Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

martes, 24 de julio de 2018

Del amor y otras adicciones

En una pieza secreta de terciopelo rojo con espejos en el techo, se teje más que una mera aventura de amor. Sí, nace una miniserie británica con gusto a porno y a otras adicciones. 
Comienza con una mujer, subiéndose a una SUV para ir al cine. Y en el auto, ambos se miran, o más bien él le mira las piernas en esa mini falda de cuero negra y cambia de opinión. Ella se muerde el labio inferior nerviosa. No entiende a dónde van, pero muere de deseo por averiguarlo. 
El coche va despacio por la autopista, casi como si fuese su propósito elevar la ansiedad y poner el misterio sobre el tablero. Tanto, que los faroles, uno tras otro, le parecen rítmicos e interminables hasta que llegan a ese lugar. Ella siente que le tiemblan las caderas, y que una súbita oscuridad le va corriendo desde la punta de los pies a esa clavícula maligna, la suya. 
Detrás de ellos se cierran unas cortinas y al mismo tiempo se abre una puerta que tiene muchos secretos en su interior. Entonces lo sabe. Él deja su chaqueta sobre la silla, destapa una botella y le sirve una copa. Ella ha dejado en las escaleras, cada una de sus dudas, cada porción de sus defensas para liberar lo que más ansía; lo salvaje. 
Las luces de la habitación están a media intensidad y una música empieza a sonar a través de las paredes; Black Velvet de Alannah Myles, como si acaso lo hubiese hecho a propósito de nuevo. Sí, porque él tiene claro que con ello puede desbaratar los botones de su abrigo sin oposición alguna. Ella palidece y se ruboriza simultáneamente en ese eléctrico segundo. Cede. Acepta. Quiere.
Para cuando terminan las copas, dos relámpagos han caído sobre el techo de espejos sin misericordia y sólo diez centímetros separan su cintura de la lujuria. Él apoya el pecado contra la pared (a ella), y desde allí recorre su cabello, su perfume, su mano chocando el terciopelo. Suena Feeling Good de Michael Bublé, como si acaso hubiese podido adivinar la sensación al descubierto de ese encuentro. Entonces lo sabe. Él comienza a subir sus dedos lentamente por el interior de sus piernas hasta llegar a ese infarto de encaje, sus medias ligas. Y las desciende, como quien desviste a una rosa exótica y sagrada. Intuye la humedad, la necesita. Ella muerde sus labios de nuevo y se agita su respiración. Todos los demonios tienen permiso para salir esta noche.
Un único beso en esa maligna clavícula basta. Él lo tiene claro. Luego la cremallera de esa mini falda, los botones de esa blusa y el orden de su largo cabello pierden cualquier posibilidad de censura para dejar su cuerpo casi desnudo sin preguntas y con todos los anhelos sobre la cama. Ella sigue su ejemplo, le hace tira la camisa y lo empuja sobre el colchón para tomar las riendas de lo que le pertenece (a él). Y así se hace palpable la definición de lo indómito, lo incontrolable, ese instinto tan primario, tan propio de ella. Ambos se miran como fuego que quema y él la besa. 
La canción cambia otra vez. Glory Box de Portishead llega justo para liberar el cinturón de sus pantalones y así multiplicar una a una sus súplicas. Entonces ella se desliza suavemente sobre su torso y le susurra en el oído; -Soy adicta a que me digas que me quite la ropa. Soy adicta a tus manos en mis pechos. Soy adicta al clic de mi corpiño al abrirse. Soy adicta a tu boca en mi cuello. Soy adicta a sentirte tan dentro. Soy adicta a tu sexo, fuerte y duro.- Y de ese modo, él también lo sabe y todas las paredes de ese cuarto de rojo desfallecen. 

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