Hace mucho tiempo, casi cuatro años para ser exactos, escribí un borrador de letras cursivas e infantiles. Lo escribí bajo la lluvia y los relámpagos, en la servilleta de una cafetería y música de Phil Collins. Había estado sentada no sé cuantas horas. Los árboles de capa caída. Las calles, solitarias y dolientes. Y yo, con un paisaje de fotografías y momentos en una proyección imaginaria. Todo transcurría ante mis ojos, cada instante en un fragmento de segundo. Mi lapiz, siempre desenfrenado y fiel compañero de aventuras, tenía un infinito que gritar, y a veces no tanto. Pero ese día, permanecía inmóvil, paciente, escuchando el latido de una gota de lluvia al morir sobre el pasto. Sintiendo el agitado corazón estremecerse en la prisión de mi pecho. La bufanda cubría mi nariz enrojecida y el té comenzaba a desentumecer mis manos. No obstante, nada lograba calmar esa sensación intranquila de mi cuerpo, el desasosiego. Ese ímpetu contenido en una sola estrella. Recuerdo haber mirado el reloj, para darme cuenta de que era la única sentada en la cafetería. Probablemente, la única a kilómetros, de la redonda de mi esfera. Y entonces, las luces se apagaron y la película se detuvo por fin. Una historia infinita había sido estrenada y a la vez, no tanto. Sinceramente, muy poco. Miré la servilleta por otra eternidad, y luego a la ventana. Ahí lo vi pasar. La historia que me faltaba, la historia que hacía tanto tiempo quería tener. Cogí el lapiz y garabatié lo más rápido que pude. Antes de que todo se me fuera a escapar. Pagué la cuenta y salí feliz de la cafetería con mi servilleta en el bolsillo. Después, al abrir el paraguas, me di cuenta de que habían pasado cuatro años. La historia, era tan diferente a lo que había escrito. Yo, seguía siendo la misma de siempre. Las mismas ingenuidades, inseguridades, inquietudes, desvaríos, la misma cárcel, los mismos escenarios, la misma maldita ironía de mi vida.

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