
A veces siento tu mano, cálida, en lo bajo de mi espalda. Siento tus dedos, la yema imprimiendo sus huellas sobre mi piel. Intentando escribir líneas. Rogando encontrar un camino hasta mi pecho. Y otras veces estoy tan lejos. En un cuaderno roído y en una historia que ya fue. Y entre uno y otro período se huelen las incertidumbres, se siembran la dudas. Ser o no ser diría Shakespeare. Conoces otras cosas, otras personas. La curiosidad invade y el gusto por lo nuevo es una manzana demasiado tentativa. Deseosa. Dulce. Y cuando la tengo en mis manos, pienso entonces que no eres lo único. Te olvido. Imagino que hay más allí afuera. Y mientras más pruebo más difícil. Más complicado decir que no. Y las decisiones confunden mi cabeza. Se me hace agua la boca. Y esos labios rojos que tú tanto conocías se ponen a jugar. Después está otra vez la espalda y otra vez el lejano tren. Y en medio del paisaje, mi cuerpo tironeado a tu costado y otra cuerda atrayendo al árbol y al desdén.
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