Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

viernes, 29 de noviembre de 2019

Carta número 900

Cuánta historia entre carta y carta.
Esta vez sí que me sorprendo a mí misma, con toda esa vorágine de agua que ha pasado debajo de mi puente, de esa construcción propia, sencilla pero aguerrida, que tanto me ha costado levantar, que tanto luché para tener. 
Cuando escribí la última carta, hace ya algunos años, hablaba de la soledad y del destierro, pero especialmente, sangraba dolor, un dolor muy profundo, muy primario, muy agónico. Hablaba de la muerte de una etapa, del fallecimiento de una capa de piel mía también, y del inicio de una era que me daba un miedo terrible. Una era que estaba plagada de temores, entre ellos, el miedo a no ser libre, a no poder amar a un otro de nuevo, y el más inmenso de todos; el miedo a no ser feliz con nada. Y aún en ese entonces, mi cuerpo y mi mente ya sabían que tampoco se podía seguir corriendo, ni escapando, ni metiendo la cabeza debajo de la tierra como un avestruz. 
Y hoy, cuando estoy en los 900, verdaderamente siento que mucho ha avanzado. De a poco las aguas se fueron aquietando y en vez de ser un cauce impetuoso que parecía inundarlo todo, pasó a ser un riachuelo, que con suprema calma, lograba alimentar un pasto verde para hacerlo crecer y poblarlo de flores, de vida, de paz. Yo volvía a casa, por ese río, por ese puente, pero no a cualquier casa, no a la antigua, sino a una que había edificado ladrillo a ladrillo, como una tabula rasa. Y ya no regresaba como soldado, sino que de mujer común. Regresaba con las manos limpias, la mente esperanzada y el corazón abierto. Tan abierto, que sin darme cuenta, los peces fueron abundantes en el río, el trigo en las praderas, la luz en las ventanas, el calor del sol sobre mi cara. Y entonces, olvidé los temores y acepté que algunas cosas no las podía controlar ni cambiar, que no dependían de mi voluntad, sino que más bien, en ocasiones estaba bien soltar, y dejarse llevar. Me concentré en mí, aprendí a disfrutar, cociné hasta que el arroz estuvo listo y me lo pude comer con tranquilidad. Recién ahí, en esos pasos que parecían insignificantes, mi universo se empezó a trasladar y a transformar. Acepté la vida, acepté el dolor, acepté la alegría, el amor y lo dejé entrar. 
Y hoy, cuando estoy en los 900, he pasado de quejarme, de sentirme sola a vivirme intensa en mi propia calma si es que acaso esa contradicción es posible. Siento el equilibrio y abrazo el impulso, siento el goce y tolero lo más agrio, siento la euforia del amor y acepto sus estancamientos. Todo lo recibo en su punto medio, entendiendo que no se puede estar arriba sin sentirse a veces abajo. Que no se puede volar sin caerse de vez en cuando. Pues estar abajo, y caerse, también es parte de la vida, parte del proceso y no por ello significa la muerte. He trabajado duro (y continúo en ese camino) por entender, por aceptar, por liberarme de las cadenas, muchas de ellas, prisiones mentales en las que a veces uno se encarcela sin ser conscientes del auto sabotaje, del daño que nos hacemos sin querer queriendo. Ya no me siento como Éowyn, ni como Frodo, me siento un poco Arwen disfrutando de la vida mortal y del amor aún a pesar de sus limitaciones o fragilidades, y al mismo tiempo, me siento como si hubiese realizado un viaje a las Tierras Imperecederas, donde por fin puedo ver las cosas con claridad al final de la cortina de plata. 

