Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

viernes, 30 de diciembre de 2016

Ainhoa

Ainhoa ve venir el fin de año sin tener claridad de nada. Sabe que desea que ocurran algunas cosas, y también, que odia profundamente otras que suceden en el momento presente. Y entonces vive presa de sus contradicciones, de sus tira y afloja, de una felicidad que parece inventada. De a ratos quiere liberarse de las expectativas de los demás, de esas típicas cosas que te dicen que tienes que lograr o tener, incluso, de la presión de estar contento y estable todo el tiempo. Y en otras oportunidades, vuelve a su sinsentido acostumbrado, a ese circo de mentira donde funciona como robot porque sentir y pensar es más doloroso que no estar. Los estados de consciencia le juegan malas pasadas a Ainhoa, o tal vez ella lo siente de esa forma. Pues, ¿de qué sirve la atención plena si no puedes salir de las prisiones? Las verdades terminan por atragantársele una a una, como un pedazo de filete crudo atorado en la garganta, y entonces, ¿de qué sirve mirar? ¿ver? ¿sentir? Ainhoa sabe que se aproxima el término a pasos cada vez más y más gigantes, sí, como un tsunami de emociones que derriba cientos de edificios, sí, los suyos. Los pilares, las ideas, los sueños, los valores, las expectativas, las ilusiones, para quedarse con ese mismo desierto pálido de desesperación que aparece cada año con las campanadas de las 00:01.

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