¿Se puede querer y no querer, al mismo tiempo? ¿Querer estar y escapar, al mismo tiempo? Porque cuando intentas dormir y el desvelo te consume, aparecen muchas preguntas que por la noche tienen más gusto a encierro y a ataduras que a otra cosa. Miras la otra almohada como queriendo huir pero a la vez, no puedes moverte, ni un sólo centímetro. Sólo puedes sentir la propia respiración subiendo y bajando intranquila, impaciente, implacable. Y la oscuridad se vuelve agotadora. Piensas, ojalá ese maldito reloj suene pronto para que así comience la vida. Porque de seguro, esta insanidad, esta locura nocturna, no puede serla. ¿O sí? Me aterra pensar que quiero y a la vez no, que río y a la vez sufro, que siento y al mismo tiempo, no siento nada. Me aterra pensar que me parezco a un cuerpo muerto sobre la cama, y aún así, sé que respiro. ¿Qué es esta idiotez? La estrechez vuelve a embargarme, a aprisionar cada una de mis células, cada aire que intento inhalar. Se siente como pánico, infinito pánico de querer estar y a la vez, desaparecer. Soltar todo. Abandonar todo. Te escribo de noche, como solía hacerlo hace mucho tiempo, pero no estás. Y entonces no puedo más que sólo comer mis angustias y compartirlas con las servilletas, como siempre. Todo está muy silencioso y oscuro, todo menos la otra respiración (el otro cuerpo) que hay al lado de mi almohada. Todo menos mi cabeza alocada, mi pulso histérico y el hormigueo que recorre los contornos de mi cuerpo. Quiero que esto acabe. Quiero cerrar los ojos y que pase de una vez la noche. Quiero que sea de día y fingir que todo lo mío, que toda esta estupidez no ocurrió. Que (mi yo) no existe.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario