"Mi forma de tocarte te hará caer al suelo y en el suelo yo estaré esperándote".
(Pablo Fidalgo Lareo)
Si algo he podido descubrir en el último tiempo, es que a veces, esa luna llena, grande y amarilla, como la que pude ver ayer, justo antes de que amaneciera en mi camino al trabajo, esa esfera infinita, sabe mucho más de mí que yo misma. Por las noches la veo escrutarme desde el rabillo del ojo, como diciéndome que conoce mi impaciencia, la furia, lo salvaje y lo intranquilo. Que puede palpar cada una de ellas y traspasarme. ¡Qué descaro! Y al mismo tiempo, es justo eso lo que hace que de cuando en cuando me de miedo su híper vigilancia, y esa actitud engreída cuando me mira, como diciéndome "te lo dije". ¿Qué me dijiste? ¿Qué la vida no se trata de frases tontas y cursilerías? Bah, si eso ya lo sabía yo. Muy a mi pesar, claro. Pues ojalá cada momento estuviera compuesto de lírica. Ojalá cada sentimiento de melancolía fuese acompañado de una melodía de Amélie tocada en piano. Ojalá cada sensación de esperanza y valentía la redondeara un violín de Concerning Hobbits. Ojalá cada día hubiese un Pablo Fidalgo, Mario Benedetti, Julio Cortázar, etc, susurrándote al oído y haciéndote sentir que hasta el amor en sí mismo puede ser imperecedero. Que sólo basta una caricia para llevarte al cielo. Que sólo basta el romance para llenar la vida de poesía. Claro, absolutamente cursi, ¿verdad? Más, aquellos que vivimos de lo elevado, de lo intenso, de la pulsión rugiente, ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo vivimos sin sentir que morimos a cada segundo? Que al morir entregamos todo y volvemos a renacer. Que no se puede amar sin caerse al vacío. Que no se puede vivir si no es con todos los sentidos y alientos en una hermosa explosión. Algo de misterio debe haber, algo de magia. Si no, no entendería por qué eso indómito, eso oscuro, es atractivo. No entendería por qué, mis propios dedos no pueden parar de agitarse y de anhelar algo que no existe.

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