Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

viernes, 25 de febrero de 2011

Hay lugares y lugares...


Hay lugares que benefician, que hacen crecer el alma como flor de verano. Son lugares que siempre son bienvenidos. Calman, apaciguan el corazón, cantan y te desnudan bajo una lluvia cálida, te despojan de todo lo innecesario para regresar a lo vital, a la naturaleza. Son lugares amados, extrañados, requeridos. Sólo producen el bien y hacen germinar el amor.

Pero también, hay lugares que matan de a poco, como ese veneno que no se nota en los exámenes y que un día te deja con pijama de madera. Son lugares a los que nadie quiere ir y en donde nadie quiere estar. Dañan, incineran el alma para dejarla hecho polvo, sin emociones, sin posibilidades de sentir algo bueno por alguien. Son lugares donde la mochila de la espalda se carga de rencor, de tristezas, de rabia, y de ese gusto a poco por la vida. Se lo llevan todo, todo lo que alguna vez valía la pena.

Yo, por mi parte, me gustaría decir que he podido acceder a la hermosa capacidad de perdonar, de transformar el odio en paz y la oscuridad en esperanza. Sin embargo, el lugar me ha matado de a poco y nada ha renacido. Me ha llenado de dudas, de enojo, de impaciencia. Me ha arrebatado mis alas y siento que no salgo, que no vuelo, que no sobrevivo. ¿Cómo vuelvo a la luz? ¿Cómo aprendo a reír de nuevo? ¿A amar?

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