Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

jueves, 4 de abril de 2013

Del soldado y la retirada

La soledad no es un problema, al contrario, es parte de la individuación. De a ratos tiene mayor o menor grado de intensidad y de significancia, pero de todos modos sigue siendo una tarea relativamente fácil para mí, dada mi inclinación natural hacia la independencia. No, ese no es el problema. Lo complejo está en sentirse desposeído de figuras. Una, perdida hace mucho tiempo, la otra, más recientemente. Detenerte, mirar el mundo, y darte cuenta de que ya no hay una figura que dé soporte, que constituya un pilar, que te afirme. Sentirse traicionado, y desde ahí, solo. Es una soledad más profunda, más primaria. O así la siento yo. Tener narrativas que hacen daño, que lastiman en lo más hondo, y pensar, cuál será el tiempo necesario para recuperarse. Pensar cuándo las heridas dejarán de doler y las narrativas pasar a ser re-escritas. Cuándo podré confiar en que no me van a volver a abandonar a la mitad del camino. Cuándo podré confiar en que lo que siento podrá ser contenido por alguien. Cuándo podré dejar de mirar la situación como una derrota y comenzar a verla como un renacimiento.

Desde la retirada a las tierras inhóspitas, el soldado, todavía con la armadura a cuestas, ha hecho lo posible por seguir en pie, por ser funcional. Mientras las tareas aumentan, se le hace más fácil olvidar que perdió, que tiene un dolor gigante dentro, que está solo. Pero cuando cae el sol y se hace el silencio, la realidad acude, decanta, despierta.

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