Me quedé rígida y sin poder articular un puto sonido por una eternidad, o eso me pareció a mí.
¡Qué me pasa! ¡Di algo por Dios!
Mientras tanto, el Dr. Fernández seguía mirándome con ese aliento alcoholizado, como a la espera de que yo saliera de mi estado de coma mental.
- ¿Le comieron la lengua los ratones, Srta. Wembritte? - dijo él para llenar ese silencio embarazoso.
- Ehhhm, hola Doctor. No esperaba encontrarlo...
- ¿Qué dijimos Alexis? -me interrumpió con su habitual tono de reprobación, cual padre castigando a una hija que se ha portado mal.
- ¡Ah!, sí... No esperaba encontrarte aquí... Ramiro -señalé asustada e incómoda de tratar al jefe como si fuese un amigo entrañable de toda la vida.
- ¿Acaso un hombre soltero como yo no puede pasarla bien Alexis? -me preguntó al mismo tiempo que acortaba el espacio entre su cuerpo y el mío.
- ¡Tengo que ir al baño! -exclamé nerviosa con su cercanía.
¿Al baño? En serio!!!!
Alexis inundó su cara de agua y al mirarse en los espejos del lavabo, no podía creer que la vida fuese tan antojadiza como para tamaña coincidencia. De todos los clubes de Madrid, justo Ramiro tenía que estar en el mismo que ella. Aliviada de que un cuarto entero los separara, pensó que la culpa era suya. Claro, por aceptar ponerse esa ridiculez de vestido, por acceder a salir con Susana, por estar sin su novio. Por pensar cosas que no tenía que pensar. Y cuando terminó de arreglar su maquillaje, se dispuso a salir del baño pero una mano en la puerta la detuvo.
- Tengo una mejor idea, Alexis.
Y la puerta se cerró nuevamente tras ellos.
Confundida y sin saber cómo reaccionar, Alexis se quedó pálida e inmóvil.
- Una vez te dije que me gustaba que las becadas estuviesen en su cien por ciento, ¿verdad?. Dispuestas a entregarlo todo. ¿Te acuerdas? -agregó-. Creo que este es el momento de demostrármelo. Y este baño me parece fascinante, ¿no crees?
Entonces, Alexis entendió.
¡¿Cómo salgo de aquí?!
Desesperada, empezó a imaginar mil formas en su cabeza para intentar escapar, más todavía estaba demasiado impactada para mover siquiera un dedo de los pies.
- Vamos, todas siempre quieren Alexis -añadió el Dr. Fernández, pasando su asquerosa lengua por la oreja de ella.
- Doctor, creo que está equivocado, yo..., tengo que salir, me están esperando afuera -respondí muerta de miedo y echa un manojo de nervios.
- ¿Salir? Pero si estamos tan bien aquí Alexis. Vamos, relájate. Te va a gustar. Te lo aseguro -dijo cada vez más cerca, tanto, que ella pudo sentir su creciente erección.
Alexis se armó de valor y sin saber muy bien cómo, lo apartó con un empujón.
- Dije que quiero salir, muévase de la puerta o voy a gritar.
- ¿Gritar? Estamos en un club Alexis.
¡Rayos! Es verdad.
La música estaba tan fuerte que apenas podía oír sus propios pensamientos.
Tal vez pueda llamar a Borja... no, se demoraría mucho en llegar.
Y Susana... jamás va a ver su teléfono.
¡Cristóbal! Sí, él me puede ayudar.
Alexis intentó sacar su iPhone de la cartera y se dio cuenta de que no lo tenía.
¡Maldición! Lo dejé encima de la mesa.
Ramiro volvió a acercarse a Alexis hasta dejarla pegada contra la pared.
- No te hagas la mojigata Alexis. Con ese vestidito sabes que esto es lo que quieres -señaló Ramiro, obligándola a poner su mano en la polla del doctor.
- ¡Suélteme! -gritó Alexis-. ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! ¡Sáquenme de aquí!
Mientras Fernández continuaba intentando arrinconarla, Alexis sólo pensaba en cómo salir de allí y salvar su integridad, pero no había nada con qué pegarle y no tenía la fuerza para oponerse al cuerpo fornido y sudoroso del doctor. Menos aún con todas las copas de Aperol que había bebido.
Al cabo de unos segundos de inmenso terror, un estruendo se escuchó desde fuera y la puerta se abrió.
Otra vez, Alexis no daba crédito a sus ojos.
****
Mientras Fernández continuaba intentando arrinconarla, Alexis sólo pensaba en cómo salir de allí y salvar su integridad, pero no había nada con qué pegarle y no tenía la fuerza para oponerse al cuerpo fornido y sudoroso del doctor. Menos aún con todas las copas de Aperol que había bebido.
Al cabo de unos segundos de inmenso terror, un estruendo se escuchó desde fuera y la puerta se abrió.
Otra vez, Alexis no daba crédito a sus ojos.
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No sabía qué hora era cuando despertó, pero lo que sí estaba seguro, era que le dolía la cabeza. Y mucho. El condenado Aperol pensó.
¡Nunca vuelvo a beber!
Con la luz de la ventana encandilándole el rostro, se dio cuenta de que las sábanas no eran las suyas. Tampoco el velador, ni la cama, ni la pieza.
¡¿Dónde demonios estoy?!
Sus recuerdos algo confusos le decían que algo extraño había pasado, pero tenía bastantes lagunas mentales. Susana. El Club. Cristóbal y Paula. Los bailarines en la barra. Las botellas de Aperol. El Dr. Fernández. Y en ese momento, Alexis pensó lo peor.
¡Ay no! Por favor que este no sea su apartamento.
