve un paciente nuevo, y creo que algo me pasó...

- ¿Cómo algo? 

- Sí, no sabría cómo describírtelo. Le pregunté en qué podía ayudarle, al igual que a cada uno de mis pacientes, y él sólo me respondió con la misma pregunta; ¿En qué crees que podrías ayudarme, Srta. Wembritte?. 

- Y, ¿qué le dijiste?

- No sé, fue todo muy loco. Hubo más silencios que palabras, y sentí que todo el tiempo me estudiaba. De a ratos esbozaba una sonrisa y se le formaba un hoyuelo en el rostro que era totalmente sexy. Tenía sus dedos en los labios, con actitud misteriosa e investigativa. Me contó que trabajaba en una empresa de valores, que hacía caridad y que tenía intenciones de viajar a Barcelona pronto. Y al final, cuando adivinó mi confusión, obtuvo de encima del escritorio una de mis tarjetas de visita, la guardó en su chaqueta y me dijo que esperaba que yo pudiera ayudarlo, pero realmente no pude saber en qué. Luego estrechó mi mano y se fue, con una ola de misterio detrás de sus talones.

-¡Ay, amiga! Te gustó, ¡¿no es verdad?!

Mientras pensaba en cómo formular una respuesta a esa pregunta, sonó mi celular. El tono de Sweet Disposition, acusaba una llamada de Borja. 

- ¡Salvada por la campana amiga! Pero no te vas a librar de mí -rió Susana.

- Hola nena -saludó Borja-. ¿Cómo estás? ¿Cómo te fue con tus pacientes?

- Bien cariño, todo en orden por aquí. ¿Y tu audiencia? -pregunté desviando la tensión.

- Larga y aburrida. Aunque ni te imaginas el poco profesionalismo de la psicóloga que está representando a la otra parte. Está claramente sesgada y comprada por el padre. Presentó un informe donde habla maravillas de él y pestes de la madre, lo cual es un error total. Por suerte la perito a cargo no se lo creyó, y está investigando sobre los tratamientos terapéuticos previos del niño para verificar información. La familia está echa un caos eso sí. Mi cliente con unos niveles de angustia por los cielos y el padre da su imagen de figura modelo cual pavo real, cuando todos sabemos que no lo es. 

Toda la conversación de Borja era un momento más en blanco de mi día. Como esa escena de Snoopy en que la profesora le habla a Charlie Brown y él sólo oye sonidos sin ningún contenido. 

- ¿Tú crees que se pueda? -añadió Borja.

- ¿Qué cosa?

- Hacer lo que te pregunté nena... -comentó un tanto irritado-. No me estás escuchando, ¿verdad?

- Discúlpame, me perdí en la última parte -respondí avergonzada para salir del paso.

- Bueno, no te preocupes. Te llamaba porque te echo de menos. Mucho. Y me preguntaba si querrías comer conmigo... dormir juntos hoy...

Silencio, infinito silencio.

- Nena, ¿estás ahí? -agregó.

Por un momento tuve muchas ganas de decirle que sí, y hacer el amor con él toda la noche. Sin embargo, de mi boca sólo pudieron salir dos palabras.

- No, cariño.

- ¿Cómo no? -preguntó sorprendido.

- Me refiero a que hoy no puedo. 



(Continuará).

martes, 23 de agosto de 2016

Sol de invierno (2)

"Cae la lluvia cae y no perdona,
te imagino ahora, solo como yo.
Tal vez, me debo acostumbrar
a hablar con el silencio, la oscuridad".
(Más de la mitad - Camila Gallardo)

¿Será así? ¿Será que eso necesitamos para saber que estamos vivos? ¿El sufrimiento? ¿El dolor?

Tengo tu mentira atragantada,
Y una noche larga, desafiándome.