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Anahís

Anahís entrega su cuerpo libre y se deja llevar. La música sube lentamente como aire para sus pulmones, y entonces cada uno de sus músculos entran en sintonía con el momento, se mueven al galope con vida propia. Ella baila sola en la mitad, como si fuese la única mujer en el lugar. Los ojos cerrados, la luz por todas partes, la bulla de la multitud, el cabello como seda cayendo por su espalda, sus poros sudorosos abriéndose uno a uno, las caderas zigzagueantes y alborotadas. El mundo se hace cada vez más pequeño y ella tan grande, y nada ni nadie puede detenerla. Anahís se vuelve traslúcida, entrega su cuerpo libre y se deja llevar. La energía se convierte en alimento para sus labios, y entonces cada parte de su ser se electriza como hielo deslizado muy despacio sobre la piel. Mientras los parlantes retumban, en su interior hay un único sonido; la oscuridad hecha poesía cantándole al oído, tanto así que pareciera que puede levitar y despegar sus pies del suelo. Anahís da permiso al roce, entrega su cuerpo libre y se deja llevar. Siente su figura poseída y no le pone trabas para bailar.  Ella sola en la mitad, como si fuese la única diosa en el lugar. Los ojos continúan cerrados, la luz por todas partes, la efervescencia de la multitud, el rocío de una flor cayendo por su cuello. El mundo se hace cada vez más pequeño y ella tan grande como una supernova que nada ni nadie la puede detener. 

martes, 26 de noviembre de 2019

Del amor y otras adicciones (2)

Lejos de la gran ciudad, en una pieza empapelada con páginas de The Clinic, se teje más que una aventura de amor. Sí, continúa la miniserie que habla de reconquistas con gusto a porno y a otras adicciones. 
Comienza con una mujer y un grupo de personas reunido en una fogata en la montaña. El telón de fondo, es un canto a la madre tierra, un agradecimiento a la vida, una necesidad de volver a ser sólo mujer sin ningún otro apellido. Y en medio del fuego, de la embriaguez del momento, ambos se miran, o más bien ella le deposita una imagen a través de las pupilas, sí, una imagen de lo que podría suceder. Él se aproxima y le toma de la mano. Ella entiende perfectamente lo que sigue y muere de deseo.
La caminata en silencio hasta la habitación es como la crónica de una dulce muerte anunciada; el erotismo en su máximo esplendor y la ansiedad por las nubes. El desierto, los cáctus, el grupo, la fogata, todo va quedando atrás muy despacio. Ella siente que le tiemblan las caderas y que una súbita oscuridad le va corriendo desde la punta de los pies a esa clavícula maligna, la suya. 
Suben las escaleras de caracol hasta una puerta que tiene grabado en tiza sus nombres y ponen llave a la chapa detrás de ellos. Ella entiende perfectamente lo que sigue. Él recibe la promesa de la noche y le sonríe. Cada una de sus dudas, cada porción de sus defensas, se han quedado en esas escaleras para liberar lo que más ansían; lo salvaje. 
La pieza está sumida en la penumbra, y la única música que se oye viene de los antepasados que han bajado a bailar en ese territorio sagrado. Él la apoya contra la pared. Sí, porque tiene claro que con ello puede desbaratar los botones de sus jeans sin oposición alguna. Ella no deja escapar ningún segundo. Cede. Acepta. Quiere. 
Para cuando abandonan la ropa, dos relámpagos han caído sobre el techo empapelado sin misericordia y sólo diez centímetros separan su cintura de la lujuria. Él respira el pecado (a ella), y desde allí recorre su cabello, su perfume, su curvatura hasta el suelo. Sí, porque tiene claro que con ello puede hacerle estremecerse por completo sin siquiera tocarle. Ella entiende perfectamente lo que sigue. Desciende su encaje, la última porción de tierra sin conquistar todavía. Intuye la humedad, la necesita. Ella muerde sus labios y se agita su respiración. Todos los demonios tienen permiso para salir esta noche. Y entonces, un único beso en esa maligna clavícula basta. Él lo tiene claro. 
Su cuerpo aparece desnudo ante el brillo de esa luna llena, sin preguntas y con todos los anhelos sobre la cama. Ella sigue su ejemplo, y lo empuja sobre el colchón para tomar las riendas de lo que le pertenece (a él). Y así, en ese reencuentro sin apellidos se hace palpable la definición de lo indómito, la furia interna, ese instinto tan primario, tan propio de ella. Ambos se miran como fuego que quema y él la besa, justo ahí donde se multiplican cada una de sus súplicas.
Entonces ella danza con los lobos y en una inclinación hacia su oído le susurra; -Soy adicta a que digas mi nombre. Soy adicta a que me quites la ropa. Soy adicta a que muerdas mis pechos. Soy adicta a tu boca en mi universo. Soy adicta a sentirte tan dentro-. Y de ese modo, él también entiende perfectamente lo que sigue, y todos los papeles de ese cuarto desfallecen. 

