Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Almudena

Almudena llegó a casa y se quitó toda la ropa. Dejó los tacones en el suelo y el bolso sobre el sofá como si con ello se quitara capas de la piel que estorban, que etiquetan. Y con su cabello largo danzando sobre la espalda, y ese majestuoso lunar agitándose en el muslo, se acercó a él para abrazarlo tan fuerte que sus músculos no pudiesen dejarlo escapar. Claro, porque cuando Almudena vuelve a él, encuentra una paz interior que es más grande que el mismísimo universo. Él la completa, la eleva, la magnifica, la seguriza y la libera, la conquista y la enciende como una supernova. Sabe quererla de todas las formas que la hacen agonizar y conoce la manera precisa de arrojar al basurero cada una de sus dudas y temores. Y ese abrazo que dura una eternidad habla más de los silencios cómplices que de las palabras, habla más de las sonrisas coquetas que de las palabras. Claro, porque cuando Almudena vuelve a él, las palabras no son necesarias. Puede entregar sus manos sin preguntas y confiar. Besa sus orejas, sus labios. Experimenta la efervescencia y la serenidad, todo al mismo tiempo como en una explosión estelar.   

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