
El diablo vestido de padre intenta otra vez amenazar con castigarla. Busca en la llaga y la hunde hasta el pecho, y la sangre sale a borbotones en lágrimas intensas mientras los bichos corroen su cuerpo de a poco. Sí, pronto el corazón dejará de latir porque ya no tiene nada más que sentir. El padre no será padre sino piedra, una figura distante en un monolito subterráneo, en un túnel que será bloqueado en entrada y salida. ¿Por qué busca darle la manzana podrida? No entiende la flor la razón de los chantajes y el veneno. Y su cabeza se vuelve loca, se pierde en la desesperación de la pérdida. Puede palpar la lanza atravesada en su pecho, puede sentir el frío en sus huesos y la piedra en sus ojos. Maldito papel picado, malditas las muñequitas de papel. El diablo lo rompe todo, el diablo lo quema y lo destruye. Mortífera lección, excelente manera de hacer la vida un infierno. Y ahí queda el oso de peluche, llorando en la penumbra, escupiendo sobre su propio nombre. Y la sangre ya está derramada, y ella sigue ahí, blanca en el piso.
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