Cuando siento tu lengua voraz entre los pistilos de mi flor, y esa llama me inunda desde mis neuronas hasta el último cosquilleo de mis caderas, ahí, justo en ese universo, encuentro tu amor subiendo y descendiendo como una melodía frenética pero firme y sólida, con sabor a miel. Cuando siento tus labios ganándole la guerra a mi clavícula, y tus piernas apoderarse de mi nombre, justo ahí, todo lo mío es tuyo, sin reservas. Lo entrego sin preguntas, inclusive, cada uno de mis suspiros y cada uno de mis gritos por tu cuerpo. En ese momento exacto, sólo sé llamarte en mil idiomas para una sola cosa: que me tomes y hagas tuyo cada uno de mis temblorosos centímetros, sí, hasta que mi boca suelte sus amarras y no resista decirte, que te adora en demasía.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario