Creo estar más cansada que nunca. Mirar la mochila día a día y sentir que la mitad de los cuadernos te sobran, que así, ya no puedes seguir caminando. Sentir que pasan las horas y que sólo has leído dos palabras de las muchas más que deberías. Que no te concentras. Que no rindes. Que miras todo con desgana y que a veces te quedas con la vista perdida en el espacio, como suspendida en el aire. Y entonces, transcurren cien años en Narnia y sólo 1 segundo afuera del ropero, en eso que definimos realidad. Luego siguen pasando las horas y a pesar de todo ese cansancio, no puedes dormir, te das vueltas, piensas y piensas como si el mundo fuera a acabarse de tanto pensar. Como si ya no cupiera tanto en tan pequeño cuerpo, y entonces, talvez, un día, fueses a explotar. Creo nunca haber sentido los pies tan pesados como ahora. Las manos, la cabeza, los ojos. Sentir que tienes tantas cosas por hacer y que no puedes con ninguna de ellas. Que ya nada tiene importancia. Que sencillamente, no te cabe. Siguen pasando las horas, los grillos cantan afuera y continúo estando en vela. El reloj del despertador anuncia cuánto queda para despertar y se siente como si todavía quedara una eternidad, y a la vez, tan poco. Está oscuro, pero pronto saldrá la luz. Y habrá que persistir en la tarea de mantenerse de pie. Habrá que salir a la calle, aún cuando no hayas dormido nada. Aún cuando no sientas descanso en los hombros. Aún cuando las ojeras lleguen hasta los labios. Habrá que volver a levantarse aún cuando sólo quisiera dormir, por un buen rato, por varios días, talvez por siempre.

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