Cuando empecé a escribir en estas servilletas, todo hablaba más o menos de la muerte o muy cercano a ella. Se parecía bastante a una película melancólica y lluviosa en París, de noche y sin muchas cosas correspondidas. Bueno, lluviosa y melancólica (sin París), además de la rabia galante, que le gusta aparecer cuando los truenos y relámpagos estallan. Pero al fin y al cabo, era mi versión de París.
Tenía mucho de inviernos, de montañas rusas, de tristeza. Tenía mucho de luces de colores, de locura, de insensatez, de sentimientos encontrados, de cárceles y sangre derramada en la tinta del lápiz, en el cuerpo sudoroso y sufriente.
Una y otra vez, era subir la torre para luego caer al precipicio. Saltar. Como fuese, aunque la mayoría de las veces con los ojos cerrados y el corazón vacío.
Cuando sientes que no queda nada dentro, nada puede caer en realidad.
Sólo es soledad flotante.
Y la lluvia trajo consigo los demás ciclos. Esos que pasaron de a uno, invariables, y con ello, la sensación de que nada cambiaba, nada dentro de mí. Crecía el frío en la montaña, se hacía oscuro mi jardín, muy, muy oscuro.
Y hoy, cada vez escribo menos. Porque al parecer, sólo sabía escribir desde las entrañas y las prisiones. Sólo tenía cuerda cuando había amarras. Sólo tenía sangre cuando llovía.
Y hoy llueve muy fuerte otra vez... tal vez por eso estoy aquí.

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