Era un día sábado, y dos rayitas tenían la verdad absoluta sobre la vida, literalmente. Sorpresa, miedo, júbilo, todo mezclado en la juguera como un enorme batido de frutas. Y al final, el día en que lo(la) ves en la pantalla sólo puedes morir de amor, porque sabes que un pequeño corazoncito empieza a existir, a inundarte de alegría desde lo más adentro que se podría estar. Ya no eres una, sino dos. Con todo lo dulce que significa imaginar, sentir, esperar y querer hasta el infinito y más allá, pero también, con todo lo amargo de los primeros meses, el malestar, las dudas, los temores. Hace unas semanas comencé a escribirte en un cuaderno, como si con ello pudiera hablar contigo y decirte lo mucho que te amo. Pienso que algún día, puedes querer leer tu historia, lo bonito que es que dos personas tengan tanto amor el uno por el otro que deseen sembrar un pedacito de ese amor y crear algo maravilloso; tú. Así nos sentimos tu papá y yo. Este regalo tan mágico es algo indescriptible, algo inmenso, como si de ahora en adelante ocupara cada uno de mis espacios; la mente, los sueños, el cuerpo y el alma. En unas semanas más volveremos a encontrarte en la pantalla, y me parecerás la obra más hermosa y magnífica que ha visto el universo. Muero de ganas de saber quién eres, y entonces poder dejar de llamarte "mi pequeño corazoncito" para pasar a darte un nombre que represente todo lo que más quiero en este mundo. Por el momento, sólo puedo decirte que el anhelo de esperarte, de conocerte y mirarte a los ojitos, es superior a cualquier cosa que haya sentido antes, así que sigue creciendo, feliz, en el agua calentita, en ese lugar que ahora es tan tuyo como mío.
