Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

domingo, 6 de junio de 2021

El año de la pandemia

El 2020 (y probablamente el 2021 también), pasará a la historia por ser el año de la pandemia. No sé si sólo me pasó a mí, pero al principio, cuando empezaron los primeros noticieros en torno a este virus que se propagaba rápidamente en China y otros países del mundo, fue como si hablaran de otro planeta. Y con el transcurso de las semanas, algo que parecía tan lejano se fue materializando y volviendo muy real, pero a la vez, parecía una realidad de otra dimensión, como sacada de esas películas de ciencia ficción donde hay desastres biológicos. Cada vez que veía en la televisión a las personas con mascarillas o los médicos con sus trajes de astronauta de color blanco, pensaba “¿dónde están las cámaras?”, “esta vez sí que los gringos fueron demasiado lejos con su imaginación". Nunca, ni en nuestras peores fantasías, visualizamos que el exterminio podía ser algo verídico. No en el siglo XXI al menos. Y entonces, todos pasamos a ser personajes de algo histórico, porque pandemias como estas no se veían desde la peste bubónica, la gripe española o la viruela, entre otras.

En un inicio, la pandemia fue la novedad para muchos, e incluso, las cuarentenas las vivieron como esas vacaciones que no tenían hace tanto tiempo. Hubo un flash de motivación donde la gente probó cosas que nunca habían hecho, el instagram se llenó de panaderos y de las más increíbles rutinas de ejercicios en casa. Empezaron a circular un montón de campañas y proyectos personales, porque parecía que estábamos sobrados de tiempo. Pero luego, hacer pan o ejercicio ya no fue tan entretenido, ni la cuarentena tan corta como se había imaginado. Y ya no quisimos más "vacaciones". La motivación se fue abruptamente a la cresta, y en mayor o menor medida, fuimos enloqueciendo con el encierro, especialmente las mujeres que teníamos que hacer malabares con el teletrabajo, la educación en casa de los hijos y los quehaceres domésticos, siendo aún peor en aquellas familias vulnerables, monoparentales, con varios niños y además viviendo en espacios reducidos. El miedo se hizo normal (y decir esto en voz alta me parece muy fuerte... el normalizar el miedo como una actitud de vida, pero es cierto). Se instaló el terror por todas partes; teníamos miedo de contagiarnos, de que un familiar nuestro se enfermara, de que nos quedáramos sin trabajo, de que nuestros niños usaran los juegos de las plazas, fuesen al jardín o a los colegios, con la contradicción de que si no iban, tampoco aprenderían lo que se supone deberían aprender. Teníamos miedo de abrazarnos con nuestros seres queridos, de que un desconocido nos rozara en el supermercado o alguien no respetara las distancias y se nos pusiera muy cerca en la fila para entrar en una tienda. Incluso, nos daba miedo cruzar la reja de la casa, que se nos quedara el alcohol gel, u olvidarnos de desinfectar los zapatos después de salir. Teníamos miedo de terminar intubados, de morir solos, de siendo tan jóvenes, perder la posibilidad de disfrutar la existencia un poco más.

La vida entera se hizo cuesta arriba; trabajar y mantener la motivación, criar y no perder la cordura, educar sin volvernos chiflados, rodearnos de amor sin contagiarnos, convivir en pareja sin tener los deseos de arrojarlos por la ventana de vez en cuando. La casa se convirtió en nuestro búnker, porque todo lo que sucedía afuera se vivía con mucha incertidumbre, con permanente sensación de amenaza y peligro. Pero a la vez, con la paradoja de que estar adentros de este búnker, nos exponía a otro tipo de peligros; la locura desatada en la peor versión de sí misma. Y justo cuando logramos adquirir la sensación de que ya estábamos resueltos, más adaptados a esta nueva realidad, acomodados con las nuevas rutinas en nuestras casas, nos dijeron que tendríamos que salir otra vez. Muchos nos hicimos la pregunta de "¿y si no me siento listo para volver?", "¿mi trabajo me puede obligar al retorno presencial?". El tiempo extra de la pandemia o la mayor soledad con nosotros mismos nos forzó a reflexionar, y algunos incluso se cuestionaron si estaban en el trabajo de sus vidas o a gusto con sus matrimonios, entre otros. 

Ya llevamos un año y medio de mierda, de sentir que avanzan las libertades y luego se retrocede. Algunos nos sentimos agradecidos de estar sanos y de que este maldito virus no ha tocado nuestras puertas. Por otra parte, seguimos sintiéndonos prisioneros, que no podemos controlar lo que ocurre en nuestro entorno, que tenemos que buscar motivación y energía de los lugares más recónditos para continuar levantándonos en la mañana. Nos decimos que hay personas que dependen de nosotros; nuestros hijos. Nos decimos que si no encontramos la fuerza, nadie lo hará por nosotros. Y entonces, seguimos funcionando, como robots programados para la tarea. Pero al mismo tiempo, todo nos duele más, nos estresa más, nos irrita más. Vemos con lejanía que esta pandemia se acabe pronto. Vemos con lejanía poder disfrutar de nuestros amigos otra vez. Vemos con lejanía trabajar o pasar tiempo con nuestras parejas sin nuestros niños encima. Vemos con lejanía recuperar el tiempo perdido, los viajes, el goce. Y con ello, surgen las fantasías más ridículas de que cuando todo acabe, haremos el viaje de nuestras vidas (un año entero por el mundo sin importar la plata, ni el trabajo, ni nadie), o que haremos una fiesta de quinientas personas y nos daremos la pala por tres días seguidos. Siento comunicar, que para la mayoría, eso nunca será real. 

Hoy, escribo esto en uno de esos días grises, de reflexión forzada, donde el invierno que se avecina me va pisando los talones. Casi puedo ver la lluvia, la nieve, la oscuridad. Sin embargo, quiero creer en la esperanza de que falta poco. De que habrá un tiempo para volver a abrazarnos hasta que se nos derrita el cuerpo entero. De que habrá un tiempo para reírnos con nuestros amigos hasta que no quede ninguna botella de pie. De que habrá un tiempo para almorzar en familia sin aforos ni permisos de duración. De que habrá un tiempo para volver a reencontrarnos con el amor. De que habrá un tiempo para amigarnos otra vez con la paciencia, el respeto, la buena fe, el bien común. De que habrá un tiempo para abrir nuestras manos al mundo sin temor. 

No hay comentarios.: