Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

jueves, 21 de marzo de 2013

De la caída y el soldado

Durante demasiado tiempo, años incluso, me autoproclamé soldado. Me vestí con mi armadura, sujeté el escudo en el hombro y empuñé la espada con el propósito de defender mi castillo. Ese que al menos yo creía que era mío. Creí también, tener un motivo, una razón, un para qué había que levantar las murallas. Y que un día, después de todo el esfuerzo invertido, de la ruina y la oscuridad, ya no habría más guerra, ya no habría que continuar en estado de sitio. Confiaba en mis compañeros soldados, en que todos buscábamos lo mismo, en que todos queríamos lo mismo. Confiaba que estábamos ahí, para apoyarnos los unos a los otros en momentos de turbulencia. Confiaba en que sin importar cuánto nos demoráramos, de igual manera conseguiríamos el objetivo. Luego un día desperté. Mis compañeros me habían abandonado en el camino. No sé si por miedo. No sé si por cansancio. No sé si por comodidad. No sé si por incapacidad. La cuestión es, que estaba solo. Defendiendo un castillo que no quería ser defendido. Y con la sensación de que mi constante enemigo me había derrotado por fin en el campo de batalla, para dejarme empequeñecido, como un perro con la cola entre las patas. Recibí el mayor cañonazo de todos, y no tuve opción que retirarme. Coger mi pesado escudo, la espada y marcharme de todo lo conocido, de lo que yo creía, mi castillo. Emprendí un largo y difícil recorrido. Uno que no podía entender. Uno que me producía profundo desasosiego. Llegué a tierras inhóspitas. Y durante muchos días no me moví, como si el tiempo se hubiese detenido. Todo me parecía muy difícil de comprender, de sobrellevar. Lloré. Miré el cielo. Sentí la brisa. Lloré. Dormí. Cuando tuve hambre me alimenté. Luego volví a dormir, hasta que sentí el sol en la cara. Y lloré. Traté de darme explicaciones. Traté de no pensar. Traté de aceptar en vez de entender. Y luego lloré otra vez. Después, una noche sentí frío, y me percaté de que tenía que construirme algo nuevo. De a poco, invertí mi tiempo y mi mente en aquella tarea, como si de esta manera fuera más fácil no sentir. Pero no era cierto. 
Hoy, la noche está menos oscura. Y aún así, sigo estando solo en el bosque. Sigo sin entender. Sigo sintiendo que todo me duele, como si las heridas de guerra no fueran nunca jamás a cicatrizar. Quisiera que aquello que he construido, no se convierta en otra gran fortaleza amurallada. Sin embargo, he sido soldado por demasiado tiempo, es lo único que he aprendido. Temo no poder ser otra cosa. Temo no poder despojarme de las armaduras. Temo no poder superar aquella derrota. Temo quedarme con una sonrisa fingida para siempre. Temo no poder volver a confiar. Temo no poder volver a amar. Temo no poder entregar, con la sensación de que talvez, ya no haya nada más para dar. 

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