Hoy nuevamente se hace presente la muerte. Llega en tiempos dolorosos, en oscuridad. Y sin embargo, no perdemos la luz de la fe, ni de la esperanza. Sabes que Dios por algo haces las cosas, dicta con armonía, con bondad, con justicia, aún cuando a veces no podamos entender sus decisiones. Pues el camino de la muerte no es un camino de sufrimiento, es una subida al cielo, y un ascenso en el bienestar. Sí, allí todo es paz y tranquilidad en las nubes, en ese castillo de oro donde habita Dios y los fieles bondadosos. Esa es la única tranquilidad para los corazones que se quedan atrás, en estos parajes terrenales. Sabemos que hay una nueva labor para aquella persona que ha cerrado sus ojos, y ésta es la de cuidarnos desde arriba, de buscar las oportunidades de hacernos sonreír, y también, de acogernos cuando estemos cansados y tristes. Sí, esa mano cariñosa nunca se pierde, ni se va. Está ahí sobre nuestro hombro para que podamos dormir tranquilos. Aún cuando no sepamos nada de todo esto, la fe nos reconcilia con el dolor de la pérdida, de la muerte, y nos hace creer aunque no podamos verlo, ni palparlo. Lo sabemos en nuestro interior. Y hoy, un cuerpo se queda en la deriva, sin embargo, su corazón y su alma permanece entre nosotros, con cada fotografía, con cada sonrisa, beso y abrazo. Cada momento vivido se guarda en el baúl, y dicho cofre es lo más preciado que podemos guardar de una persona. Hoy, Dios le ha dado alas para realizar una tarea mayor. Esa es nuestra confianza y nuestra seguridad, de que no hemos perdido, sino que hemos ganado la oportunidad de haber conocido y de haber disfrutado, de una persona maravillosa. Eso es un privilegio, y aunque en estos días la tristeza nos inunde, la paz volverá a nuestros corazones con el tiempo, con las hojas de la primavera que vuelvan a florecer. El amor nunca se pierde, permanece.
Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...
martes, 7 de julio de 2009
Un nuevo adiós
Hoy nuevamente se hace presente la muerte. Llega en tiempos dolorosos, en oscuridad. Y sin embargo, no perdemos la luz de la fe, ni de la esperanza. Sabes que Dios por algo haces las cosas, dicta con armonía, con bondad, con justicia, aún cuando a veces no podamos entender sus decisiones. Pues el camino de la muerte no es un camino de sufrimiento, es una subida al cielo, y un ascenso en el bienestar. Sí, allí todo es paz y tranquilidad en las nubes, en ese castillo de oro donde habita Dios y los fieles bondadosos. Esa es la única tranquilidad para los corazones que se quedan atrás, en estos parajes terrenales. Sabemos que hay una nueva labor para aquella persona que ha cerrado sus ojos, y ésta es la de cuidarnos desde arriba, de buscar las oportunidades de hacernos sonreír, y también, de acogernos cuando estemos cansados y tristes. Sí, esa mano cariñosa nunca se pierde, ni se va. Está ahí sobre nuestro hombro para que podamos dormir tranquilos. Aún cuando no sepamos nada de todo esto, la fe nos reconcilia con el dolor de la pérdida, de la muerte, y nos hace creer aunque no podamos verlo, ni palparlo. Lo sabemos en nuestro interior. Y hoy, un cuerpo se queda en la deriva, sin embargo, su corazón y su alma permanece entre nosotros, con cada fotografía, con cada sonrisa, beso y abrazo. Cada momento vivido se guarda en el baúl, y dicho cofre es lo más preciado que podemos guardar de una persona. Hoy, Dios le ha dado alas para realizar una tarea mayor. Esa es nuestra confianza y nuestra seguridad, de que no hemos perdido, sino que hemos ganado la oportunidad de haber conocido y de haber disfrutado, de una persona maravillosa. Eso es un privilegio, y aunque en estos días la tristeza nos inunde, la paz volverá a nuestros corazones con el tiempo, con las hojas de la primavera que vuelvan a florecer. El amor nunca se pierde, permanece.
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1 comentario:
Descanse en paz entonces. Y sí, el amor permanece, ya lo creo que permanece.
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