lunes, 25 de noviembre de 2019

Antonella

Antonella se sienta frente a la máquina de escribir con una hoja de Nepal en blanco. Siente que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo ahí, en ese universo tan suyo, en ese escritorio que almacena alegrías, amores, secretos, inseguridades y también, una que otra angustia. Sus dedos sienten las teclas y es como si nunca se hubiese ido. Todo comienza a brotar como una música fácil, y entonces, las palabras emanan del manantial de la vida; lo atesorado y lo sufrido en su máxima intensidad. Antonella sonríe, sus pies se mueven inquietos y los dedos corren a toda velocidad por esa máquina tejedora de ilusiones. Ella piensa; ¿cómo resumir un año de aprendizajes, de desconcierto y complicidad en una sola hoja? Se ha caído, y se ha vuelto a levantar en un camino profundo y transparente de crecimiento. Y eso la ha hecho sentirse más grande, más valiente, más viva, más enamorada que nunca. Antonella deposita su fe por completo en esa página blanca, como si ésta viniese a ser la próxima testigo de todas las emociones que han circulado por ese corazón aguerrido, pero al mismo tiempo, tan vulnerable. Sí, esa hoja de Nepal tiene el poder de recordar las historias y las desventuras, y entonces, cuando la sangre misma se detenga, Antonella sabe que al final de aquellas líneas solo existe una única nota al pie de página que sea posible; amar y seguir amando. 

jueves, 22 de agosto de 2019

Arizona

Arizona siente ese escalofrío que le recorre todo el cuerpo, esa electricidad que va desde la punta de los dedos de los pies hasta la espalda que se arquea como una felina. Se estremece y sucumbe a una respiración agitada, a un canto brutal, a unas palabras de acero candente en el oído. Y cuando esa música suena, Arizona sabe que no importa dejarse dominar, que quiere y desea entregarse por completo; su lado subterráneo, la parte que a veces se avergüenza de sí misma, e incluso esa porción de tierra indómita que sólo muestra en secreto. Porque cuando él toma la rosa, la hace suya con espinas y todo. Y entonces, la posesión se vuelve un acto sagrado, sempiterno. Arizona brilla en su desnudez, con la piel erizada en cada uno de sus rincones. Su camino de lunares danza. Afloja, se rinde. Muerde los labios como si el mejor de los placeres le arrebatara la determinación y el coraje. Porque cuando él le roza con los dedos y le graba su lengua por la clavícula, la hace suya con estrellas y tormentas eléctricas. Y entonces, el clímax se vuelve un acto sagrado, inminente. 

miércoles, 21 de agosto de 2019

Adela

Adela despierta por la mañana como el inicio de un cuento de niños; érase una vez. Y a continuación de esas líneas, se escribe una historia repleta de huecos y goteras que es tapada con una hermosa casa de muñecas en color celeste, persianas blancas y con tejado castaño. Adentro vive una Barbie maravillosa con una sonrisa que hace imaginar una vida llena de éxitos. Adela se mira en el espejo y lo ve; el cuerpo desnudo, las constantes preguntas, las heridas invisibles, la insatisfacción, la soledad reinante. Sabe que la narración es más falsa que su cartera de Louis Vuitton, una imitación, y como tal, deja mucho que desear. Pero por alguna razón, es lo único que le queda para seguir funcionando. Sí, tiene que aferrarse a ella con uña y dientes, aunque no sabe bien por qué. Una parte de ella piensa que decirse que los cuentos tienen unicornios, arcoíris, doncellas rescatadas y finalices felices, es la manera de sobrevivir. Una parte de ella piensa que el orgullo y los prejuicios no son obstáculos para el romance de película, que los amores fulminantes no son mera ficción. ¿O sí lo son? Adela se maquilla para disimular su palidez, se pone los labios de rojo. Se viste de traje, se sube a los tacones y se mira por última vez en silencio. La vista fija le dice algo pero es mejor no escuchar. Toma sus llaves, abandona la casa de muñecas y luego el cuento sigue, tal y como se supone que van las grandes historias de amor. 

