Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

martes, 4 de diciembre de 2018

Amparo

Amparo se levantó esa mañana como si una eclipse solar hubiese pasado por su cuerpo. Primero la oscuridad, una rotación lenta e interminable, parte de su alma hecha cenizas, y luego luz, sólo luz por todas partes. Se sintió liviana, se sintió nacer de nuevo, se sintió como aquel diente de león que es soplado al viento; gigante, puro y libre, siendo parte de la madre tierra, del viaje, de la transición. Amparo se asomó a la ventana y más de esa misma incandescencia se le coló por los poros. La revivió de la letanía, la despertó de la muerte como un electro directo al corazón, al hielo. Se preguntó para sí misma dónde había estado, pero en ese preciso y glorioso instante, entendió que el tiempo y el lugar nada tenían que ver con la pregunta, si no que todas las respuestas y secretos estaban contenidos en ese ruido interno que había sido desenchufado de sus pies, ese ruido que le permitía correr hasta desplomarse, e incluso despegar. Amparo sintió el calor en sus manos y una súbita electricidad en los dedos. Entonces sonrió. Todo estaba conectándose nuevamente, justo ahí, donde el cómo y el cuándo conspiraban a su favor. 

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