
Cómo vivir sin hacer caso a lo heridos que estamos por dentro, sin sentir ese dedo presionado en la llaga a cada día, con cada amanecer. No se puede, pero aún así lo intento. Desconectar los audífonos. Es una práctica tan fácil pero tan poco probable. Quiero unos pasajes a tierras desconocidas, a la soledad. Quiero poder reconstruirme, reinventarme. Bailar como si nadie me estuviese viendo, amar como si nunca hubiese sido herida, cantar como si nadie me escuchara, y vivir en un lugar que pudiese ser pintado como cielo en la tierra. Y sin embargo, toda esa música suena sola, lejos, soterrada bajo el mar, encerrada tras candados. Y yo sigo aquí, y no en paraísos ni en escaleras mágicas. Y las nubes me aplastan a un jardín en el que ya no quiero seguir viviendo. Está marchito, es lastimoso, y todo aire que ahí se respira, es tóxico y fútil.
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