lunes, 8 de julio de 2019

Alma

Alma podría recitar poemas de memoria o leer novelas completas en una sola noche. Podría resolver ecuaciones químicas, reconocer las banderas de los países e incluso dar cátedra de reglas ortográficas, pero cuando se trata del amor, ni siquiera Alma tiene todas las respuestas. No hay sólo blancos o negros. No hay cosas simples, aunque a veces parezca que lo son. Es como la ley del multiverso; existen demasiados universos con naturaleza propia, que suceden como realidades alternativas a cada momento, con hipótesis diferentes, con historias que dependen de fragmentos de segundo, de  personas, de decisiones, de miradas y de besos que se dan o no se dan. Alma dijo sí con sorpresa y alegría, como si tanta emoción no pudiera contenerse dentro de una misma piel. En el otro universo, Alma muere de miedo de que enamorarse lo cambie todo, o más bien dicho, le aterra que sus soledades puedan recrearse y repetirse. 

miércoles, 3 de julio de 2019

Ámbar

Ámbar no sabía que reír tanto podía producir dolor físico. Y esa taza de café compartida a las tres de la madrugada mientras afuera la lluvia estallaba fuerte contra el pavimento le parecía surreal, como sacada de una película de amor adolescente. ¿Casualidad? ¿Destino? Ámbar pensó que cuando menos planificas suceden cosas así; como un guante lanzado a la nieve que alguien encuentra, o como dos ojos que se conocen de toda la vida pero se ven por primera vez. Las manos le tiemblan inseguras, pero el resto de su cuerpo electrizado tiene las certezas. Se dice, "quizás esto es". Y una música de James Bay le recorre por las piernas; "Put your hands on my body just like you think you know me, want your heart beating on me, don´t leave me hot and lonely, I don´t usually give in to peer pressure, but I'll give in to yours", como diciéndole que está bien aflojar. Ámbar le entrega su número con una sonrisa, y entonces, la promesa de una eternidad queda sellada en una servilleta de papel.

miércoles, 26 de junio de 2019

De la disociación

Había una vez, una niña de ojos grandes que vino al mundo cargada de expectativas, unas explícitas y otras menos conscientes. Todos la amaban mucho. Y eran tantas las ansias con que la esperaban, que hasta le pusieron un sobrenombre que la marcaría por el resto de la vida. Y así, con toda esa fe depositada en ella, creció con una lista de cosas que se suponía que debía ser y hacer, y tuvo poco espacio para pensar en si eso le hacía sentido, le acomodaba o le parecía bien. Sólo había que hacerlo y punto, porque con ello podía complacer, con eso parecía que los demás estaban contentos, con eso parecía que las cosas iban mejor. Ella quería mirar los pájaros, tener calma, pero eso no bastaba. Ella quería estar en silencio, dibujar, pero eso no estaba dentro de los estándares. Ella quería leer, escuchar la melodía del aire, pero le decían que afuera había más. Y así, con todas esas ideas de cómo tenía que comportarse, siguió creciendo como si una parte de ella no le perteneciera. Esa parte, la niña 1, se dijo a sí misma que tenía que dejar de ser niña, y con la frente en alto, tomó su mochila de deberes y se exigió. Se instó tanto a cambiar y se trabajó a sí misma, porque eso le habían dicho que tenía que hacer. Sin embargo, lo terrible de esa exigencia, es que en su fuero interno sentía todo el tiempo que a pesar de su gran esfuerzo, sudor y lágrimas, nunca era suficiente, nunca podía cumplir. La otra parte, la niña 2, se quedó llorando, asustada en un rincón. Días después, se armó de valor y montó a caballo, libre. Galopando con el brillo del sol sobre su rostro se alejó a unas tierras secretas y comenzó a plasmar historias de amor. Se sentía salvaje, eterna. Una noche, se desató una gran tormenta en el mundo. Soplaron los vientos, se cayeron los árboles, se volaron hasta las casas. No quedó nada de pie. Con mucho miedo, las niñas llegaron por caminos diferentes a la misma cueva. De pronto, en lo más profundo se encendió una luz, y entonces, se miraron extrañadas, como si esos ojos grandes se reconocieran, como dos hermanas gemelas que se hubiesen separado tanto tiempo atrás.

