Anouk había guardado su corazón en una botella, como en ese libro de Oliver Jeffers. De niña sabía tanto de la pérdida, del dolor, de las decepciones, y entonces, sacárselo del pecho y dejarlo en el cristal tenía todo el sentido del mundo en esa época. Pensó que sería más fácil. Que se trataba de la sobrevivencia o simplemente de continuar. Pero un día, Anouk sintió que ya no era necesario. Que ese pedazo de pasión latiente le hacía falta. Así que, sin dudarlo ni un segundo, rompió la botella y se lo volvió a poner. Un arcoíris completo de emociones apareció ante sus ojos y todo el cuerpo le comenzó a temblar. Cuánta música. Cuántas palabras. Cuántas estrellas refulgentes sobre su cielo. Anouk estaba segura de que estaba lista para volver a confiar. Estaba segura de que quería enamorarse. Estaba segura de que la vida tenía todo listo para sorprenderla. Anouk se sintió tranquila consigo misma, con un corazón renacido para ser feliz.

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