Al abrir la puerta, mi imagen mental distaba muchísimo de la realidad; cabellos oscuros, tez morena, de altura prominente y cuerpo fornido, como si su tórax hubiese soltado recién las pesas del gimnasio. Sus ojos escondidos tras unas gafas de sol de color negro, una camiseta ajustada bajo la chaqueta de cuero, jeans azabache y zapatos perfectamente lustrados. De su cuello colgaba una cruz de plata y en el bolsillo de la chaqueta se alcanzaba a asomar una caja de cigarrillos. Marlboro Lights. Su rostro más bien inexpresivo, declaraba una cicatriz en el pómulo izquierdo y un arete de oro en ambas orejas. A partir de sus facciones se podía inferir que aquel hombre rondaba los cuarenta y ocho, quizás un poco menos.
Un tanto excéntrico, ¿no?
De seguro tiene complejo de rockero frustrado.
Le extendí la mano y me presenté.
- Buenas tardes, soy Alexis Wembritte. ¿Usted es Colin?
El hombre miró mi palma abierta y no me devolvió el saludo. Luego, con una sonrisa que me pareció fingida se sacó las gafas y se mantuvo de pie junto a la ventana de la oficina. Yo no sabía cómo reaccionar, ni qué interpretar de su mudez. Tan sólo me quedé ahí parada, sin moverme. Lo primero que pensé fue que tal vez tendría dificultades para establecer vínculos y que entrar en confianza sería un camino largo con él, sin embargo, su estilo Bon Jovi del 2000 no coincidía para nada con su performance. Entonces, mi cabeza siguió procesando sus ideas y recalculó un posible TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo). Quizás, el temor a la suciedad o algo así le impedía establecer contacto físico conmigo y con el espacio de la oficina. Más, nuevamente, las cosas no me cerraban por completo.
¿Qué lo traerá por acá?
No logro descifrarlo.
Hay algo en su mirada que...
De pronto, la puerta se abrió nuevamente y una voz fuerte y varonil, decidida pero cálida al mismo tiempo, se oyó desde el umbral.
- Antonio, no lo volveré a repetir. Nadie me dice que no. Ahora no puedo hablar, te llamo más tarde. Envíame los correos que te pedí, los revisaré apenas pueda.
Su perfume inundaba todo el lugar. Mi especialidad de seguro no eran las esencias, pero este era sin duda un muy buen aroma. Equilibrado. Eléctrico. Imaginé una botella curva, de envase negro, como el Armani Code Special Blend. Sí, un olor magnéticamente atractivo.
- Gracias Hassan -dijo al hombre que esperaba en la ventana. Puedes retirarte.
- Sí señor -le respondió.
Entonces me miró a mí y mi rostro se ruborizó en menos de un segundo.
- Buenas tardes, soy Colin Hard.
Su nombre ahora sí que concordaba con la figura que me había imaginado.
Qué guapo es.
Mi mano temblorosa sostuvo la suya y sentí un choque de electricidad contra sus dedos.
El Sr. Hard me observaba detenidamente. Podía darme cuenta de cómo sus ojos hacían un examen mental de mí, de los pies a la cabeza, como si pudiese obtener una radiografía con mi nombre. Vestía un elegante traje azul marino que claramente era hecho a medida, un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta y una corbata de seda bellísima. Sus zapatos de cuero café lucían muy finos y costosos, e iban a juego con un hermoso cinturón. Tenía cabello castaño y un flequillo rebelde le caía sobre la frente. Su sonrisa era perfecta y seductora, la barbilla angulosa y afeitada con precisión, sus ojos eran grandes y de tono verdoso, extremadamente profundos. Tanto así, que me daba miedo sostener la mirada hacia él por demasiado tiempo.
Deslicé un mechón de pelo detrás de mi oreja para disimular la ansiedad, aunque no sé si con eficacia.
- Soy Alexis, Psicóloga del Hospital. Tome asiento Sr. Hard -dije, con el corazón a mil por hora.
Creí que iba a desmayarme. De seguro, no tendría más de treinta y seis años.
Era la primera vez en mi vida que tenía un hombre adulto, apuesto y sofisticado sentado en mi oficina. El más atractivo que había visto jamás.
Era la primera vez en mi vida que tenía un hombre adulto, apuesto y sofisticado sentado en mi oficina. El más atractivo que había visto jamás.
****
Durante el viaje a casa, desperté con el mensaje del metro que nombraba la estación en la que debía bajarme. Recién ahí me di cuenta de que, a pesar de haber abierto el libro de Kate Morton, El Jardín Olvidado, no había leído ninguna página. Mi cabeza andaba en cualquier parte. No, en cualquiera no. En Colin. Algo extraño me provocaba su mirada, como si pudiera traspasarme y dejar mi cuerpo completamente al descubierto.
Caminé al departamento y cuando llegué, Susana estaba besándose con un sujeto en la puerta.
Quién será su nueva víctima...
- ¡Ay!, hola Ali... este es ... un amigo -me dijo colorada de la vergüenza.
- Pedro -agregó él-. Llámame más tarde bonita.
Yo sólo suspiré. Susana traía nada más que una sudadera blanca y el pelo todo desordenado. Era obvio que habían cogido de lo lindo.
- ¿Qué tal tu día Ali? ¿Quieres un café? Voy a hacerme uno -me dijo.
- ¡Ali!, te estoy hablando -añadió.
Para variar yo seguía en un universo paralelo.
- ¡Perdón! ¿Qué me estabas diciendo? -respondí.
- Que si querías un café porque yo voy a hacerme uno.
- Claro, gracias.
- Y entonces, ¿cómo te fue? -me preguntó Susana.
- Ocurrió algo de lo más extraño. Tuve un paciente nuevo, y creo que algo me pasó...
- ¿Cómo algo?
- Sí, no sabría cómo describírtelo. Le pregunté en qué podía ayudarle, al igual que a cada uno de mis pacientes, y él sólo me respondió con la misma pregunta; ¿En qué crees que podrías ayudarme, Srta. Wembritte?.
- Y, ¿qué le dijiste?
- No sé, fue todo muy loco. Hubo más silencios que palabras, y sentí que todo el tiempo me estudiaba. De a ratos esbozaba una sonrisa y se le formaba un hoyuelo en el rostro que era totalmente sexy. Tenía sus dedos en los labios, con actitud misteriosa e investigativa. Me contó que trabajaba en una empresa de valores, que hacía caridad y que tenía intenciones de viajar a Barcelona pronto. Y al final, cuando adivinó mi confusión, obtuvo de encima del escritorio una de mis tarjetas de visita, la guardó en su chaqueta y me dijo que esperaba que yo pudiera ayudarlo, pero realmente no pude saber en qué. Luego estrechó mi mano y se fue, con una ola de misterio detrás de sus talones.
-¡Ay, amiga! Te gustó, ¡¿no es verdad?!
Mientras pensaba en cómo formular una respuesta a esa pregunta, sonó mi celular. El tono de Sweet Disposition, acusaba una llamada de Borja.
- ¡Salvada por la campana amiga! Pero no te vas a librar de mí -rió Susana.
- Hola nena -saludó Borja-. ¿Cómo estás? ¿Cómo te fue con tus pacientes?
- Bien cariño, todo en orden por aquí. ¿Y tu audiencia? -pregunté desviando la tensión.
- Larga y aburrida. Aunque ni te imaginas el poco profesionalismo de la psicóloga que está representando a la otra parte. Está claramente sesgada y comprada por el padre. Presentó un informe donde habla maravillas de él y pestes de la madre, lo cual es un error total. Por suerte la perito a cargo no se lo creyó, y está investigando sobre los tratamientos terapéuticos previos del niño para verificar información. La familia está echa un caos eso sí. Mi cliente con unos niveles de angustia por los cielos y el padre da su imagen de figura modelo cual pavo real, cuando todos sabemos que no lo es.
Toda la conversación de Borja era un momento más en blanco de mi día. Como esa escena de Snoopy en que la profesora le habla a Charlie Brown y él sólo oye sonidos sin ningún contenido.
- ¿Tú crees que se pueda? -añadió Borja.
- ¿Qué cosa?
- Hacer lo que te pregunté nena... -comentó un tanto irritado-. No me estás escuchando, ¿verdad?
- Discúlpame, me perdí en la última parte -respondí avergonzada para salir del paso.
- Bueno, no te preocupes. Te llamaba porque te echo de menos. Mucho. Y me preguntaba si querrías comer conmigo... dormir juntos hoy...
Silencio, infinito silencio.
- Nena, ¿estás ahí? -agregó.
Por un momento tuve muchas ganas de decirle que sí, y hacer el amor con él toda la noche. Sin embargo, de mi boca sólo pudieron salir dos palabras.
- No, cariño.
- ¿Cómo no? -preguntó sorprendido.
- Me refiero a que hoy no puedo.
(Continuará).
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