viernes, 17 de mayo de 2019

Sobre el origen del ruido

Hay películas que me recuerdan ruidos. Que me hablan de ruidos. Que me hacen escuchar ruidos. Parecen silbidos o silencios inquietos, o vacíos internos, no lo sé. Pero la mayoría de las veces, suenan a ruidos molestos, a ruidos que angustian a las personas, a ruidos que te llevan a dejar todo lo conocido, todo lo que se suponía te hacía feliz por vaya a saber qué. Sí, como esa escena de Sally intentando atrapar el escarabajo debajo de las maderas del piso en Practical Magic, o esa escena de Legends of the Fall donde Tristan abandona lo único que ha amado y le ha dado estabilidad, o esa escena en The Escape, donde Tara va en el tren hacia París, o esa escena en Pride and Prejudice donde Lizzie está en la cima del monte. 
Siempre he sentido que estoy rodeada de esos ruidos. Que en los condenados inviernos dejan de ser sólo ruidos y se transforman en gritos, en sombras vociferándome. Pero en realidad, no es culpa del invierno, ni de mi acostumbrada melancolía. Los ruidos siempre han estado ahí, a la espera, como un telón de fondo a punto de abrirse, como un tambor nervioso antes de la batalla. Toda la vida he ocupado la palabra desasosiego e indómito para ese ruido, y con frecuencia lo he mirado como algo negativo, como algo que tengo que apagar, desenchufar, evitar. Sin embargo, miro para atrás y en la práctica nunca he podido hacer oídos sordos. Los ruidos siempre han estado ahí. 
Por estos días he estado leyendo "Mujeres que corren con los lobos". Hoy me pregunto a veces, si acaso la respuesta es escucharlos en vez de ponerle tanto esfuerzo a apagarlos. Me pregunto sobre sus orígenes. Me pregunto qué es lo que me quieren decir. Me pregunto por qué siento ese hueco que no puedo llenar, ese desasosiego, eso que no me deja respirar. Me pregunto de dónde viene, cuándo surgió, y por qué me tiene siempre la vida tan hecha un desastre. 

martes, 16 de abril de 2019

Del soldado y los molinos de viento

Han pasado años desde el destierro, como si el viento hubiese soplado todas las arenas para dejar el campo despejado. Sin embargo, no es cierto. Hay cosas que el viento no ha podido despejar. Hay cosas que las arenas no han podido remover. Hay cosas que el tiempo no ha podido aclarar. Y aún cuando ya no se está en el medioevo, una parte del soldado sigue sintiendo que hay batallas que ganar o castillos que defender. Se siente como el Quijote confundiendo molinos de viento con enemigos. Pero, ¿por qué? Quizás, una parte lastimada de él ha quedado con problemas de confianza para siempre. La traición es algo difícil de olvidar. El abandono es un daño tan primario, tan profundo. Y entonces, tal vez, el soldado cree que la armadura es lo único que lo puede proteger. Pero, ¿de qué? Hoy, el soldado tiene un puñado de niños con rizos dorados, una mujer maravillosa, una tierra fértil que es suya, un trabajo que ya nada tiene que ver con lanzas y cascos, y aún así, una parte de él continúa sintiéndose soldado, como si no pudiese quitarse el escudo de la espalda, como si todavía no pudiese bajar la guardia. Pero, ¿por qué? ¿A qué le tiene miedo? El soldado se siente a veces vulnerable y pequeño como un niño. Tiene tanta necesidad de que alguien le haga cariño en la nuca hasta que se duerma. De que alguien le asegure que las cosas estarán bien. De que aquello que ama no se irá a ningún sitio. Y al mismo tiempo, otra parte de él se siente incompleto, insatisfecho, como si tuviese un hueco gigante dentro del pecho que no pudiese llenar con nada. Y ese ruido, el silbido de lo vacío le incomoda, le inquieta, lo desajusta de vez en cuando. ¿Qué le falta? El soldado pasa los dedos por las espigas de su campo y no encuentra el sentido, no halla las respuestas, no sabe cómo quitarse el traje que de a ratos pareciera más bien esclavizarlo en vez de engrandecer. 

jueves, 31 de enero de 2019

Jodida vida (2)


