Hoy llego a casa con tanta tristeza. Me da vueltas la cabeza de pensar que no sé si la libertad humana exista. Ni la misericordia. Ni tampoco la evolución. Miro para atrás y eso que yo veía tan lejano, eso que supuestamente ya no me perseguía, de una u otra forma se las arregla para volver. Sencillamente está impreso en mis genes, en mi manera de ver el mundo, en mi modo de aproximarme a las personas. Ahí voy yo, creyéndome superada, lo máximo, pero al final, sigo siendo sólo el mismo viejo estropajo. Y peor. Cargando mi pesado escudo y la lanza para todas partes, ¿no? Y entonces me veo en el espejo y mis ojos tienen la misma puta palidez de siempre. La cronicidad. La miseria. Siento que nunca voy a poder quitarme estos fantasmas de encima. Ni las malas costumbres. Ni tampoco eso que tanto odio. Siento que tal vez, el amor no está hecho para gente como yo y ya está. Estamos jodidos para toda la vida, ¿no? Y a pesar de lo inimaginable, nos volvemos a levantar. Nos alimentamos de deseos, de expectativas, de ilusiones y nos compramos esas fantasías de mierda creyendo que con eso alcanzaremos lo que todos hablan que hay que buscar; la felicidad. Más, al final del día, no hay felicidad ni cuento de hadas. No hay ni una puta manera de avanzar. Ni de arrancarte la piel. Ni tampoco de soltar lo que creías habías dejado atrás.

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