De a ratos pienso que la distancia está normalizada, y que poco a poco voy olvidando lo que era una sonrisa tuya, como un café con malicia durante una conversación hasta al amanecer. Se van diluyendo las caricias, y ese beso en la clavícula que sólo me pertenecía a mí. Me he quedado con el puto sol de invierno y sus miles de kilómetros, entre mis manos y las tuyas. Quiero que me quieras, como una guirnalda de luces de navidad que nunca muere. Quiero dejar de pedírtelo y que vuelvas a mirarme más adentro (o más al fondo) de mi cuerpo, deseando cada una de nuestras complicidades multiplicadas por sí mismas. Y sin embargo, me espera otra noche larga, larga de observar pasar las horas, de que estás y no te tengo, de que no me ves. Toda la noche oscura, larga y la nieve hasta atragantarme.

lunes, 22 de agosto de 2016

Te pido que me quieras

Te pido que me quieras,
como se quiere a un mar desbocado en pleno en invierno,
como se quiere a un relámpago cayendo en medio de la lluvia,
como se quiere a los caballos salvajes que corren libres por la pradera,
así te pido que me ames,
sin descanso ni a mitades
sino que con todo el universo estallando en mil pedazos.

Te pido que me quieras,
con cada porción de oscuridad que talla mi sílex,
con cada centímetro de impredictibilidad,
con cada fragilidad que rodea las partes de mi cuerpo,
así te pido que me ames,
sin tregua ni condiciones,
sino que con todo el universo lanzándose al vacío.

Te pido que me quieras,
que me des la siesta de verano bajo el sol,
y al mismo tiempo el huracán que arrasa mis sentidos,
que me des la mano para caminar juntos,
y al mismo tiempo el desenfreno que pide por tu nombre,
así te pido que me quieras,
sin porcentajes ni censuras,
sino que con todo el universo renaciendo como un fénix.

viernes, 19 de agosto de 2016

Explosión


"Mi forma de tocarte te hará caer al suelo y en el suelo yo estaré esperándote".
(Pablo Fidalgo Lareo)

Si algo he podido descubrir en el último tiempo, es que a veces, esa luna llena, grande y amarilla, como la que pude ver ayer, justo antes de que amaneciera en mi camino al trabajo, esa esfera infinita, sabe mucho más de mí que yo misma. Por las noches la veo escrutarme desde el rabillo del ojo, como diciéndome que conoce mi impaciencia, la furia, lo salvaje y lo intranquilo. Que puede palpar cada una de ellas y traspasarme. ¡Qué descaro! Y al mismo tiempo, es justo eso lo que hace que de cuando en cuando me de miedo su híper vigilancia, y esa actitud engreída cuando me mira, como diciéndome "te lo dije". ¿Qué me dijiste? ¿Qué la vida no se trata de frases tontas y cursilerías? Bah, si eso ya lo sabía yo. Muy a mi pesar, claro. Pues ojalá cada momento estuviera compuesto de lírica. Ojalá cada sentimiento de melancolía fuese acompañado de una melodía de Amélie tocada en piano. Ojalá cada sensación de esperanza y valentía la redondeara un violín de Concerning Hobbits. Ojalá cada día hubiese un Pablo Fidalgo, Mario Benedetti, Julio Cortázar, etc, susurrándote al oído y haciéndote sentir que hasta el amor en sí mismo puede ser imperecedero. Que sólo basta una caricia para llevarte al cielo. Que sólo basta el romance para llenar la vida de poesía. Claro, absolutamente cursi, ¿verdad? Más, aquellos que vivimos de lo elevado, de lo intenso, de la pulsión rugiente, ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo vivimos sin sentir que morimos a cada segundo? Que al morir entregamos todo y volvemos a renacer. Que no se puede amar sin caerse al vacío. Que no se puede vivir si no es con todos los sentidos y alientos en una hermosa explosión. Algo de misterio debe haber, algo de magia. Si no, no entendería por qué eso indómito, eso oscuro, es atractivo. No entendería por qué, mis propios dedos no pueden parar de agitarse y de anhelar algo que no existe.