Hay películas que me recuerdan ruidos. Que me hablan de ruidos. Que me hacen escuchar ruidos. Parecen silbidos o silencios inquietos, o vacíos internos, no lo sé. Pero la mayoría de las veces, suenan a ruidos molestos, a ruidos que angustian a las personas, a ruidos que te llevan a dejar todo lo conocido, todo lo que se suponía te hacía feliz por vaya a saber qué. Sí, como esa escena de Sally intentando atrapar el escarabajo debajo de las maderas del piso en Practical Magic, o esa escena de Legends of the Fall donde Tristan abandona lo único que ha amado y le ha dado estabilidad, o esa escena en The Escape, donde Tara va en el tren hacia París, o esa escena en Pride and Prejudice donde Lizzie está en la cima del monte.
Siempre he sentido que estoy rodeada de esos ruidos. Que en los condenados inviernos dejan de ser sólo ruidos y se transforman en gritos, en sombras vociferándome. Pero en realidad, no es culpa del invierno, ni de mi acostumbrada melancolía. Los ruidos siempre han estado ahí, a la espera, como un telón de fondo a punto de abrirse, como un tambor nervioso antes de la batalla. Toda la vida he ocupado la palabra desasosiego e indómito para ese ruido, y con frecuencia lo he mirado como algo negativo, como algo que tengo que apagar, desenchufar, evitar. Sin embargo, miro para atrás y en la práctica nunca he podido hacer oídos sordos. Los ruidos siempre han estado ahí.
Por estos días he estado leyendo "Mujeres que corren con los lobos". Hoy me pregunto a veces, si acaso la respuesta es escucharlos en vez de ponerle tanto esfuerzo a apagarlos. Me pregunto sobre sus orígenes. Me pregunto qué es lo que me quieren decir. Me pregunto por qué siento ese hueco que no puedo llenar, ese desasosiego, eso que no me deja respirar. Me pregunto de dónde viene, cuándo surgió, y por qué me tiene siempre la vida tan hecha un desastre.

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