Amy escuchaba una, y otra, y otra vez la misma canción en sus earphones. Algo en aquella música le conquistó con apenas los primeros acordes de ese ukelele, y entonces, simplemente no pudo dormir. Recostada sobre la cama, con el calor del verano como su mejor compañero, no paraba de sentir algo dentro, muy profundo, algo que se despertaba. No sabía bien si era la melodía en sí misma o la letra de aquella canción, pero se volvía una cosa casi absurda. ¿Por qué no puedo detenerme?, se decía Amy. Y luego esa misma pregunta la llevó a pensar en la fuente del deseo, en esa gota de placer que surge cuando sabes que estás haciendo algo incorrecto pero aún así quieres llevarlo a cabo, con el pie apretando el acelerador a fondo y que pase lo que tenga que pasar. Claro, porque el corazón te late a tres mil revoluciones y aunque sabes que debieses detenerte no puedes, no quieres. Y esa noche, con la luna brillando en la ventana, Amy pensó que si por un segundo le decían las palabras correctas, abría las puertas sin más. Construía un cohete a papel de diario y salía de allí volando a donde se la quisieran llevar.

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