Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

viernes, 19 de abril de 2013

La vida de otoño

Hoy ha sido un día de calor y frío al mismo tiempo. Donde no sabes si abrigarte o dejarte llevar. Donde no sabes si vas a estar con la gracia de sol o si de pronto aparecerá la lluvia. Estoy en la oficina, con mi continuo afán de quedarme pegada en la ventana. No hay nubes pero sopla el viento. Caen las hojas de los árboles, el verde se tiñe de amarillo, rojo y castaño. Y mientras las veo perder altura para terminar extendidas sobre la calle, pienso; la etapa de vida en la que vivo es como el otoño. Nada está floreciendo en este momento, sólo estoy perdiendo cosas, cosas que quería y amaba, y cosas de las que sólo deseaba arrancar. Un profundo duelo. Pero también, es como un período de transformación de colores, de mutación de la piel. Es un período en el que siento calor y frío al mismo tiempo, en general, más frío. Donde el mundo externo obtiene la cara calurosa, esa que muestra sonrisas, que funciona, que desayuna y sale a trabajar, que rinde, que sigue adelante con la cotidianidad. Y luego, al volver a casa, sólo para mí aparece el rostro frío, ese que se sienta en su cama a encarar la triste realidad, ese que tiene muchos miedos, ese que está doliente, ese que llora, que aún no comprende, que intenta apropiarse de un espacio físico que no le parece suyo, que intenta darle sentido a las batallas vividas y a la derrota, ese que se siente solo, desposeído, abandonado, ese que quisiera escribir nuevas narrativas pero que a la vez, piensa que después de cargar tanto tiempo con las armaduras ya no se las podrá sacar, como si fuese parte de su mente y cuerpo, y no tan sólo un objeto. Vuelvo a mirar por la ventana. La tarde se va oscureciendo muy lentamente. Y mientras las hojas siguen bailando en los árboles, pienso; el mundo externo no sabe. No sufre conmigo. Todo queda en el silencio de la noche, y no sé por qué. Talvez sería más fácil sólo mostrarlo y ya, dejar de andar con los dos rostros y descargar la melancolía que me ha traído este otoño. Mostrar lo intenso, difícil y doloroso que ha sido este último tiempo, las pérdidas, los duelos. Mostrar que de tanto en tanto sí quisiera irme, dejar todo para quedarme en algún remoto lugar de Europa y fingir que nada pasó. Mostrar que cada vez que regreso al castillo, me siento un extranjero, y que las heridas están ahí, muy lejos de cicatrizar. Mostrar que de alguna manera me siento tan dañada como para empezar ninguna otra cosa. Mostrar y asimilar, que esta no es mi mejor época del año. Después, dar un paso al frente y creer, que nada dura eternamente, y que por lo tanto, una vez que pase el otoño, estaré un poco más cerca del verano. Que las cosas van a volver a florecer. Que algo bueno va a salir de todo esto, que el dolor es pasajero.

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