Hoy llego a casa con tanta tristeza. Me da vueltas la cabeza de pensar que no sé si la libertad humana exista. Ni la misericordia. Ni tampoco la evolución. Miro para atrás y eso que yo veía tan lejano, eso que supuestamente ya no me perseguía, de una u otra forma se las arregla para volver. Sencillamente está impreso en mis genes, en mi manera de ver el mundo, en mi modo de aproximarme a las personas. Ahí voy yo, creyéndome superada, lo máximo, pero al final, sigo siendo sólo el mismo viejo estropajo. Y peor. Cargando mi pesado escudo y la lanza para todas partes, ¿no? Y entonces me veo en el espejo y mis ojos tienen la misma puta palidez de siempre. La cronicidad. La miseria. Siento que nunca voy a poder quitarme estos fantasmas de encima. Ni las malas costumbres. Ni tampoco eso que tanto odio. Siento que tal vez, el amor no está hecho para gente como yo y ya está. Estamos jodidos para toda la vida, ¿no? Y a pesar de lo inimaginable, nos volvemos a levantar. Nos alimentamos de deseos, de expectativas, de ilusiones y nos compramos esas fantasías de mierda creyendo que con eso alcanzaremos lo que todos hablan que hay que buscar; la felicidad. Más, al final del día, no hay felicidad ni cuento de hadas. No hay ni una puta manera de avanzar. Ni de arrancarte la piel. Ni tampoco de soltar lo que creías habías dejado atrás. 

One Hundred Times Deeper (VII)

Capítulo VII

Me quedé rígida y sin poder articular un puto sonido por una eternidad, o eso me pareció a mí. 

¡Qué me pasa! ¡Di algo por Dios!

Mientras tanto, el Dr. Fernández seguía mirándome con ese aliento alcoholizado, como a la espera de que yo saliera de mi estado de coma mental. 

- ¿Le comieron la lengua los ratones, Srta. Wembritte? - dijo él para llenar ese silencio embarazoso. 

- Ehhhm, hola Doctor. No esperaba encontrarlo...

- ¿Qué dijimos Alexis? -me interrumpió con su habitual tono de reprobación, cual padre castigando a una hija que se ha portado mal. 

- ¡Ah!, sí... No esperaba encontrarte aquí... Ramiro -señalé asustada e incómoda de tratar al jefe como si fuese un amigo entrañable de toda la vida. 

- ¿Acaso un hombre soltero como yo no puede pasarla bien Alexis? -me preguntó al mismo tiempo que acortaba el espacio entre su cuerpo y el mío.

- ¡Tengo que ir al baño! -exclamé nerviosa con su cercanía.

¿Al baño? En serio!!!! 


Alexis inundó su cara de agua y al mirarse en los espejos del lavabo, no podía creer que la vida fuese tan antojadiza como para tamaña coincidencia. De todos los clubes de Madrid, justo Ramiro tenía que estar en el mismo que ella. Aliviada de que un cuarto entero los separara, pensó que la culpa era suya. Claro, por aceptar ponerse esa ridiculez de vestido, por acceder a salir con Susana, por estar sin su novio. Por pensar cosas que no tenía que pensar. Y cuando terminó de arreglar su maquillaje, se dispuso a salir del baño pero una mano en la puerta la detuvo. 

- Tengo una mejor idea, Alexis.

Y la puerta se cerró nuevamente tras ellos.

Confundida y sin saber cómo reaccionar, Alexis se quedó pálida e inmóvil. 

- Una vez te dije que me gustaba que las becadas estuviesen en su cien por ciento, ¿verdad?. Dispuestas a entregarlo todo. ¿Te acuerdas? -agregó-. Creo que este es el momento de demostrármelo. Y este baño me parece fascinante, ¿no crees?

Entonces, Alexis entendió. 

¡¿Cómo salgo de aquí?!

Desesperada, empezó a imaginar mil formas en su cabeza para intentar escapar, más todavía estaba demasiado impactada para mover siquiera un dedo de los pies. 

- Vamos, todas siempre quieren Alexis -añadió el Dr. Fernández, pasando su asquerosa lengua por la oreja de ella. 

