Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

martes, 24 de abril de 2018

Crónicas de una mamá primeriza


Capítulo 1: El embarazo

Desde pequeña me educaron para creer que cuando dos personas se aman y tienen en común una serie de elementos (valores, creencias, visión religiosa, etc.), el siguiente paso natural era casarse y formar un proyecto de familia juntos. Y que luego, con el correr del tiempo, tenía que surgir la ilusión/impulso de hacer trascender ese amor con la llegada de un hijo(a). Si bien una gran parte de mí lo piensa como algo "correcto" (por algo me embarqué en la aventura de ser mamá), otro pedacito de mí ha pensado con frecuencia en mandarse a cambiar y dejar todo botado, pero claro, esa parte no es muy "socialmente aceptada".
Durante estos meses, he pensado que el embarazo es como la fase de enamoramiento del pololeo. Puro amor, unicornios y globos de colores. Es la parte entretenida de la ecuación pues la mayor parte se resume en hacer el amor hasta que se rompa la cama. Cuando uno es joven, no hay presiones ni apuro, por lo que el sexo es divertido, pruebas nuevas posiciones, disfrutas la osadía y la aventura, gozas de la complicidad de tu pareja y eso evita que ambos se conviertan en meras máquinas de reproducción. Me hubiese dado mucha pena pasar a ser esa mujer estresada que con termómetro en mano tiene que perseguir al marido porque está en los días fértiles, como si la "misión o deseo" del embarazo fuese sólo de las mujeres y los hombres "accedieran" a ello. ¿Qué es eso?
En mi caso, una vez que obtuvimos las increíbles y mágicas dos rayitas en la prueba, se despertó en mi pareja la parte romántica y contenedora. Porque claro, uno tiene la expectativa de que el hombre te consienta en los antojos, te regalonee, te acompañe a las visitas al médico, te colabore con las cosas de la casa, y te proteja, etc. ¿Se dan cuenta la palabra que acabo de usar? -Colaboren-. Si es que además, nos tienen seteadas para que las tareas del hogar son de la mujer y, ¡qué suerte si tienes una pareja que colabore! Plop. De las grandes diferencias entre mi pareja y yo, es que yo me cuestiono las cosas mucho más parece. A ellos no los han educado para eso, un hombre se supone que debe ejecutar, resolver. En cambio yo, no sé si de enrollada o en el marco de mi profesión, pienso en mis miedos, mis fantasías, mis proyecciones. Pienso en el tipo de mamá que quiero ser, qué complejos derribar, qué errores no cometer, etc., y a veces me gustaría compartirlo con mi pareja pero terminan siendo conversaciones que se quedan en la interna (o en estas humildes servilletas de papel), como si estuviese prohibido hablar de nuestras partes frágiles o más oscuras.
Ahora, el "lado b" de este algodón de azúcar llamado embarazo, son los bruscos e incontrolables cambios de humor. Si yo ya siento que a veces soy una montaña rusa de emociones, ahora fue mucho peor. Uno se siente idiota, y además de sacar de quicio a la pareja, de repente ni uno se soporta. Es como una locura femenina, sumado a lagunas de memoria, hambre voraz, cansancio extremo y fatiga que a veces te hacen sentirte inútil en el trabajo (y la sociedad te castiga por ello porque "rindes menos"... como si fuese muy fácil producir y producir al mismo ritmo mientras otro ser humano consume todos tus alimentos y energías. ¡Qué injusticia!). Yo tuve muchas noches de insomnio,  impulso sexual desbocado pero no correspondido, dificultades para concentrarme y un sueño gigantesco en la oficina que a veces me obligaba a tener que pestañear a puertas cerradas. Cuando los meses avanzaron, comencé a tener los pies hinchados y la guatita me pesaba horrores al caminar. 
Otra gran diferencia entre hombres y mujeres es que nosotras somos más emocionales y los hombres más prácticos/resolutivos. Así también se nos ha educado, para que el hombre provea y la mujer anide. Y cuando me refiero a que somos más emocionales, es que nosotras tenemos sueños e imaginamos, por ejemplo, en la pieza que queremos construir para ese bebé y por el contrario, mi pareja sacaba su calculadora y sólo pensaba en cuánto nos iba a costar. Si hasta diez veces tuve que pedirle que le escribiera algo a nuestro hijo en el cuaderno donde yo llevaba meses hablándole y soñándolo. Porque en general, a ellos no se les ha educado para hablar de sentimientos, si no para hacer, para ejecutar nuevamente. 
El embarazo es sin duda, el lado dulce (y más fácil) de todo el proceso, todavía tienes relativa independencia y uno posee el control de las cosas, del tiempo, de las decisiones. Pero tiene de agrio (además de los síntomas de mierda si es que te dan y de que tu cuerpo delgado se va a la cresta), el tener que batallar con los clichés, las expectativas y ese afán de ser esposas perfectas. 
Como dicen... otra cosa es con guitarra. Una cuestión es tener la idea, el sueño, la intención de ser papás, y otra muy distinta es cuando el bebé nace y te lo llevas para la casa. Ahí ya no hay ticket de cambio ni código de devolución, pero bueno, eso ya es materia del siguiente capítulo.

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