Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

lunes, 6 de julio de 2009

Duele fingir

Es difícil sentir cosas y tener que parecer una sonrisita contenta, una boca estirada constante. Es casi absurdo tener que incluso hacerlo. Y sin embargo, existen ocasiones donde no queda otra alternativa. Sí, duele, duele fingir que todo está perfecto cuando sientes que te duele. Es un dedo presionado en una arteria del corazón, una cuchilla incrustada que no lo deja respirar, que no deja que la sangre siga corriendo normalmente. Lastima, hiere tener que saludar a personas que sabes que si no fuera por mera cortesía, e incluso por dignidad, no saludarías. O tener que responder sus preguntas, cuando por otro lado, quisieras permanecer en silencio para hacer notar la diferencia de que ya no todo es como antes. Sí, duele, duele fingir que todo está perfecto cuando sientes que te duele. Llega un minuto donde no se sabe si es mejor seguir reiterando conversaciones sucesivas que llevan a batallas de siglos, o mejor callar y morder la lengua en sangre. Es tan difícil. Es casi irrisorio. Y no obstante, ahí está todavía la muralla. Fingir ser una pared cuando por dentro sientes que te mueres. Porque aún cuando aparentamos no sentir nada, las emociones nos corroen por dentro. Yo siento a veces que quisiera gritar de rabia, y a otras que tengo que luchar al máximo para contener mis lágrimas. Y no debería suceder nada de todo esto. Es casi una pendejería. ¿Pero qué se hace? Agotados los recursos no queda otra que alejarse, dejar las cosas respirar por su cuenta. Dejar que el tiempo decida los caminos. O al menos eso pienso yo. Creo que de nada sirve prolongar conversaciones inútiles. Es mejor que la marea se calme por sí sola. Lo difícil de esperar a la deriva que eso suceda es que esperar duele. Sí, duele, duele fingir que todo está perfecto cuando sientes que te duele.

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