- Doctor, creo que está equivocado, yo..., tengo que salir, me están esperando afuera -respondí muerta de miedo y echa un manojo de nervios. 

- ¿Salir? Pero si estamos tan bien aquí Alexis. Vamos, relájate. Te va a gustar. Te lo aseguro -dijo cada vez más cerca, tanto, que ella pudo sentir su creciente erección.

Alexis se armó de valor y sin saber muy bien cómo, lo apartó con un empujón.

- Dije que quiero salir, muévase de la puerta o voy a gritar.

- ¿Gritar? Estamos en un club Alexis. 

¡Rayos! Es verdad. 

La música estaba tan fuerte que apenas podía oír sus propios pensamientos. 

Tal vez pueda llamar a Borja... no, se demoraría mucho en llegar. 
Y Susana... jamás va a ver su teléfono. 
¡Cristóbal! Sí, él me puede ayudar.

Alexis intentó sacar su iPhone de la cartera y se dio cuenta de que no lo tenía.

¡Maldición! Lo dejé encima de la mesa. 

Ramiro volvió a acercarse a Alexis hasta dejarla pegada contra la pared.

- No te hagas la mojigata Alexis. Con ese vestidito sabes que esto es lo que quieres -señaló Ramiro, obligándola a poner su mano en la polla del doctor. 

- ¡Suélteme! -gritó Alexis-. ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Sáquenme de aquí!

Mientras Fernández continuaba intentando arrinconarla, Alexis sólo pensaba en cómo salir de allí y salvar su integridad, pero no había nada con qué pegarle y no tenía la fuerza para oponerse al cuerpo fornido y sudoroso del doctor. Menos aún con todas las copas de Aperol que había bebido.

Al cabo de unos segundos de inmenso terror, un estruendo se escuchó desde fuera y la puerta se abrió.

Otra vez, Alexis no daba crédito a sus ojos.



                                                                         ****


No sabía qué hora era cuando despertó, pero lo que sí estaba seguro, era que le dolía la cabeza. Y mucho. El condenado Aperol pensó.

¡Nunca vuelvo a beber!

Con la luz de la ventana encandilándole el rostro, se dio cuenta de que las sábanas no eran las suyas. Tampoco el velador, ni la cama, ni la pieza.

¡¿Dónde demonios estoy?!

Sus recuerdos algo confusos le decían que algo extraño había pasado, pero tenía bastantes lagunas mentales. Susana. El Club. Cristóbal y Paula. Los bailarines en la barra. Las botellas de Aperol. El Dr. Fernández. Y en ese momento, Alexis pensó lo peor.

¡Ay no! Por favor que este no sea su apartamento. 

Nerviosa, miró debajo de las sábanas. Traía una camiseta que no era suya, pero sus bragas estaban intactas, lo que pensó que era una buena señal. A la rápida, revisó si tenía su teléfono, o la cartera, pero no había nada. En esa inmaculada y perfectamente decorada habitación, sólo estaba ella y el silencio.

Tras levantarse de la cama y arreglar un poco su cabeza desgreñada, se asomó despacio fuera de la pieza, a ver si con ello encontraría las respuestas a ese vacío mental. Sin embargo, nada. No había un alma en ese lugar.

Recorriendo aquel misterioso apartamento, pensó que tal vez encontraría fotografías o algo que pudiera darle luces sobre su dueño, pero nada otra vez. Cuando llegó al living, a Alexis le pareció que era lo más majestuoso que sus ojos habían visto jamás; unos hermosos sillones color crudo con cojines en tonos pasteles, una gran mesa de centro de vidrio y fierro envejecido, una chimenea eléctrica de última generación, estanterías de libros, unas pinturas de estilo abstracto de artistas que no conocía y un piano de cola que era su sueño de toda la vida. Siempre había querido aprender a tocar el piano.

