Un día, sentada en esa oficina con vista a la cordillera nevada, me pidieron que tratara de ir hacia atrás, que intentara recordar cómo éramos antes de dejar de ser. Guardé silencio por casi una eternidad. Me costaba mucho volver, como si luego de un punto todo lo demás estuviera nublado o no hubiese existido. Como si únicamente pudiera pensar en el momento en que todo se había acabado, en aquel día en que nos perdimos el uno al otro, o talvez, tú más para mí que yo para ti. Pero incluso ese momento no estaba demasiado claro, ni tenía una fecha específica, estación del año, hora del día. Y aún así, después de eso, no había un antes, sólo una historia continuada de tropiezos y de eventos desafortunados. Intenté recordar qué tipo de figura habías sido para mí antes de convertirte en ninguna. Y siempre regresar, hacer memoria, era complejo, como si esa herida sin cerrar se estrujara sólo con la mera pregunta. El punto es, que salí de la oficina y no pude decir nada. Me subí a la micro, me puse los audífonos y me fui con la clásica melancolía amarrada a mi cintura para la casa. Durante varios días la pregunta me dio vueltas, sin embargo, creo que era un territorio demasiado doloroso para entrar. Y un día, más bien una madrugada, ya no tuve tiempo de pensar ni de decirte nada... si es que acaso había algo para decir. Me repetí muchas veces que te debía una carta, una donde al fin te cantara todas mis verdades. Y no lo hice nunca. Hoy, algunas personas me preguntan cómo he estado, con ese rostro de consuelo que me hace sentir incómoda. Siento que no tengo nada que sentir, nada para sentir. Y eso pareciera desconcertarlos a cada uno de los que me miran así. Me siento indolente. Como si habláramos de la pérdida de un zapato o de un trabajo que no me resultó. A veces me pregunto por qué no puedo llorar, o si acaso tengo que hacerlo. Luego, vuelvo a pensar en la oficina y en la tarea de echar pie atrás el tiempo y entonces siento que la respuesta era sencilla. Mientras fui pequeña y vivía en la ingenuidad, eras esa figura que toda niña idealiza como un amor incondicional para toda la vida, que estará ahí para protegerte y cuidarte. Y fuimos felices, sí, hasta que entendí, hasta que empecé a darme cuenta, hasta que observé, hasta que ya no quise aceptar todo, hasta que dejé de idealizarte y vi tus defectos, el daño que nos hacías. Destrozaste mi corazón de a poco hasta volverte el ermitaño de mi pieza oscura, de ese lugar en el que fui guardando todo aquello que no quería sentir ni admitir. Tanta rabia, tanto dolor, tanta distancia que no parecía morir ni tener fin. Sólo crecía y crecía, ocupando cada centímetro de aire disponible dentro de mí. Durante mucho tiempo fue más fácil no sentir, no pensar, pues así era posible el protegerse de los embistes. Porque así supuestamente dolía menos el reconocer que te había perdido. Que ya no eras esa figura que debías ser. Y hoy, ya no estás. Vuelves a ser polvo de la tierra, y habitas en algún lugar desconocido. No sé si te diste cuenta que partías, no sé qué pensaste, si acaso tuviste miedo o encaraste la soledad. Y yo, mientras pienso en todo esto, sigo sintiéndome indolente, como si esta figura de la que me despedí fuese el padre de alguien más, la sombra de un recuerdo. Una pieza oscura y lastimada en mí que va desvaneciéndose, pero que no puede soltar, ni perdonar.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario