Alexandra está en medio de una multitud. No sabe cómo llegó allí, sólo que la gente avanza, corre, camina y ella es una foto en Time-Lapse. Sus pies la arrastraron fuera del metro, unas diez estaciones lejos de casa, como si no hubiese otro destino posible. Los segundos detenidos como una eternidad, y sus zapatos congelados en el pavimento, sin poder moverse, tan glaciales como sus propios sentimientos. Y allí, en medio de la nada, Alexandra puede escuchar miles de voces. Los arrebatos, lo oscuro, las inquietudes, los deseos, las frustraciones, la muerte súbita de cada uno de esos míseros viajeros que pasan a su costado sin fijarse en ella. ¡Qué quieren!, grita Alexandra. Pero sabe que esa no es la pregunta, y que allí tampoco están las respuestas. La tarde se vuelve oscura, las horas transcurren como una música molesta en los oídos. ¿Qué hace allí? ¿A dónde quiere ir? Alexandra está en medio de una multitud y al mismo tiempo en un silencio de cautiverio. Se le hace un nudo en la garganta, quiere gritar y las palabras no se asoman a su boca, como si tuviera cinta adhesiva en los labios. Alexandra está en medio de una multitud, y sin embargo, el vacío de siempre se acumula como botones en sus bolsillos.

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