Nerviosa, miró debajo de las sábanas. Traía una camiseta que no era suya, pero sus bragas estaban intactas, lo que pensó que era una buena señal. A la rápida, revisó si tenía su teléfono, o la cartera, pero no había nada. En esa inmaculada y perfectamente decorada habitación, sólo estaba ella y el silencio.
Tras levantarse de la cama y arreglar un poco su cabeza desgreñada, se asomó despacio fuera de la pieza, a ver si con ello encontraría las respuestas a ese vacío mental. Sin embargo, nada. No había un alma en ese lugar.
Recorriendo aquel misterioso apartamento, pensó que tal vez encontraría fotografías o algo que pudiera darle luces sobre su dueño, pero nada otra vez. Cuando llegó al living, a Alexis le pareció que era lo más majestuoso que sus ojos habían visto jamás; unos hermosos sillones color crudo con cojines en tonos pasteles, una gran mesa de centro de vidrio y fierro envejecido, una chimenea eléctrica de última generación, estanterías de libros, unas pinturas de estilo abstracto de artistas que no conocía y un piano de cola que era su sueño de toda la vida. Siempre había querido aprender a tocar el piano.
La vista de la ciudad era sin duda una apología hacia la belleza. Los luminosos ventanales que se encontraban a lo largo del piso le permitían ver las calles de Madrid y sus modernos rascacielos desde las alturas. Caminando hacia la habitación contigua, Alexis descubrió un lujoso y liviano comedor de madera de doce sillas que bien podría haber pertenecido a los mejores diseñadores del país. Y al entrar en la cocina, quiso fallecer con ese amoblado espléndido en tonos grises, que tenía una hermosa y gran cocina en el medio, como esos apartamentos vanguardistas de las revistas de decoración para millonarios. Aproximándose hacia el mesón principal, vio que había una bandeja de desayuno y en ella, una nota que decía;
[Debes aprender a cuidarte mejor. Cierra la puerta cuando salgas por favor.
Ah..., y me tomé la libertad de comprarte otro iPhone.
No pudimos encontrar tus cosas.
-C-].
Alexis respiró aliviada. Por una parte, ya sabía que este mensaje no podía ser de Ramiro, y que por lo tanto había sido rescatada de ese abusador de pacotilla. Y al mismo tiempo, una ola de intriga invadía esta nota, este apartamento y lo que había ocurrido al final de esa fatídica noche.
¿Quién rayos es C?
¡Por qué no puedo recordar!
¿Será que me líe con alguien?
Entonces, pensar en Susana y en que ella podía completar los fragmentos perdidos la llevó a coger sus tacones y salir pitando de allí lo más veloz que pudo.
Cuando llegó de vuelta a casa, Borja estaba sentado en las escaleras del recibidor.
Alexis enrojeció de la vergüenza al darse cuenta de la mirada fulminante de su novio.
Y de que la había cagado hasta el fondo.
- Te llamé 30 veces.
Por Dios, ¿qué le voy a decir si ni yo me acuerdo de lo que pasó?
Me va a matar.
- Vine a tu casa y no había nadie, Alexis. He estado muy preocupado. ¿Dónde demonios estabas? -preguntó Borja lleno de furia-. Pero claro, esa ropa lo dice todo, ¿no es así?
- Borja, yo...
- Nada de Borja, Alexis. Estoy muy decepcionado. ¿Qué coño te pasa que ya no contestas mis llamadas? ¿Por qué no me escribes? ¿Por qué no quisiste juntarte conmigo? ¿Sabes?... pensé que te habías quedado dormida o algo así. ¡Qué ingenuo!, ¿verdad?
- No digas eso... -le respondí al tiempo que intentaba abrazarlo.
Borja se echó para atrás y tomó distancia.
- ¿Te liaste a otra persona? ¿Estás con alguien más?
- ¡No! ¡Te lo juro que no! -exclamé.
- ¡Pero qué ostras quieres que piense Alexis! -gritó Borja-. Vienes recién llegando, ¡no he sabido de ti en horas! -continuó vociferando.
- Entremos y te lo explico todo -dije con un sentimiento de culpa más grande que el tamaño de un elefante.
- No, sabes... me quiero ir. Hablamos después.
- ¡Por favor Borja! -supliqué.
Pero era demasiado tarde.
Con enorme tristeza, Alexis entró a su apartamento y lo primero que hizo fue darse la ducha que tanto necesitaba. Sí, sacarse ese estúpido vestido, quitarse el recuerdo de Ramiro intentando aprovecharse de ella y limpiar el remordimiento que le recorría todo el cuerpo.
Después de peinar sus cabellos y ponerse su ropa cómoda, cogió el nuevo iPhone para llamar a Susana, sin embargo, se dio cuenta de que no recordaba ninguno de sus números de contacto.
¡¿Dónde está cuando la necesito?! ¡Rayos!
Frustrada, Alexis se dejó caer en el sillón frente a la Tv esperando que con ello pudiese evadir sus sentimientos de culpa hasta que llegase Susana. Su cabeza todavía carecía de claridad, y estaba segura de que en cualquier momento le explotaría. Mientras iba con histeria de canal en canal, sonó la mensajería de su teléfono.
[Mira en tu puerta. Todo lo que necesitas para la resaca está ahí.
Espero te sientas mejor.
Un beso.
-C-.]
Alexis leyó el mensaje extrañada y un tanto incrédula. Al abrir la puerta, efectivamente había una canasta con un hermoso girasol, una botella de Gatorade, una caja de Tylenol, un jugo de naranjas, una banana y una barra de chocolate. Y al costado, una nota que decía: "20:00hrs."
¿Quién eres C?
¿De dónde nos conocemos?
Alexis no sabía por qué una parte de su corazón latía frenéticamente.
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