La vista de la ciudad era sin duda una apología hacia la belleza. Los luminosos ventanales que se encontraban a lo largo del piso le permitían ver las calles de Madrid y sus modernos rascacielos desde las alturas. Caminando hacia la habitación contigua, Alexis descubrió un lujoso y liviano comedor de madera de doce sillas que bien podría haber pertenecido a los mejores diseñadores del país. Y al entrar en la cocina, quiso fallecer con ese amoblado espléndido en tonos grises, que tenía una hermosa y gran cocina en el medio, como esos apartamentos vanguardistas de las revistas de decoración para millonarios. Aproximándose hacia el mesón principal, vio que había una bandeja de desayuno y en ella, una nota que decía;

[Debes aprender a cuidarte mejor. Cierra la puerta cuando salgas por favor.
Ah..., y me tomé la libertad de comprarte otro iPhone.
No pudimos encontrar tus cosas.
-C-].

Alexis respiró aliviada. Por una parte, ya sabía que este mensaje no podía ser de Ramiro, y que por lo tanto había sido rescatada de ese abusador de pacotilla. Y al mismo tiempo, una ola de intriga invadía esta nota, este apartamento y lo que había ocurrido al final de esa fatídica noche.

¿Quién rayos es C?
¡Por qué no puedo recordar!
¿Será que me líe con alguien?

Entonces, pensar en Susana y en que ella podía completar los fragmentos perdidos la llevó a coger sus tacones y salir pitando de allí lo más veloz que pudo.


Cuando llegó de vuelta a casa, Borja estaba sentado en las escaleras del recibidor.

Alexis enrojeció de la vergüenza al darse cuenta de la mirada fulminante de su novio.
Y de que la había cagado hasta el fondo.

- Te llamé 30 veces.

Por Dios, ¿qué le voy a decir si ni yo me acuerdo de lo que pasó?
Me va a matar. 

- Vine a tu casa y no había nadie, Alexis. He estado muy preocupado. ¿Dónde demonios estabas? -preguntó Borja lleno de furia-. Pero claro, esa ropa lo dice todo, ¿no es así?

- Borja, yo...

- Nada de Borja, Alexis. Estoy muy decepcionado. ¿Qué coño te pasa que ya no contestas mis llamadas? ¿Por qué no me escribes? ¿Por qué no quisiste juntarte conmigo? ¿Sabes?... pensé que te habías quedado dormida o algo así. ¡Qué ingenuo!, ¿verdad?

- No digas eso... -le respondí al tiempo que intentaba abrazarlo.

Borja se echó para atrás y tomó distancia.

- ¿Te liaste a otra persona? ¿Estás con alguien más?

- ¡No! ¡Te lo juro que no! -exclamé.

- ¡Pero qué ostras quieres que piense Alexis! -gritó Borja-. Vienes recién llegando, ¡no he sabido de ti en horas! -continuó vociferando.

- Entremos y te lo explico todo -dije con un sentimiento de culpa más grande que el tamaño de un elefante.

- No, sabes... me quiero ir. Hablamos después.

- ¡Por favor Borja! -supliqué.

Pero era demasiado tarde.

Con enorme tristeza, Alexis entró a su apartamento y lo primero que hizo fue darse la ducha que tanto necesitaba. Sí, sacarse ese estúpido vestido, quitarse el recuerdo de Ramiro intentando aprovecharse de ella y limpiar el remordimiento que le recorría todo el cuerpo.

Después de peinar sus cabellos y ponerse su ropa cómoda, cogió el nuevo iPhone para llamar a Susana, sin embargo, se dio cuenta de que no recordaba ninguno de sus números de contacto.

¡¿Dónde está cuando la necesito?! ¡Rayos!

Frustrada, Alexis se dejó caer en el sillón frente a la Tv esperando que con ello pudiese evadir sus sentimientos de culpa hasta que llegase Susana. Su cabeza todavía carecía de claridad, y estaba segura de que en cualquier momento le explotaría. Mientras iba con histeria de canal en canal, sonó la mensajería de su teléfono.

[Mira en tu puerta. Todo lo que necesitas para la resaca está ahí.
Espero te sientas mejor.
Un beso.
-C-.]

Alexis leyó el mensaje extrañada y un tanto incrédula. Al abrir la puerta, efectivamente había una canasta con un hermoso girasol, una botella de Gatorade, una caja de Tylenol, un jugo de naranjas, una banana y una barra de chocolate. Y al costado, una nota que decía: "20:00hrs."

¿Quién eres C?
¿De dónde nos conocemos?

 Alexis no sabía por qué una parte de su corazón latía frenéticamente.

       
                                                                        ****

(Continuará).