
Dicen que el tiempo es relativo, y a la vez, constante, imperceptible como un haz de luz viajando entre los planetas del sistema solar. Y sin embargo, el tiempo pasa frente a nuestros ojos. No podemos sentirlo, ni tocarlo materialmente, pero evidenciamos el cómo nos va haciendo más viejos y más sabios, o a algunos, más estúpidos y egoístas. Sí, el tiempo deja entrever a pequeñas cosas o personas que pueden alterar el curso de nuestras vidas. Y son aquellas las que nos permiten crecer y seguir aprendiendo un poco más acerca de nosotros mismos. Nos muestran facetas nuestras que creíamos perdidas, o sacan a relucir algunas que no creíamos que existían. Las personas cercanas simplemente siguen nuestro vaivén, y están ahí, viajando a la par con lo que somos y con lo que deseamos ser. En cambio, son aquellas personas que olvidamos y reencontramos, o aquellas que descubrimos por primera vez, las que nos muestran un sin fin de oportunidades. Las que nos escuchan apasionadamente para inventarnos en sus cabezas, las que dan un brazo de aliento aún cuando uno crea que todo está perdido. Los cercanos están ahí, a nuestro alrededor, pero ya no son capaces de notar nuestros cambios, ni los sentimientos que experienciamos a diario. Los cercanos van perdiendo la habilidad para captar los sentidos más profundamente, para escuchar lo que decimos a gritos. Por el contrario, los desconocidos dan tranquilidad, tan simpatía, dan una sonrisa y nuevas perspectivas para salir adelante. Los que reencontramos se han perdido una etapa de nuestra vida, pero buscan afanosamente recuperar el tiempo perdido. Buscan formar parte, aún cuando no es seguro, que sientas lo mismo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario