Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

domingo, 16 de junio de 2013

Running

La neblina baja sobre la ciudad. Despierto. Hace frío. Me pongo las zapatillas, la venda sobre la rodilla y amarro mi pelo en un largo moño. Hoy es el día, me digo. El momento preciso para empezar a correr. Para retomar eso que tanto me gustaba. Creo que hoy, podría decirse que hasta lo necesito. En el parque, hay tanta gente como yo, con los audífonos puestos, la marcha rápida, las palpitaciones al mil por ciento, y otros sobre la bicicleta. Miro mi reloj, elijo My Skin de Natalie Merchant y dejo que mis pies me lleven, que simplemente se deslicen y sientan la tierra bajo mis pies. Mi respiración se acelera mientras el tiempo transcurre a mi costado como los autos y edificios que voy dejando atrás. Ha sido una mala semana, y creo que de a poco, todo eso va quedando atrás también. O eso espero. Han pasado tantas cosas, esas cosas inesperadas y negativas que desmoronan un tanto el ánimo, que lo disminuyen, que me retrotraen a mis amigas más frecuentes; las olas de melancolía. Lloré, me enojé, abracé la soledad, y me sentí no contenida por aquellos que supuestamente deben hacerlo, por el rol que la vida les ha conferido. Y después, ¿cómo poder confiar en que alguien estará ahí para cuidarme, tomarme de la mano y ayudar a levantarme cuando los que deben hacerlo no lo hacen? Finalmente, ni siquiera he podido aprender a confiar en eso. Sentir rabia no es válido, ya sea porque no hay tiempo, porque ya están cansados, porque no tienen ganas. Sentir pena no es válido, porque naciste para "ser la alegría", y además, aún cuando dicen que estarán ahí para apoyarte, en la práctica te dejan solo. ¿Qué cresta sí puedo sentir? ¿Qué mierda sí se me está permitido? ¿Sólo tengo que estar disponible y sonreír? Sigo corriendo. Corro lo más rápido que puedo. Mi rodilla me duele, pero no importa, hay que seguir corriendo hasta destruirse. De la destrucción renace el fénix, ¿no? Pienso en los camiones que durante tantos momentos me han acompañado en mi mente, y que cada cierto punto vuelven a perseguirme, como si acaso fuera viable. Luego siento que todo esto se ha dado demasiado tarde, que me callé durante demasiado tiempo, que de cierta forma yo tengo la culpa de no haberle puesto mayor fuerza. Talvez no la tenía, talvez no me atrevía. Y hoy es tan difícil, cada día una tremenda lucha, donde volvemos a lo mismo; un soldado solo y exiliado. Cada vez todo más de etiqueta, poniéndole seda a lo que se dice y hace. Estoy tan cansada, me digo. Pero todavía me faltan varias cuadras para regresar a casa. Y cuando vuelva, ¿qué? Voy a mirar la ciudad desde arriba y lo que siento va a seguir ahí, sin importar cuánto me haya destruido corriendo.

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