Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

martes, 3 de julio de 2018

Crónicas de una mamá primeriza (III)


Capítulo 3: La crianza y maternaje

Hay dos cosas que pueden desquiciar a una mamá; que un bebé no duerma y que un bebé no coma. Gracias a Dios, mi hijo nunca tuvo grandes problemas en el departamento de la alimentación, sin embargo, más de una cana fucsia (verde era muy poco decir) me sacó con el tema de la leche.
¡Maldita crisis de la lactancia!
Yo no sé si el resto de las mamás no se acordaban (como si su cerebro sencillamente hubiese bloqueado aquel fatídico período para después poder tener otros bebés sin odiarlos) o si me mintieron, pero cada vez que a alguna le preguntaba por sus consejos o fórmulas mágicas para atravesar ese desesperante momento, todas se hacían las indiferentes, como si a ellas eso no les hubiese ocurrido. 
Cuento corto, creo que la puta crisis de la lactancia es una de las primeras y difíciles pruebas del maternaje. Tu guagua no quiere saber nada de tomar leche mientras tú quieres huir de la mastitis a toda costa (a mí me dio 3 veces por la csm), rabea contigo, llora en tu pechuga, se distrae con enorme rapidez y uno no sabe qué cresta hacer. Desde la inexperiencia y devorándome las páginas de internet, probé cuanta cosa había hasta que di con algunas cosas que me resultaron, sin saber que más tarde que temprano, yo misma me estaba encerrando en una atadura de mañas de las que después no sabría cómo salir. Hoy en día, mi guagua si le sale poco llora, si le sale mucho llora, si no es dormido no toma y más encima, tengo que ponerle ruido blanco, y taparle los ojos para que se duerma y no se distraiga. ¡Ni hablar dar leche en lugares públicos con ruido! O sea, sinceramente hablando, he tenido momentos donde la ansiedad anticipatoria de saber que venía una papa era tan grande, que sólo quería desaparecer. O momentos donde después de hacer miles de esfuerzos para que tomara, igual no había caso y me iba al baño a llorar desconsolada. 
A la fecha, mi guagua no toma mamadera (porque después de la crisis la rechazó completamente) y yo volví a trabajar... y el mundo no se acabó. No obstante, en el minuto de la desesperación, ¡pucha que se sufre! Tanto, que no sabes si tirarte del quinto piso o tirarlo a él. Inclusive (y no tengo ningún tapujo en decirlo pues eso no me hace peor mamá como la sociedad nos ha hecho creer, sino muy por el contrario, me hace ser honesta conmigo misma, sensible y compañera con el género), en más de una oportunidad tuve unas ganas locas de zamarrearlo, de gritarle. También, tuve ganas (y reconozco que algunas veces sí lo hice) de mandar a mi pareja a la punta del cerro, cuando por ejemplo, yo estaba más de una hora y media con la guagua llorando tratando que tomara, mientras mi pareja veía series de Netflix en la pieza de al lado en vez de contenerme por último. Furia intensa e infinita. Y casi siempre, tuve ganas de asesinar a todo aquel que me aconsejaba cosas que eran 100% incompatibles con descansar, dormir o tener tiempo para uno, porque claro, está re fácil sugerir cuestiones cuando no eres el que vive el calvario. 
Pero se sobrevive. Eso es lo único que tengo claro. El mundo no se acaba. 
En resumen, si tienes una guagua sana, que es lo más importante, y luego logras esos dos ítems durante los primeros meses (que coma y que duerma), todo lo demás da lo mismo. Me refiero con eso, a que se va viendo paso a paso, un día a la vez. Todo lo demás son detalles, son sutilezas. 
Eventualmente recuperas libertad y el tiempo con los amigos. Eventualmente recuperas tu independencia laboral. Eventualmente recuperas la sexualidad con tu pareja. Eventualmente puedes volver a hablar de otra cosa que no sea pañales y leche las 24horas los 365 días del año. Así y todo, es difícil pedir calma cuando uno está que pela los cables. 
Pero se sobrevive. Eso es lo único que tengo claro.
Es un período de entrega. Una manera de hacer sacrificio que es compleja pero hermosa. Y que por suerte, sabes que tendrá un fin, o más bien dicho, que se irá transformando en otro tipo de desafíos con el correr de los años.  
Finalmente, es esa palabra -"eventualmente"-, lo que deja ver un poco de esperanza cuando se está en esos momentos de impotencia. Es esa palabra lo que te permite pensar que quieres tener otros hijos, pero ojalá en un futuro cercano, aunque no tanto tampoco, pero sí como para cerrar la fábrica pronto y volver a dormir. Claro que, hasta que sean adolescentes y todo lo que pase con ellos te de tanto miedo que nuevamente no pegues un ojo por las noches. 
Ahora eso ya es materia para otro capítulo, y muuuuucho más adelante. Todavía queda cantidad de crianza y maternaje para conversar. 

No hay comentarios.: